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La inercia de la política cubana

 

Jesús Arboleya Cervera, en Progreso Semanal

 

LA HABANA - La inercia es una de las fuerzas más misteriosas de la naturaleza. Es una condición innata de la materia, que se expresa en la resistencia de los cuerpos a cualquier cambio en su movimiento, ya sea en su velocidad o en su dirección. En ocasiones, la inercia actúa para frenar la aceleración, pero en otras, sirve de empuje frente a las fuerzas que intentan paralizarlo.

 

Aunque Newton no lo aclaró, al igual que ocurre en la física, la inercia también se expresa en los procesos políticos. A veces aparece como un obstáculo al cambio necesario, pero en otras asegurara el impulso que le imprimen nuevas fuerzas y así vencer la resistencia de los que pretenden detenerlos.

 

Mucho se ha hablado de la “inercia” de la política cubana en su sentido negativo y efectivamente han existido momentos donde ha prevalecido la resistencia a los cambios por los que aboga la propia dirección del país, pero también se han manifestado avances en áreas que parecían inmutables, empujando el proceso con más o menos velocidad en la dirección deseada.

 

Tengo la impresión de que, por su envergadura a escala social, las reformas migratorias recientemente aprobadas en Cuba, han sido el más relevante de estos impulsos toda vez que ha roto barreras psicológicas que atañen a la propia concepción de los cambios y ahora actúa como un propulsor de los mismos.

 

Durante años se habló de la necesidad de una reforma migratoria que no llegaba a cuajar por temor a sus consecuencias. No era para menos, si tenemos en cuenta que el problema migratorio afecta a todo el tejido social cubano, la seguridad nacional y la política exterior del país, siendo uno de los más controversiales de la historia contemporánea de Cuba.

 

En determinado momento, la decisión de emigrar definió a los campos políticos en pugna y fue el instrumento por excelencia de la política norteamericana para construir la base social de la contrarrevolución, minar los recursos humanos del país y desacreditar al proceso revolucionario a nivel internacional. Tuvo un impacto desestabilizador incluso a escala familiar, consecuencias humanas dramáticas y connotaciones ideológicas muy profundas, todo lo cual generó una visión muy negativa ante el hecho migratorio y una política destinada a reducirlo en todo lo posible o limitar el vínculo de la población con aquellos que abandonaban el país.

 

Las transformaciones sociales ocurridas en la emigración y en la propia percepción de la sociedad cubana respecto a este fenómeno, propiciaron condiciones nuevas y un cambio de actitud frente a esta problemática que aconsejaban modificar la política existente. Sin embargo, viejas concepciones, resentimientos y prejuicios acumulados, actuaban como una fuerza formidable que, contra toda lógica, se resistía al cambio argumentando los resultados negativos que supuestamente ello acarrearía al país.

 

En realidad, alrededor de este asunto, se debatían concepciones mucho más amplias relacionadas con la propia organización del sistema político y el papel del Estado en el control de la vida de los ciudadanos que, como ha señalado el propio Raúl Castro, condujeron a la imposición de un sinnúmero de regulaciones y restricciones, muchas veces irracionales y contraproducentes, cuyo resultado final fue afectar innecesariamente el sentido de libertad de las personas. Medidas aparentemente elementales, como vender un automóvil o una casa, alquilar en un hotel o tener un teléfono celular, tuvieron amplia repercusión precisamente porque se contradecían con esta lógica.

 

Finalmente llegó la decisión de emprender las reformas migratorias y ello bastó para que se vinieran abajo muchos de los mitos que sostenían el anacronismo. Lo que parecía iban a ser las medidas más restrictivas de las nuevas normativas, como el control de la salida de los profesionales y las prohibiciones de viaje a los llamados “disidentes”, han sido aplicadas con tal amplitud que inducen a pensar que no valió la pena siquiera mencionarlas. Los trámites migratorios son tan simples y expeditos, que obtener el pasaporte es más sencillo que la licencia de conducción y, como en todas partes del mundo, el único estorbo a la ilusión de viajar es tener los recursos para hacerlo y la visa del país receptor.

 

No se habla de éxodos masivos, se acabó el trauma de los rompimientos definitivos y casi nadie tiene que acudir a un jefe para que autorice su salida del país. Los que pueden materializar sus planes, más que tolerancia, lo cual implica cierta benevolencia ante lo que se supone mal hecho, encuentran la comprensión que generan los hechos cotidianos y hasta los militantes del Partido Comunista pueden acogerse a la ley, sin que ello implique un cuestionamiento de su militancia.

 

Un efecto político inmediato es que, al igual que sucede con cualquier emigrante en el mundo, muchas personas comprobarán que emigrar no es tan sencillo como les hacía creer la propaganda, sobre todo cuando ha desaparecido la manipulación que servía de sustento al mito de la “excepcionalidad” del caso migratorio cubano, desmontando uno de los principales ingredientes de la política norteamericana contra Cuba, que ahora se debate en cómo reaccionar ante la nueva realidad.

 

 Más importante aún, la normalidad con que actualmente transcurre un proceso que algunos suponían traumático, demuestra la solidez que, al margen de sus insuficiencias y deficiencias, tiene el sistema político cubano; así como la madurez de los ciudadanos para decidir por sí mismos sobre sus destinos, sin que ello implique enajenarse de los intereses de su patria, lo cual es aplicable a otros muchos aspectos de la vida nacional.

 

Estamos en presencia de un ejemplo del impacto que pueden tener decisiones políticas supuestamente tan osadas como esta, para avanzar en el necesario cambio de mentalidad que se reclama para enfrentar las transformaciones que requiere la nación, en la confianza de que la sociedad cubana está preparada para ello, sin importar las fuerzas externas e internas que actúan en su contra.

 

Tal parece que la reforma migratoria fue el  empujoncito que faltaba para que la inercia comenzara a actuar en sentido contrario a los intentos de parálisis, sirviendo de impulso a una dinámica que todo indica será incontenible y asegurando también la velocidad y el sentido que requiere su propia naturaleza.