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¿Qué Cuba sin Fidel?

 

Octavio Alberola, Kaosenlared

 

En todo caso, en esta situación de impasse, es absolutamente necesario no caer en la desesperanza y el desánimo, y mucho menos en el conformismo con los valores reaccionarios que hoy predominan en Cuba. Al contrario, es el momento de seguir aspirando y luchando por las esperanzas del pasado que hunden sus raíces en la historia de los vencidos, de los oprimidos que han visto sus derechos conculcados y su voz anulada por los Estados capitalistas y los “socialistas” de Estado.

 

Para encontrar la respuesta a esta pregunta es necesario reflexionar sobre la Cuba que Fidel deja tras más de medio siglo de ocupar con su hermano Raúl el vértice del Poder y ser paseado, desde La Habana hasta el cementerio de Santiago de Cuba, dentro de una caja de cristal con sus cenizas.

 

Más allá pues del mito de la “Revolución cubana”, que sólo sigue manteniéndose incólume entre sus incondicionales, está la realidad de la Cuba gobernada desde hace diez años por su hermano Raúl. Una Cuba en pleno proceso de racionalización y perfeccionamiento del capitalismo estatal, y cuyo objetivo es sacar la economía cubana de su actual situación de crisis para apaciguar el malestar social y asegurar la continuidad del Estado-Partido.

 

Ese proceso de “reformas” presentado al pueblo cubano luego del traspaso de gobierno de Fidel a Raúl en 2006 por el grave deterioro de la salud del primero. Un proceso de reformas “estructurales y de conceptos” cuyas directrices han quedado fijadas en los “Lineamientos de la Política Económica y Social del Partido y la Revolución”. Una ambigua denominación para justificar el cambio de modelo económico de la Revolución con el pretexto de la “actualización del modelo” socialista. Ese modelo que, tanto en Cuba como en todos los demás países en donde fue impuesto desde los gobiernos de Estado-Partido, no alcanzó nunca a edificar el “estado de bienestar“ prometido a los pueblos por los movimientos revolucionarios, y que ahora se proponen alcanzarlo sacrificando el “socialismo” y restaurando poco a poco el capitalismo de mercado.

 

Esta es la situación de Cuba hoy. Una Cuba en la que Raúl ha implementando “cambios” en muchas facetas de la sociedad cubana para flexibilizar la vida cotidiana de los cubanos; pero sin que la flexibilización de reglas administrativas y las concesiones a las demandas populares se hayan traducido en un reconocimiento real de los derechos ciudadanos independientemente de los intereses de la clase gobernante. Una Cuba en la que el Estado-Partido que instauró y encarnó Fidel sigue modelando autoritariamente la vida de los cubanos por temor a un cambio que ponga en cuestión el liderazgo y los intereses y privilegios de la casta dirigente. De ahí la incertidumbre reinante hoy en Cuba. Incertidumbre en cuanto al futuro de  la economía “reformada” e incertidumbre en cuanto a la continuidad del régimen de control totalitario de la sociedad instaurado por Fidel y que, por el momento, sigue vigente en la isla, aunque con consecuencias menos arbitrarias desde que la enfermedad le alejo del centro de mando y su hermano lo ocupó.

 

Esta es la gran incógnita a despejar para poder avizorar el futuro de Cuba; pues, pese a que Raúl ha aflojado las tensiones autoritarias impuestas por Fidel desde el triunfo de la Revolución, el aparato coercitivo y represivo que éste montó -para consolidar y eternizar la Revolución y su liderazgo personal- sigue ahí y nada permite pensar que será próximamente desmantelado.

 

Es verdad que una parte de la juventud actual ha vivido ya una cotidianidad menos traumática que la vivida por las generaciones que la han precedido. Generaciones que aún están traumatizadas por los excesos represivos del autoritarismo personal de Fidel. Un autoritarismo megalómano que le hizo nombrarse Comandante en Jefe ya en la Sierra Maestra, y que, como el de todos los grandes ambiciosos de poder en la historia, lo justificaron con la excusa de la misión de encarnar el Destino, la Patria o la Revolución.

 

En efecto, una gran parte de la juventud actual no ha vivido bajo la presión de los excesos autoritarios de un Comandante en jefe insensible a toda humanidad y dispuesto, como cuando estuvo a punto de hacer fusilar a su propio hermano Raúl en la Sierra Maestra, a fusilar a quien cometía un error en la lucha o a cuantos se oponían a sus órdenes. Inclusive es posible que parte de las generaciones que soportaron esos excesos los haya olvidado y que del imaginario colectivo del pueblo cubano haya desaparecido el miedo, el terror que esos excesos imponían.

 

Sí, es posible que haya pasado al olvidado lo que fue el sistema de control de la sociedad cubana en los tiempos más álgidos de la locura represiva del Comandante en jefe. Que sean pocos los que recuerden a las victimas del férreo e inhumano sistema de represión de aquellos tiempos. Cuando hizo condenar a largas penas de prisión a sus propios compañeros de lucha contra la dictadura de Batista. Como lo hizo con Mario Chanes de Armas, compañero de Fidel en el ataque al Cuartel Moncada en 1952 y en el desembarco del yate Granma en 1956,  que es el preso que mas años ha pasado en la cárcel en Cuba: 30 años sin haber cometido delito alguno, simplemente por negarse a colaborar con el nuevo poder que comenzaba a actuar totalitariamente bajo directrices comunistas. Como lo hizo también con Huber Matos, del grupo de los comandantes históricos de la Revolución, condenando a 20 años de prisión, o con Eloy Gutiérrez Menoyo, otro comandante de la Revolución, condenado a 30 años de prisión. Cientos de presos políticos que no habían colaborado con la dictadura de Batista, que habían luchado contra y que se opusieron a la dictadura de Fidel Castro.

 

También es posible que no se recuerde el fusilamiento del general Arnaldo Ochoa y del coronel Tony de la Guardia en 1989, colaboradores cercanos de Fidel acusados de un “tráfico de drogas” organizado por el propio régimen. Y que ni siquiera se recuerde a los tres jóvenes negros que intentaron huir de Cuba, tomando por asalto una lancha de pasajeros en el puerto de La Habana en 2004, que Fidel hizo fusilar  sin haber matado ni herido a nadie. Fusilados “para evitar a los EE UU una catástrofe migratoria”, como lo justificó cínicamente el Comandante en jefe días después.

 

Sí, es posible que se haya olvidado este acto ignominioso de Fidel sin justificación alguna, salvo la de servir de ejemplo para aterrorizar al pueblo cubano: ¡el que se mueva, al paredón!

 

No obstante, es un hecho que la disidencia existe en Cuba y las detenciones por motivos políticos lo prueban. Pero también es un hecho que, pese a la precaria situación económica y al malestar de una parte importante de la población cubana, el miedo sigue paralizando la protesta.

 

No es pues evidente lo que será Cuba sin Fidel, saber si por fin a las “reformas” económicas seguirán “reformas” políticas para permitir a los cubanos expresarse libremente y decidir por sí mismos el futuro de ese pueblo (1).

 

En todo caso, en esta situación de impasse, es absolutamente necesario no caer en la desesperanza y el desánimo, y mucho menos en el conformismo con los valores reaccionarios que hoy predominan en Cuba. Al contrario, es el momento de seguir aspirando y luchando por las esperanzas del pasado que hunden sus raíces en la historia de los vencidos, de los oprimidos que han  visto sus derechos conculcados y su voz anulada por los Estados capitalistas y los “socialistas” de Estado