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La UNEAC: donde las dan, también las toman

 

A cinco décadas del triunfo de la rebelión, a pesar del esfuerzo sobrehumano realizado, ni los líderes de esa gesta, ni el pueblo y menos los intelectuales, pudieron consolidar el ideario socialista

 

Francotirador del Cauto, en Kaos en la Red 

 

Riflexiones

 

Miguel Díaz Canel Bermúdez, Primer Vicepresidente de los Consejos de Estado y de Ministro, es un joven dirigente a nivel nacional y su reciente discurso en la clausura de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba es digno para su estudio y debate, lo que en alguna forma doy inicio con esta Riflexión.

 

En líneas generales es un buen discurso, serio y profundo, aunque algunos lagunatos podemos observar aquí y allá, los que dichos así al azar, desdicen un poquitín de las intenciones con las que supongo redactó su exposición.

 

Es cierto que Cuba está desde hace cinco décadas como una prioridad criminal de la política exterior norteamericana, pero sus intenciones de instaurar una plataforma de pensamiento neoliberal y de restauración del capitalismo colonial no están solo enfiladas contra la Revolución Cubana, sino contra todo el mundo en desarrollo. En ese enfrentamiento no andamos solos, lo han padecido también en carne propia Libia, Iraq, Siria, Afganistán, Venezuela, Argentina, Bolivia. Ecuador, ahora Ucrania, entre los más destacados.

 

También creo que la cultura juega un rol en ese enfrentamiento, pero de ahí a asignarle un papel protagónico, de primer lugar como usted afirmó, es como aceptar que no es tan vital tener una economía sana y socialista, con un profundo desarrollo de la democracia popular y de las libertades y derechos humanos. Y aquí creo que debemos un poquito olvidarnos de la cultura como el vehículo adecuado para sacar las castañas del fuego al estado, cuya tarea primordial es acabar de apartarse del precipicio y comenzar con seriedad a hacer el socialismo en nuestro país o a declararse incapaz de hacerlo.

 

A estas alturas del proceso revolucionario es un tanto inmaduro culpar solo al imperialismo por sus planes de subversión para apartar a los intelectuales  de toda intención y preocupación social, para que el cine, la literatura y el teatro reflejen y enaltezcan los más bajos sentimientos humanos, las más perversas y nocivas ideas y cualquier tipo de inmoralidad. Usted señaló que con ello el enemigo intenta sembrar la banalidad y la frivolidad entre nuestros intelectuales y alejarlos del compromiso político y social y crear el caos y la confusión.

 

En ese esquema deja usted al estado cubano a salvo de toda crítica, cuando si de banalidad y frivolidad hablamos en el tratamiento a la intelectualidad cubana encontramos en el patio también ejemplos de sobra, así a vuelo de la memoria, el triste pavonato que dio lugar a lo que se llamó quinquenio gris, y un poco más tarde la persecución del Aldanato, Secretario Ideológico de nuestro partido, que intentó hacer una creche con la intelectualidad cubana.

 

No se puede encomendar a la intelectualidad fomentar valores estéticos y favorecer el crecimiento integral del ser humano, según usted mismo afirma, protagonista del socialismo, si el hombre en su bregar diario solo encuentra miserias y dificultades como resultado de su esfuerzo personal. La cultura socialista se engendra con la práctica socialista, no con decretos y resoluciones.

 

El socialismo y su protagonista, que es el ser humano, responden a un sistema en desarrollo, y hasta ahora, la experiencia del Siglo XX y lo que va del XXI, es fehacientemente explicativo de que en parte alguna el socialismo se construyó, y sigue siendo una intención y una quimera.

 

A cinco décadas del triunfo de la rebelión, a pesar del esfuerzo sobrehumano realizado,  ni los líderes de esa gesta, ni el pueblo y menos los intelectuales, pudieron consolidar el ideario socialista, y ni siquiera superar las reminiscencias burguesas, pequeñas, mediana y de alta burguesía, estas últimas  emanan bien gorditas y mal intencionadas de una burocracia corrupta y egoísta. Más aún, hemos creado nuestros propios monstruos.

 

Enfocar la perspectiva nacional de tal manera es como hablar de higiene y salud en medio de un basurero.

 

Hay que hacer como hicieron los burgueses, para eso ahí está la historia, para servirnos de experiencia, hay que construir una sociedad más eficiente que la anterior y a la vez legitimarla culturalmente, de no existir tal sociedad no podemos legitimarla con medias verdades. Esto no desdice para nada los logros imbatibles de nuestra Revolución, logrados por nuestro pueblo.

