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CUBA EN LA PRENSA MUNDIAL

 

En esta Sección se reproducen, para información de los lectores, artículos que tratan el tema cubano. La reproducción en esta Sección no significa que necesariamente compartimos los criterios del autor.

 

A imagen y semejanza

 

Fernando Ravsberg, BBC Mundo

 

Importantes intelectuales cubanos acaban de alertar sobre el contenido sexista y machista de algunas canciones difundidas masivamente en la isla, algo que al parecer el Instituto Cubano de Radio y Televisión no habría notado.

 

Seguramente en el ICRT estaban muy ocupados censurando el video clip del dúo Buena Fe, donde aparecen dos chicas dándose un beso en la boca, una imagen que al final aceptaron emitir a pesar de la carga "pecaminosa" que contenía.

 

Pero la emisión de canciones o video clips en Cuba también responde a una lógica de mercado, para nadie es un secreto que algunos grupos musicales pagan -en efectivo o con prestaciones- para que su música tenga una mayor divulgación a través de la radio y la TV.

 

Es en ese contexto que el Consejo de la Unión de Escritores y Artistas (UNEAC) denuncia que en Cuba "la música que conforma el entorno sonoro presenta lamentablemente una evidente carencia de valores que deriva en una amplia gama de vulgaridades".

 

Sin embargo, la música y las letras de las canciones son un reflejo de la cultura y los valores de un pueblo o por lo menos de una parte de él. Y aunque fuera un virus inoculado desde el extranjero es evidente que en Cuba encontró su "caldo de cultivo".

 

Es que la vulgaridad de las letras en las canciones estaba presente en la isla mucho antes de que llegara el reggaetón. Algunos grupos salseros cubanos ya habían allanado el camino, moldeando mentalidades con un doble sentido tan evidente como soez.

 

Promoviendo abiertamente la prostitución, la canción de una muy popular orquesta de salsa cubana recomienda a las muchachas acostarse con viejos para que estos las mantengan, les compren joyas, casa, coche y las lleven a las tiendas.

 

Llegan al extremo de decir que esa es la vida que las chicas tenían que tener, caricaturizando así los versos de Nicolás Guillén, el poeta nacional. No es reggaetón, no fue escrita por adolescentes, los medios la difundieron y los adultos la festejan.

 

El hecho de que tanta gente baile y cante esas canciones demuestra que algo no funciona bien en la formación de valores socioculturales. Pero la solución de un problema de esa magnitud no surgirá atacando los efectos sino las causas que lo generan.

 

La pregunta medular no debería ser ¿cómo las instituciones pueden impedir que los jóvenes oigan esas canciones? sino ¿cómo trabajar culturalmente para que los cubanos -sin importar la edad- rechacen las canciones machistas, sexistas o vulgares?

 

Antes de culpar a los muchachos y muchachas, las generaciones que los preceden deberían asumir sus propias responsabilidades, las que cada uno tiene como gobernante, como intelectual, como artista, como maestro e incluso como padre o madre.

 

La cultura y subculturas de los jóvenes son producto directo de la formación que reciben, del sistema educativo de la nación, de la familia, de los libros que leen o de los que no leen, de las películas que ven y del poder de decisión que tienen sobre sus vidas.

 

La juventud es hija de su tiempo y de su entorno. Es allí donde hay que influir antes de imponer normas jurídicas, como las ya anunciadas por el Instituto Cubano de la Música. La prohibición solo servirá para victimizar esas expresiones musicales e inflamar la rebeldía de los adolescentes.

 

Un veinteañero me dijo que "poner trabas legales al uso de la música es una bobería como lo fue la prohibición de The Beatles en los 60". Me recordó que la generación de sus padres ya demostró que la juventud no acata leyes sobre los "usos de la música".

 

La sociedad debería preguntarse cuanto de esa chabacanería, sexismo, machismo y vulgaridad están presentes, de forma más o menos velada, en los criterios impuestos por anteriores generaciones en temas como el sexo, género, moda, arte, raza o tolerancia.

 

Los jóvenes necesitan más espacio social que prohibiciones. Y lo necesitan en la música, en el ballet, en el cine, en la literatura y en la política. Necesitan espacio para diseñar una nación con la que identificarse, que se parezca más a su generación y a su tiempo.

 

Una buena apuesta sería darles voz y voto para crear los valores éticos y estéticos que conforman el patrimonio cultural de la nación. Porque tratar de imponer una formación "a imagen y semejanza" de sus padres y abuelos es algo que no le dio resultado ni a Dios.