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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

A propósito de un sueño llamado República

 

Miriam Celaya, SinEVAsión

 

A ciento diez años de aquel 20 de mayo de 1902, pareciera que la República es solo una hermosa mujer de orgulloso porte, cubierta por una túnica griega, con larga cabellera rizada y tocada con un gorro frigio de color rojo y una resplandeciente estrella solitaria.  O quizás, pensarán algunos cubanos acá, la República es una enorme estatua de bronce enclaustrada en un espacio demasiado pequeño de ese monumento a la vanidad nacional que conocemos como Capitolio de La Habana. En todo caso, el símbolo escultórico resulta incluso oportuno, porque República, hasta hoy, es una especie abstracción que siempre nos ha quedado grande.

 

Digo esto porque pasado más de un siglo la República sigue siendo un pretexto para la añoranza (¡la República que perdimos!), para la crítica (la República “mediatizada”), para la jactancia (en la República tuvimos la Constitución más avanzada de su época) o para la esperanza (¡Ah, cuando tengamos nuevamente una República!).

 

La República ha sido y es el referente obligado tanto para sus defensores como para sus detractores. En ese sueño breve de apenas 47 años se citan por unos u otros, según sea el discurso, tanto los mayores avances cívicos y económicos de Cuba como sus peores males sociales. Una y otra vez, cada 20 de mayo se reescribe la memoria y cada vez pareciera que la mejor representación de nuestra República es una pompa de jabón, así de frágil, etérea, efímera, inasible.

 

Y como todo sueño, la República perdida nació envuelta en una sucesión de mitos que hasta hoy se repiten y muchos creen: mitos que consagran la fatalidad histórica como un pesado fardo sobre nuestros destinos, el mito de la heroicidad, del sacrificio, de las revoluciones como vías para la redención.

 

Es por todas nuestras veleidades pasadas y presentes y por la mitomanía nacional que, a riesgo de granjearme la antipatía general, he decidido homenajear este nuevo aniversario republicano haciendo una declaración iconoclasta: yo no quiero de regreso la República que fue, con sus penas y sus glorias, que no nos pudo proteger de la barbarie. Quiero una nueva, en la que el podio lo ocupen los ciudadanos.

 

No pretendo renegar de la historia de mi país con sus gestas épicas, con sus tradiciones y sus semblanzas, pero prefiero pensar en los próceres como hombres y no como titanes. Los titanes fundan leyendas, no repúblicas, por eso las naciones prósperas llaman a sus fundadores HOMBRES, no titanes, apóstoles o mesías; y no llaman a sus hijos “soldados de la Patria”, sino ciudadanos.

 

Yo quiero una República, sí, pero no una que nazca de revoluciones fallidas y de la perpetuación de mentiras históricas mil veces repetidas por aquellos y estos dañinos mesías. Quiero una República en la que los cubanos no se sientan impelidos a inventarse héroes para vencer un ancestral y mal disimulado complejo de inferioridad, imaginándose herederos de un patrimonio de guerreros puros, desnudos y machete en mano sobre briosos corceles, que sacrificaron sus vidas o entregaron su sangre al altar de la Patria. No quiero una República que apele a madres que envían a sus hijos a guerras supuestamente santas, pero siempre guerras –suma de odio, muerte, violencia, saña– o que emerja de revoluciones “redentoras” que acaban arrebatando los derechos y perpetuando las injusticias; sino una que brote de la conciliación y la paz, de los consensos, de las inclusiones, del respeto: un espacio para ciudadanos. Deberá ser así, o nuevamente quedaremos huérfanos de República. Ahora mismo no se me ocurre mejor homenaje.