Cubanálisis  El Think-Tank

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Las autocríticas de Fidel

 

Las recientes apariciones del líder de la Revolución cubana Fidel Castro se han caracterizado por sus declaraciones autocríticas

 

Antonio de la Maza, kaosenlared

 

Las recientes apariciones del líder de la Revolución cubana Fidel Castro se han caracterizado por sus declaraciones autocríticas, las cuales tienden a crear un ambiente propicio para la rectificación y el desarrollo racional del país.

 

Pudiéramos situar el comienzo de tal tendencia a partir de su reflexión Una autocrítica de Cuba, del 2007, en que tras la conclusión de que el trabajo no genera conciencia, puso punto final al bien intencionado pero antieconómico sistema educacional de las Escuelas en el Campo, cuando trató de sustituir al campesinado por generaciones de estudiantes que pondrían fin al divorcio entre teoría y práctica.

 

Después llegó su calificación de “gran injusticia”, a la política que se llevó antaño en Cuba contra los homosexuales y su confesión de responsabilidad aireó el ambiente interno y le otorgó todo el peso moral a la famosa frase de que “solo la verdad nos hará libres”.

 

Posteriormente, en lo concerniente al área internacional, aseveró ante periodistas venezolanos que nadie en los momentos actuales puede ganar una guerra, ni la derecha ni la izquierda, y con esto condenaba los conflictos actuales que sostienen Estados Unidos, Israel, algunos países musulmanes y Colombia.

 

Pero Fidel fue mucho más lejos, en 1973, durante la Conferencia de los No Alineados en Argel, había tomado la decisión de romper relaciones diplomáticas con “el agresor israelí” por solidaridad con los países árabes y especialmente los palestinos y en contra del contubernio sionista-estadounidense.

 

Hay que decir, que pocos gobiernos árabes hicieron honor a este acto digno del liderato cubano, agobiado por el bloqueo norteamericano y la política agresiva de las grandes potencias capitalistas.

 

En reciente entrevista con Jeffrey Goldberg, periodista de la revista norteamericana Atlantic y la experta norteamericana en asuntos de América Latina  Julia Sweig, Fidel Castro criticó el antisemitismo y calificó al hebreo como “el pueblo más sufrido de la historia”.

 

En ese encuentro criticó la intransigencia de Irán y exhortó a los líderes de la Revolución Islámica a reconocer el Holocausto (seis millones de judíos muertos) y las razones de los temores israelíes.

 

Por otra parte, Fidel no retrocedió un ápice de criticar la agresión y los crímenes del gobierno israelí , pero dejó bien establecidos las diferencias entre antisemitismo y sionismo.

 

En la entrevista con Goldberg y Sweig, Fidel tocó de nuevo la escena cubana  al declarar inequívocamente : "El modelo cubano –dijo a los estadounidenses- ya no funciona ni siquiera para nosotros".

 

Para Goldberg esta afirmación fue sorpresiva, por lo que posteriormente le preguntó a Sweig que cuál era su interpretación de las palabras del ex presidente cubano, que continúa siendo primer secretario del Partido Comunista de Cuba.

 

Según Sweig, Castro "no estaba rechazando las ideas de la revolución" sino que se trataba de "un reconocimiento de que bajo el modelo cubano el Estado tiene un papel demasiado grande en la vida económica del país".

 

La analista, asimismo, interpretó que con sus declaraciones Castro buscaba "crear un espacio" para que su hermano, el presidente Raúl Castro, pudiera poner en marcha "reformas necesarias, frente a lo que seguramente encontrará resistencias de los comunistas ortodoxos dentro del partido y la burocracia".

 

En Cuba, un país donde sobran más de un millón de trabajadores en la esfera estatal, tras una política ficticia de pleno empleo y un bregar tozudo contra las leyes económicas, se anunciaron cambios que como expresó el presidente Raúl Castro deberán ser bien pensados y consultados con el pueblo, el principal afectado.

