Cubanálisis  El Think-Tank

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Misisipi, río cubano

 

Aurelio Pedroso, en Progreso Semanal

 

LA HABANA. Hace poco tuve en casa a un niño de 13 años de edad que ya había culminado los estudios de enseñanza primaria,-debo recordar son seis grados-, y cursaba el primero de Secundaria Básica, séptimo para los entendidos. El muchacho me sorprendió por su educación y buenos modales. Aún más, en la forma en que se comportaba en la mesa al tomar los cubiertos de manera correcta y no hablar con comida en la boca. Para colmos, daba las gracias. Una auténtica rareza hoy día.

 

Animado y ante tanto asombro, opté por ”sondearlo” en conocimientos a mi juicio elementales para su edad. Desafortunadamente, sólo alcancé a una primera que resultó la última pregunta. Le pedí mencionara tres ríos cubanos y sin pensarlo dos veces respondió categórico que el Misisipi para luego estancarse en el pensamiento.

 

Hubiera dado lo que no tengo si el chiquillo, bien despierto por cierto, me estuviera tomando el pelo, pero para desgracia no personal sino nacional, hablaba con toda sinceridad.

 

Cuba, hay que significarlo, no es una excepción en el estado y situación de la educación mundial. Barbaridades similares a las de atribuirle ese gran río a nuestra geografía insular, he leído en serias encuestas a universitarios de EE.UU y España. Pero me duele lo mío primero porque tuvimos durante años una educación envidiable.

 

Pero eso no me conforma ni me alivia ese sentimiento de estar fabricando burros a nivel local que ya con rebuznos de adultos, -una joven de 22 años de edad-, explican que con la caída del muro de Berlín, los fascistas hitlerianos que vivían en la Alemania oriental echaron a correr hacia la otra mitad del país.

 

No piense el lector ni por un momento que fui un brillante estudiante. Todo lo contrario. Más tolete en las asignaturas de ciencias había que encontrarlo y gracias a un viceministro de educación para adultos, tío del célebre trovador Pedro Luis Ferrer, pude hacer el bachillerato sólo en Letras (hasta latín debíamos examinar como si fuésemos seminaristas) y así llegar a la Universidad que sí exigía bastante rigor.

 

Aún recuerdo como si se tratase de tiempo actual, algunas de las clases que recibí en los Hermanos Maristas de Camagüey, las de Geografía ya entrada la Revolución con el texto del capitán Antonio Núñez Jiménez, y así sucesivamente otras cuando a los profesores se les trataba de Ud., peinaban canas e inspiraban un inviolable respeto.

 

Mal que les pese a quienes defienden a ultranza los éxitos de la educación pública a lo largo de este más de medio siglo, hay que reconocer que la tenemos en terapia y que no valdría de mucho poner a sus responsables-irresponsables de pie en la esquina trasera de un aula, con un cucurucho en la cabeza y mirando fijamente a la pared. Como bien nos recuerda el refrán, “No llorar sobre leche derramada”.

 

La educación no está excluida del actual proceso de renovación que vive la isla. Menuda tarea la que le han encomendado a la ministra Ena Elsa Velásquez Cobiella, de quien me aseguran confiables fuentes sabe muy bien cómo enderezar el entuerto de años dada la experiencia que posee. Que así sea, es el voto desde estas líneas.

 

Tiene Ena Elsa en su contra, que el necesario complemento para una educación integral y que debe provenir de la familia, no anda muy bien que digamos por razones históricas del aprendizaje que recibieron mamá y papá. Se trata de adultos entre los 20, 30, 40 y hasta 50 años de edad que más que estudiantes fueron animalillos de laboratorio en un proceso educativo que se ufanaba de ser vanguardista y de los mejores del mundo.

 

En días recientes, la ministra Velásquez Cobiella fue emplazada en la sección de correspondencia de los lectores del diario Granma. Le sugerían sobre determinadas asignaturas y tareas impuestas a los muchachos. Lució convincente, entre otras cosas, al confirmar que “las educaciones Primaria y Secundaria Básica se encuentran en un proceso de perfeccionamiento”.

 

Perfeccionemos, pues, a ver si logramos cuanto antes que un niño o adolescente se entere, por ejemplo, dónde vivimos y quiénes son nuestros vecinos caribeños. A fin de cuentas, analfabetos no tenemos y aquí cualquiera firma con su nombre y apellidos o el garabato aprendido con rigor. Nunca con la huella entintada del dedo pulgar.