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Desde Cuba: carta de un joven que no se ha ido

 

El Francotirador del Cauto

 

Mis razones para la decisión adoptada son que no me gusta que me humillen y que me siento impotente cuando casi mi única opción es aplaudir a quienes lo hacen.

 

Riflexiones

 

Nuevamente me llega al correo otra carta, en esta ocasión de “un joven que aun no se ido”, perteneciente a Arnaldo Triana, residente en La Habana, en respuesta a la que el Director de la Revista Temas, Rafael Hernández, publicó hacía varias semanas dirigida a los jóvenes que tenían como meta en su vida emigrar.

 

La carta por sí se explica sola, por lo que sin comentario alguno ahí se las dejo:

 

Carta de un joven que aun no se ha ido.

 

Estimado compañero Rafael Hernández:

 

Gracias por conversar con los jóvenes. Considero que su ya famosa "Carta a un joven que se va" es honrada y me toca de cerca, ya que tengo el propósito de emigrar tan pronto me sea posible. Las razones de otros jóvenes de mi edad (tengo ahora 23 años) para tener idénticos planes pueden ser muy diversas. Es posible que las mías sean infrecuentes, no lo sé. Comparto al ciento por ciento las ideas de soberanía, solidaridad y antiimperialismo del gobierno. Sé que el bloqueo es un abuso y una venganza (aunque sea algo idiota, pero nos daña). Personalmente diviso incluso horizontes en la actualidad (no hace 5 años) para sobrevivir en el país donde están mis raíces, parte de mis amigos y mis padres: la República de Cuba. No tengo nada seguro aquí, pero tampoco veo nada seguro fuera, y sí tengo sobrados motivos para preocuparme cuando me imagino fuera de mi patria.

 

Mis razones para la decisión adoptada son que no me gusta que me humillen y que me siento impotente cuando casi mi única opción es aplaudir a quienes lo hacen. Y aquí me siento menoscabado. Si cambiara ese menosprecio o creyera que va a desaparecer, es probable que desaparezcan mis motivaciones para emigrar y, con ellas, mis planes actuales. Pero, chico, no veo que eso vaya a pasar.

 

Intentaré fundamentar lo anterior y le transmito que me encantaría conocer su opinión. Su carta, me parece, no examina este tipo de motivaciones.

 

No desarrollaré una lista de los motivos para sentirme manipulado. Me bastan dos ejemplos.

 

Primero: vivo en un país donde cada día me esconden parte de la realidad, a través de una calculada falta de transparencia. ¿Qué puedo hacer para conocer cuánto gana ETECSA, o CUPET, o TRD, etcétera? ¿Qué puedo hacer para saber qué se hace exactamente con todo ese dinero? ¿Quiénes son los dueños de esas empresas? No parece ser el pueblo, pues éste solo mira desde las gradas lo que hacen, o padece lo que hacen, para ser más preciso. Si fuera el pueblo, habría que explicarle a él en detalle las cuentas, los balances.

 

Pero todo eso es misterioso. ¿Por qué, salvo en los casos de sujetos de delincuentes ya condenados, jamás oigo ni leo nada sobre las enormes diferencias en el nivel de vida que hay entre la gente llana y los hijos de los dirigentes, mucho de los cuales (¡conozco unos cuantos!) tienen paladares, nunca en su vida han cogido una guagua y si los quieres localizar tienes que ir a Varadero?

 

Nuestra prensa, nuestras mesas redondas, los discursos que oigo, no mencionan las acusaciones que se hacen por ahí sobre golpizas o encarcelamientos intermitentes a una parte de quienes opinan diferente. Si se trata de falsedades, ¿por qué no se desmiente? Si alguien las considera legítimas, ¿por qué no las defiende? Si propinarlas fuera ilegal, ¿por qué no se actúa contra los agresores? Si algunos de esos sujetos son pagados por potencias extranjeras y violan nuestras leyes, ¿por qué no se les detiene, encausa y procesa de una manera digna? ¿Por qué, en lugar de ello, se prefiere -según parece- aplicar métodos de los camisas pardas? Y sobre todo, ¿por qué nada se dice sobre todo eso, como si no ocurriera?