 

Debemos ser cuidadosos cuando queremos utilizar como resumen un slogan. Hay que recordar que los slogans solo reflejan situaciones temporales. Usted afirma, y utiliza un slogan nuestro, que la disyuntiva es de socialismo o barbarie (realmente es de Rosa Luxemburgo), y coincidimos plenamente con usted porque como socialistas queremos salvar al planeta y a la raza humana, pero se puede tener patria independiente sin socialismo, una cosa no determina la otra, aunque puede enriquecerla.

 

Se deja usted llevar por la mediocridad de las instituciones del estado encargadas de enfrentar la subversión ideológica en nuestro país, que confunde por falta de profesionalidad lo que es la subversión enemiga, y esa mezquindad y no la escasez, les lleva a hacer el enfrentamiento con un solo saco donde meten al enemigo de clase y al crítico o inconforme que lucha por mejorar la revolución.

 

Para ellos la Revolución solo son los combatientes de la Sierra, para ellos Revolución solo es Fidel, no se que se harán cuando por ley biológica de la vida no se encuentren entre nosotros. Yo, desde hace muchos años comprendí que la Revolución somos todos, pero también me percaté, como me dijo un gran amigo hace tres décadas, que la burguesía se había colado en la despensa del proletariado cubano.

 

Cuando Fidel en el 2005 reconoció que habíamos cometido muchos errores, estoy seguro que estaba pensando en eso de la despensa y el búho, porque esa es la razón fundamental por la que nos alertó que tantos años de logros y sacrificios puedan irse por el caño de desagüe.

 

No podemos aspirar a que la vanguardia artística haga el tonto y defienda solo nuestras verdades sin ver la basura que dejamos intencionalmente debajo de las alfombras, eso en  las épocas explotadoras pasadas se llamó oficialismo. Una vanguardia artística revolucionaria debe ser crítica con lo mal hecho como única vía para construir una sociedad mejor.

 

Y retocando el tema, pide Canel a los intelectuales a que no teman cuando les digan oficialista, y he aquí otra de las calificaciones que hemos permitido que nos robe el enemigo, como otras, tales como libertad y democracia.

 

Si con la Revolución Cubana comenzaron a cuajar en 1959 las aspiraciones de libertad, independencia y soberanía por las que el pueblo cubano luchó desde 1868, si encima de ello la política de ese estado nos introdujo a las enseñanzas del marxismo y nos inculco las ideas humanistas de la solidaridad humana, si la política oficial de ese estado establece la construcción del socialismo en Cuba: ¿por qué un intelectual debe tener miedo a que lo llamen oficialista? Oficialista y como dice el adagio, a mucho honra. Burócrata y espíritu burocrático, no, jamás. La burocracia es contrarrevolucionaria, si, y en Cuba hoy, no es oficialista.

 

Como me afirmó un amigo, el intelectual revolucionario no puede endosar a una burocracia totalmente simplista, orgullosa de haber sobrevivido en muchos escenarios, arrogante, que confunde haber sobrevivido a su capacidad y no a la realidad de haber sobrevivido gracias a las dificultades del otro, que confunde regular con prohibir,  información con educación, instrucción con cultura y esfuerzo con eficacia; que cree que las buenas intenciones son méritos suficientes,  no importa los resultados reales. Una burocracia eso sí, astuta en encantar a los románticos, manipular a los maleables, en engañar a los ingenuos y asustar a los cobardes.

 

Cuando se llama a salvar a la cultura, ello no puede circunscribirse al dogma, el sectarismo o el gremialismo del sector, la cultura a defender  es aquella que empodera al hombre convirtiendo a las masas populares  en fuerzas decisorias en lo económico, político y social.

 

Si a estas alturas no sabemos diferenciar al que plantea dudas y criterios con honestidad en el debate sobre nuestro proceso revolucionario de aquel que busca notoriedad, sobre todo fuera del país, con posiciones oportunista, estamos entonces perdidos en un campo de lechugas. No resulta difícil despejar tal ecuación, así como los franceses sabiamente piden buscar a la mujer tras el problema, los revolucionarios solo deben buscar el camino del dinero imperialista.

 

Pero para ser consecuentes con esa unidad a la que se refiere, dentro de un ambiente de diálogo transparente, serio, constructivo, donde confluyan ideas diferentes dentro del marco de los principios y se lleguen a propuestas que ayuden a la toma de las mejores decisiones, se impone por parte del estado y el Partido sinceridad y confianza, no represión. Más aún, libertad de información, pues si se me impide conocer, ¿cómo acceder a un diálogo franco?

