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Socialismo napoleónico

 

El Francotirador del Cauto

 

De más está decir que para Napoleón y muchos de sus seguidores contemporáneos los “intrigantes” son la gente de izquierda, los que, según ellos, se pasan la vida sin hacer nada y por eso tienen tanto tiempo para conspirar.

 

Soy de aquellos que creen  que no todas las personas tienen ese don natural para ser autodidactas y que siempre es necesario, para esa juventud que le gusta leer, tener un marco de referencia o la dirección de personas más cultas, que los encaminen en el estudio de la historia.

 

Surge mi Riflexión de hoy, por un intercambio con uno de esos jóvenes que se atragantan de literatura sin tener una guía académica y cuya recién lectura de una biografía burguesa de Napoleón Bonaparte lo inducía casi a postrarse personalmente ante la historia de tal personaje.

 

Fui a mi biblioteca y saqué una biografía de Napoleón escrita por Evgueni Tarlé, que guardaba de mis tiempos universitarios, ya el libro muestra el deterioro del tiempo, principalmente por el hambre de las termitas, pero su contenido sigue siempre tan novedoso como desde el primer día que lo leí.

 

La única referencia positiva de Tarlé sobre Napoleón está referida a que fue un maestro sin igual en el arte de la guerra, por lo que lo considera el capitán más genial de todos los tiempos, un virtuoso incomparable de la estrategia y de la táctica, sin embargo a lo largo del libro queda demostrado como esas “virtudes” del corso ocasionaron cientos de miles de muertes a todo lo largo de la Europa de su existencia. Eran virtudes muy mal aplicadas.

 

¿Fue Napoleón un hombre de su época? Indiscutiblemente que sí, vivió en la época del naciente capitalismo burgués, que cómo dijera Marx, llegó chorreando sangre por todos los poros.

 

Pero veamos como caracterizó Tarlé a nuestro gran Bonaparte.

 

El instinto impulsaba a Napoleón a ver en la metralla el medio más apropiado para sofocar los alzamientos populares, recuerdos de ello tuvieron los obreros franceses de su tiempo. Bonaparte veía en la metralla el medio más apropiado para sofocar los alzamientos populares (13 de vendimiario) y calificaba a los insurgentes revolucionarios como “repugnante populacho”.

 

Todo secreto de gobierno, decía Napoleón, consistía en saber cuándo convenía ser zorro o león y consideraba a los políticos profesionales de la Francia de su época como unos charlatanes anticuados que no se resignaban a reconocer que su tiempo había pasado. Aspectos que en muchas ocasiones se repiten a lo largo de la historia de la humanidad y que, por qué no, en nuestro país también.

 

Napoleón demostró siempre que tenía necesidad de servidores y de instrumentos, no de consejeros, ni de legisladores, y siempre dejó muy claro que tampoco admitía críticas, lo que me hace pensar que el socialismo real que surgió tras la muerte de Lenin tenía en sus líderes y en su expresión social mucho de esa resaca napoleónica.

 

Pero no solo por eso, Napoleón al asumir el poder  decretó la clausura de 60 de los 73 periódicos existentes en Francia y otros 9 no tardaron en ser suprimidos, quedando únicamente 4 que fueron puestos bajo la vigilancia rigurosa del Ministro de la Policía, porque Napoleón era constitucionalmente incapaz de tolerar la menor apariencia de libertad de prensa. Otro rasgo muy representativo del socialismo estatalista.

 

Bonaparte hizo desaparecer todo vestigio de autonomía local, lo mismito que en el socialismo conocido, y para más coincidencias Napoleón puso fin a la institución del jurado en los tribunales. Su poder autocrítico no podía admitir, por su misma naturaleza, que en la administración de justicia se dejase oír una voz libre que representase a la sociedad.

 

Él no tuvo jamás consideración alguna ante la independencia del poder judicial y el respeto debido a los procedimientos legales, cuando se trataba de aniquilar a sus enemigos políticos. Si hay algo más parecido en la contemporaneidad no me lo manden a decir.

 

Napoleón exigía resultados positivos de la ciencia y aprovechaba sus ventajas puramente utilitarias. Quería ante todo, que la ciencia contribuyese a “la gloria del imperio” y por ahí andamos nosotros navegando en estos momentos.

 

Otro rasgo parecido de nuestro “socialismo” parece arrancado al Código Napoleónico, es la Ley Le Chepalier (1791), que declaraba a las huelgas más pacíficas e incluso el abandono concertado del trabajo un delito susceptible de ser castigado ante los tribunales.

 

Gobernando como soberano absoluto de muchos grandes estados, Napoleón se reservaba siempre la decisión final en todas las cuestiones importantes.

 

Pero el corso no era idiota ni cuando dormía y siempre afirmó que la única revolución peligrosa era “la revolución de los estómagos vacíos”, y uno de sus ministros afirmaba que Napoleón le había dicho muchas veces, que cuando el obrero no tiene trabajo, se halla a la merced de todos los intrigantes. “Temo -le decía Napoleón- esas insurrecciones fundadas en la falta de pan. Me inspira menos temor tener una batalla contra 200 mil hombres”.

 

De más está decir que para Napoleón y muchos de sus seguidores contemporáneos los “intrigantes” son la gente de izquierda, los que, según ellos, se pasan la vida sin hacer nada y por eso tienen tanto tiempo para conspirar.

 

Pero si algún legado dejó bien afirmado Napoleón de su mandato fue cuando dijo sobre las clases trabajadoras:

 

-¿Qué me deben esas gentes? Pobres los encontré y pobre los he dejado.

 

Creo que el socialismo real conocido hasta hoy puede afirmar lo mismo que Napoleón.

 

El joven de marras, después de oír esta catilinaria anterior, me preguntó si podía prestarle el libro de Tarlé, a lo que accedí y a más, lo invité a que cada vez que pudiera pasara por mi casa para debatir esas cosas que leía, ya que cómo era un cuentapropista no tenía tiempo para estudiar y para que un profesor lo asesorara.

 

Les juro por mi madre que no le hablé nada de política. Solo de historia.