 

Esto último fructificó en la publicación de lineamientos económicos, que pretende de forma bastante oscura una "actualización" del socialismo.

 

El documento se erige en recetario sin bríos, cansón, poco valiente y mucho menos audaz para paliar la crisis. Además, se echa de menos en este, el esperado y obligado análisis autocrítico acerca de las causas del desastre económico y las responsabilidades pertinentes.

 

"Nadie sabía cómo se construía el socialismo", ha confesado Fidel recientemente en conversación con estudiantes, pero tampoco se autocriticó.

 

Los cubanos saben que en más de 50 años él y su hermano han tenido todo el poder de decisión. Los demás altos  dirigentes del proceso en la práctica, fueron (son) fichas recambiables (Anibal Escalante, Che Guevara, José Llanusa, Humberto Pérez, Carlos Aldana, Carlos Lage, Soberón, Martínez y Rodríguez).

 

Ahora surge una nueva estrella, el ministro de economía Marino Murillo y la gente se pregunta ¿hasta cuando durará?. Hasta el próximo error, porque también es ficha recambiable.

 

Para cualquier reforma o "actualización" del modelo cubano (las palabras ante una situación tan severa como la que vive el heroico pueblo cubano son puros eufemismos),  se hace imprescindible la autocrítica valiente. Todo parece indicar que no la tenemos aún.

 

El ejemplar heroísmo de la Sierra Maestra, Bahía de Cochinos, las misiones internacionalistas y de más de 50 años contra la agresión del imperialismo yanki, el primer mercado del mundo y la primera potencia militar del planeta, parece que no es posible volcarlo hacia los desafíos económicos. Se trata de un error de lesa humanidad.

 

Cualquier análisis deberá partir del 13 de marzo de 1968 cuando la Revolución perdió la inocencia y Fidel (con fe popular y financiamiento soviético para sostener la errata garrafal), pronunció el tristemente célebre discurso que inició La ofensiva revolucionaria, la cual acabó con el último rastro de gestión personal o cooperativa sobre todo en las ciudades y poblados, eliminando con ello el sentido del trabajo como necesidad.

 

La ofensiva revolucionaria barrió al cubano como individuo para ser sustituido por el "hombre-masa", el que emprendería sin pensar ni chistar y con gran fe y agradecimiento los fabulosos proyectos en el "estilo asiático de producción": Plan Cordón de La Habana, Zafras, ruralización de la ciudad con invasiones de campesinos, destrucción de la capital de la república (corrupta,  perversa, llena de bares, homosexuales y velloneras, le llamaban) y envío de los citadinos al campo para proletarizarlos y que vieran "cómo vivían nuestros campesinos" (!Ccomo si ellos tuvieran la culpa de su subdesarrollo y condición miserable!).

 

Todos los países desarrollados poseen sin complejos ni prejuicios, fuertes clases campesinas de las cuales viven orgullosos porque tributan eficientes y productivas agriculturas que se traducen en los excelentes vinos franceses, los quesos franceses, italianos o suizos, las carnes estadounidenses, los zapatos y la indumemtaria.

 

La ofensiva revolucionaria, con un enfoque “asiático” de las fuerzas productivas y enfocada en la búsqueda del “hombre nuevo”, no solo ruralizó todo el país sino consiguió en su jamás escondido "odio-admiración" por La Habana, eliminar, asimismo, la agricultura cubana que poseía en 1959, a guisa de ejemplo, seis millones de cabezas de ganado con seis millones de habitantes.

 

Hoy apenas el país cuenta con tres millones de cabezas de ganado con poco más de 11 millones de personas.

 

La Revolución fue un ejemplo en lo ético y social pero un desastre en lo económico. Este balance no aparece en los lineamientos económicos publicados recientemente para sacar al país de la crisis permanente que vive desde los 90.

 

"Nadie puede vivir eternamente en terapia intensiva", indicó un médico internacionalista.