 

¿Cómo lograr tal cosa si la intransigencia, partera de la violencia, gotea incesantemente desde los órganos y dirección de poder? De una burocracia creída de que la verdad está toda de su lado? ¿Quien niega a quien el derecho a la opinión?, ¿quien trata de cercar la opinión diferente y reducirla al espacio de un realengo? ¿Por qué un revolucionario marxista cubano se ve obligado a publicar en la web extranjera para dar a conocer su simple criterio de la realidad que lo agobia, mientras la prensa nacional bosteza de aburrimiento? ¿Por qué cada día la Revolución es menos de todos y más de una supuesta vanguardia aislada?

 

¿Cómo un marxista puede aceptar el camino de prohibiciones, regulaciones, presiones, criterio único y descontextualizado de la realidad a la que quieren someter al cubano? ¿En que concepción marxista se basa esa idea de que lo malo hay que callárselo en aras de una unidad que por esa razón se desquebraja? El honor y la valentía no son solo para restregársela en el hocico al enemigo, sino para enfrentar nuestros errores y corregirlos.

 

Así como exigimos al enemigo el diálogo sin condiciones, así lo debe exigir el revolucionario marxista al estado y al partido, para debatir  nuestro proyecto de vida social, familiar e individual, así como  acabar de comprender que discutir en la forma y momento adecuado es un reglamente para los militares, no para la civilidad.

 

En política, y sobre todo el cubano, habla y debate en cualquier lugar y en cualquier momento, sin tener en cuenta tanta sensiblería. En política no se habla para hacer catarsis sociales o individuales, sino para resolver los problemas, y sin importar si el oyente concuerde o no con nuestros criterios, o nos haga sentir en la discusión el peso de su poder, por eso es tan importante el consenso o la votación, donde la imposición partidaria o política nada tiene que ver con la búsqueda de la verdad. Alguien dijo que lo importante no es estar en lo cierto, sino saber que es lo cierto.

 

Una parte de su discurso me parece responde más a las imposiciones de los trucutuses de la represión de turno, que a la elaboración intelectual de un líder de estado, y cito “debe reservarse las decisiones sobre lo que se presenta, que se promueve, que aparece en los medios, qué y cómo se comercializa a través de los circuitos institucionales”, y ¿quién tendrá esa varita mágica en sus manos? Recuerde que así surgieron Pavón y Aldana.

 

Hay una carta de Alfredo Guevara a Fidel, con fecha tan lejana como el 15 de septiembre de 1976 (1), que aborda esta temática de la producción intelectual que debemos desempolvar, y cito a Guevara porque guarda esa imagen impoluta y firme del intelectual revolucionario cubano, ni una brizna de duda sobre su proyección revolucionaria, humanística y marxista.

 

Decía Guevara que “La unificación y la uniformidad pueden ser igualmente portadoras de empobrecimiento, ruptura de caminos ya iniciados y justos, inútil dislocación y finalmente en los causantes de aburrimiento. El gran bostezo es un riesgo que estas tendencias y concepciones hacen temer. La diversidad en la cultura artística no es un mal, ni lastima su carácter so­cialista o el esfuerzo por hacer rigurosos, profundos y científicos los enfoques críticos, las investigaciones y búsquedas que sirven, apoyan e inspiran, el de­sarrollo de las artes. La cultura artística socialista no es un concepto abstracto o multi-aplicable según formulas más o menos exactas. Es el resultado de un proceso histórico, y tiene que ser estudiado a partir de hechos reales, de obras reales, de autores reales, de corrientes, movimientos o tendencias reales, de posibilidades reales”.

 

Más adelante señala: “Se replantea el tema del doble mando, la doble dirección, y muy claramente la insistencia en intervenir directamente en los guiones, el proceso de elaboración de los filmes de largometraje y documentales, los noticieros, etc. No creo que sea esa la situación o proposiciones que se hacen a Alejo Carpentier y Nicolás Guillen cuando trabajan en sus novelas y poemas, o que se calcule asesorar a Alicia Alonso en el curso de una coreografía o a punto de iniciar un espectáculo. Y nadie supervisa a Mariano, Portocarrero o Servando Cabrera Moreno mientras trabajan una tela”.

 

Finalmente recordarle, Díaz Canel, que existen discriminaciones y anomalías sociales que deben ser sometidas a un riguroso análisis, no solo por el estado, sino por todos los que integramos nuestra nación.

 

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(1) Alfredo Guevara. Epistolario: ¿Y si fuera una huella? Editorial Nuevo Cine Latinoamericano. Ediciones Autor S.R.L. 2009