 

¿Cuál es el análisis serio, para explicar que los diputados solo se dediquen a aplaudir y votar lo que les viene de arriba? Se ha dicho que eso es negativo, pero ¿por qué ocurría? ¿Y por qué sigue ocurriendo? ¿Qué rayos pasó o pasa con el cable de fibra óptica? Son solo algunos ejemplos.

 

En fin, soy tratado como una nulidad política, a quien no hay que informarle ni mucho menos pedirle opinión acerca de lo que ocurre a diario en temas de máxima trascendencia.

 

No quiero vivir en una sociedad que me ningunea constantemente como parte de una política meditada, e intenta manipularme sin rubor, ocultándome todo aquello que, por razones también turbias, los que la dirigen han decidido que no me hace falta conocer.

 

"No queremos salir de una hipocresía para caer en otra" (no lo digo yo; lo advirtió Martí).

 

Segundo: vivo en un país donde cualquier funcionario está autorizado para prohibir a la vez que tiene prohibido autorizar. En Cuba un burócrata gris puede decidir tu vida. Y a llorar al parque. Le relataré un ejemplo que ha sido doblemente jodido por tratarse de un ciudadano de mi patria, y por el hecho de que se trata de mi mamá. Ella trabaja en Salud Pública desde antes de yo nacer. No ha cometido ningún delito nunca. Es una persona sencilla; una simple técnica de la salud, ni siquiera es médico.

 

En abril del año 2011 le llegó la noticia de que su hermana -radicada en la capital de México desde que se casó con un mexicano hace más de 30 años- entraba en la fase final de un cáncer de hígado. Decidimos que fuera a visitarla usando sus vacaciones. Se trataba de un viaje que tendría que hacerse muy rápidamente pues era algo así como una despedida, con la ventaja de que solo las separaban tres horas de vuelo. Mi tío mexicano resolvió en solo 48 horas que el Gobierno de su país le otorgara una visa con ese fin.

 

Ahí empezó el vía crucis. Hechas las indagaciones, nos enteramos que tenía que superar una retahíla de denigrantes impedimentos. Primero necesitaba una aprobación del PCC de su centro de trabajo y, luego, otra del director del mismo. En realidad no se trataba de "aprobaciones". Estas personas tienen autoridad para prohibir que ella viaje, pero no para autorizarla. Son como semáforos con solo dos luces: roja para detener el proceso, y amarilla para dejarlo a la espera de la luz que aparecerá en los próximos semáforos.

 

Ella tuvo que llenar una vejatoria solicitud donde tenía que informar una larga serie de datos tales como si tenía automóvil, el año de construcción de su vivienda, o si alguno de sus familiares había estado preso. Una vez conseguidas esas dos luces amarillas, tocó el turno a otros dos seres que podían prohibir que mi madre visitara a su hermana: primero se consulta a un viceministro y, créase o no, después al ministro de Salud Pública en persona. Este es un proceso sin plazos: no se sabe cuándo cada uno de los semáforos pondrá su luz. A mi madre solo le quedaba esperar.

 

Cuando todos y cada una de estos individuos, atendiendo a criterios que también son desconocidos y que no pueden consultarse en ningún lado, pongan su luz amarilla, si lo hacen, se podrá acceder a un quinto vigilante.

 

Este sí, con una luz verde en su semáforo: el MININT.

 

Hay que llenar otra planilla, repleta de datos personales de ella y sus familiares, entre los cuales se hallan las razones para querer viajar. Dos meses transcurrieron entre que llegó la terrible noticia y que se obtuvo este permiso para hacer el susodicho vuelo de tres horas y permanecer unos días o semanas durante sus vacaciones con su hermana agonizante.

 

En ese punto nos enfrentamos a otra nueva humillación: para poder hacer uso de ese permiso, tenía que pagar al estado una especie de tributo igual a 15 meses de su salario íntegro. No hablo del avión (que pagaría su cuñado, pues un cubano no puede ni soñar con poder hacerlo con lo que gana, 20 dólares mensuales en el caso de mi madre), sino de un impuesto enorme que se pone solo para que pongan un cuño que te permita viajar. Ese proceso fue angustioso. No te dan ninguna explicación: nadie jamás ha explicado por qué existe la cadena de obstáculos, si quitamos la "trabazón en el cielo" que se quiere prevenir, según informara Alarcón.

 

Y todavía nos esperaba una penúltima exigencia incomprensible: como si ella fuera una niña de 6 años, un extranjero tenía que enviarle una carta de invitación (que para que sea legal también le cobran). Finalmente, mi tío envió la dichosa carta desde México y mi hermano mayor mandó ese dinero desde Chile (reside allí desde hace 4 años), y se cubrió con él la abusiva exigencia para ganar más y más divisas.

 

Cuando este enmarañado asunto estaba concluyendo, llegó la noticia del fallecimiento de mi tía, que mi madre nunca llegó a ver. Se libró así de la última humillación: pagar decenas de dólares al estado cubano para tener el derecho de volver a Cuba si la agonía de su hermana (y por tanto su estancia en el extranjero) se pasaba de 30 días. No le devolvieron nada, pese a que no usó los permisos por los que pagó una pila de dinero.

 

Estos fueron los hechos.

 

Espero que me perdone la extensión del relato.

 

Pero yo hablaba de humillación e impotencia, y es que las dos cosas me las producen las posiciones oficiales, no tanto lo que un sujeto haga.

 

Veamos.

 

Uno de los lineamientos aprobados en el Congreso dice que se va a "Estudiar una política que facilite a los cubanos residentes en el país viajar al exterior como turistas". No dice "Facilitar que los cubanos residentes en el país puedan viajar al exterior". Informa que lo que se va a hacer es estudiar el problema. Es increíble que tras miles y miles de reuniones populares donde no fue esto lo que se pedía, sea ese el proyecto para los años próximos. El clamor era que se quitaran las prohibiciones. Si hay un lineamiento que se ha cumplido totalmente es este: ya que desde hace 15 meses se viene estudiando el asunto. Cuando se termine este estudio (no se sabe ni quiénes son los estudiantes ni qué plazo tienen para concluir sus estudios), quizás se permita a un cubano salir "como turista". Digo "quizás" pues, como es algo que se estudiará, nadie sabe los resultados que van a obtener esos estudiosos.

 

El Presidente del país reitera una y otra vez que se va a flexibilizar paulatinamente la política migratoria ¿Cuál es la razón para no eliminar ahora mismo la secuencia de posibles vetos que comenté? ¿Por qué hacen falta más de 15 minutos (no 15 meses, y eso pica y se extiende) para quitar toda esa bola de impedimentos en un caso como el de ella?

 

¿Cuál es el peligro que pudiera tener el país como resultado de que mi mamá fuera a despedirse de su hermana? Si mañana yo tuviera que ir a ver a mi hermano en iguales circunstancias, tendré que pasar por este mismo conjunto de humillantes exigencias.

 

No sé si Alarcón (a quienes algunos han apodado Ricardo Trabazón de Quesada) mantendrá la misma explicación para justificar todo esta falta de respeto.

 

Pero me gustaría conocer la suya, Rafael, si es que tiene alguna. ¿Qué me aconsejaría usted que debiera hacer en mis circunstancias? ¿No cree Ud. que se cae de la mata que tengo que tratar de liberarme de estas humillaciones y de esta impotencia? Trataré de irme hacia un sitio donde no me traten todo el tiempo como un cero a la izquierda. Tendré diversos rollos en esa aventura, no lo dudo, pero podré enterarme de lo que ocurre en Cuba accediendo a Internet, podré opinar y discutir por esa vía, y podré ir a donde me dé la gana sin tener que suplicar que me permitan viajar ni tener que desembolsar cantidades astronómicas (respecto de mi salario) para no se sabe qué, y actuar como un cordero para que no acaben conmigo las trabas burocráticas que me imponen para viajar, sin que ni siquiera un diputado, uno solo, me defienda, sin que un periodista, uno solo, las denuncie.

 

Arnaldo Triana

 

Ciudad de La Habana