Cubanálisis  El Think-Tank

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Del surco a la mesa: el “carretillero”, último eslabón

 

El problema de los precios está en la escasez de productos

 

Enfoque sistémico para reactivar la economía

 

Eileen Sosin Martínez, en Progreso Semanal

 

LA HABANA. David tiene 21 años y estudia Economía en la Universidad de La Habana. Los fines de semana trabaja como carretillero vendiendo productos del agro cuando regresa a su casa en Batabanó (provincia de Mayabeque). “Mis padres tienen un salario normal. ¿Tú crees que con un sueldo de 500 pesos se puede mantener a alguien en la universidad?”, aduce, para relatar cómo él y su abuelo decidieron juntar sus ahorros e invertir en la carretilla y los productos agrícolas que lleva.

 

Mientras terminaba el 2015 y empezaba el 2016, los precios de vegetales y viandas han tenido un aumento notable, lo suficiente como para irritar a la población y añadirse a los temas discutidos en la Asamblea Nacional del Poder Popular. “Me he pasado todo el fin de año hablando de eso”, cuenta David.

 

El camino de los productos que él vende no parece muy expedito: de la tierra al mercado mayorista El Trigal en Ciudad de La Habana, y luego a la carretilla. “Uno es la tercera mano; eso ya es bastante gente en el medio”, reconoce.

 

David ha sentido en sí mismo la “mala fama” de los carretilleros. “Las personas dicen que uno se está enriqueciendo con eso, y al final uno es quien menos gana. El Trigal funciona igual que si fuera particular: oferta y demanda. Ellos ponen los precios y tú lo compras si quieres. Yo voy a comprar como mismo alguien va a comprar lo que yo vendo. Es lo mismo, lo que en cantidades”.

 

¿Entonces cómo se establece el valor? “Depende, porque ahí los precios son altos. No es lo mismo vender aquí en la ciudad, que en el pueblo. Si allá digo que el mazo de zanahoria cuesta 10 pesos, nadie me lo va a comprar. Depende si sé que lo puedo vender.

 

“Se calcula una merma y se le pone un porcentaje mínimo por encima. No creas que se le saca tanto como la gente piensa; es una ganancia mínima, que da para vivir”.

 

Entiendo. Pero el criterio más generalizado, cuasi oficial, afirma que en algún punto de la cadena hay “pillos” lucrando con las necesidades colectivas. David hace una pausa, como a punto de revelar una gran verdad. “Mira, realmente el problema de los precios está en la escasez de la producción; todo viene por ahí”.

 

Durante las sesiones de la Asamblea Nacional, el diputado Israel Pérez, de Yaguajay, comentó que no se trata de que un grupo de personas determine el valor de los productos, pero sí topar precios para evitar el enriquecimiento indebido. El presidente cubano, Raúl Castro, argumentó que a esos problemas hay que buscarle solución, “la mejor posible, aunque nos volvamos a equivocar”.

 

Por ejemplo –explica David-, la libra de tomates ahora vale 25 pesos, y hay quien lo compra. O sea, la oferta y la demanda están más o menos equilibradas, por el precio. “Pero si hoy ponen la libra de tomates a 5 pesos, en un mes no hay tomate en el país completo. Se acabó; porque todo el mundo va a tener los 5 pesos para pagarlo, todo el mundo va a empezar a consumir”.

 

En el aula están dando Economía Política, y el estudiante concluye, echando mano a la teoría en que el meollo, “como dice Marx, tiene que ser en la producción; obligado”. Lo poco, aun bien repartido, continúa siendo poco.

 

Incluso si la respuesta fuera establecer administrativamente un techo a los precios, David opina que él no sufriría demasiado las consecuencias. “Al carretillero es a quien más le conviene lo que quieren hacer. Si bajan los precios, voy a seguir ganado lo mismo, solo que con los productos más baratos; y voy a vender mayor cantidad”.

 

No obstante, cautela. “Estamos trabajando con lo que nos quedó del año pasado y con lo que resolvemos por la casa… Hay que esperar, porque sale una medida rápida de esas, y pierdes todo”.

 

Los “camioneros” (transportistas y vendedores intermediarios) adquieren los productos en las fincas, a menos que -cosa infrecuente- los campesinos cuenten con sus propios vehículos para trasportar la mercancía. ¿Son estos o aquellos quienes aumentan los números?, insisto, tratando de encontrar a los tan mentados “especuladores inescrupulosos”, culpables a priori de la situación actual.

 

David responde en tono fatalista. “Los cubanos nos ‘mordemos’ unos a otros. Porque en este caso se habla del campesino, pero cuando ese campesino va a la tienda, o tiene que coger un carro, o ir a una cafetería, todo le cuesta caro igual”.

 

Días atrás, el diputado Adalberto Fernández, señalaba que los precios no disminuirán por decreto, pues lo que ocurre está relacionado con la política a la usanza en todas las redes comerciales. “Si no bajan los precios de los productos en las Tiendas Recaudadoras de Divisa (TRD)*, si comprar un par de botas para trabajar sigue costando tan caro, no se puede esperar que baje la carne de cerdo, ni los demás productos que la población demanda”, citó el diario Granma.

 

“Para mí, el Estado tiene que ayudar más al campesino -continúa David-. Todos los insumos se los cobran carísimos, y si se echa a perder la cosecha, pierden 30 mil, 50 mil pesos.

 

“Se quiere, por ejemplo, que los Acopios de cada municipio asuman todos los productos en un lugar. Pero el Estado no tiene un mecanismo eficiente para contratar la mercancía, y no paga en el tiempo que se debe. Familiares míos tienen fincas, y llevan la cosecha a Acopio, y se pasan 6 meses sin pagarles. Si el campesino no tiene dinero para volver a invertir, ¿qué hace? ¿Se pasa 6 meses sin producir?

 

“Entonces prefieren venderles a los particulares, que pagan al momento -asegura David, y hace un gesto de contar billetes-. El Estado toma no sé qué por ciento de la producción, y no lo paga a tiempo. Imagínate que coja la cosecha completa…”.

 

Desde que David cumplió 16 años ha encontrado empleo en este giro, lo contrataban por días para atender una tarima (espacio para vender en los mercados). La experiencia le permite comparar, incluso predecir. “Este año he visto los precios más altos que nunca. Recuerdo que por esta fecha, la temporada pasada, yo compraba los tomates –grandes, de los más caros que había- a 100 pesos la caja, y los vendía a 5 o 6 pesos la libra. Y ahora la caja de tomates está a 500 pesos.

 

“También no ha habido una producción que sirva, de nada. Bueno, estamos en tiempo de frijol, y no se ha dado casi. Dime tú cuando llegue el tiempo en que no hay normalmente. Si no ha habido frijoles en la época que corresponde, porque la plaga se ha comido todo, en cuatro meses la libra de frijoles estará en 20, 30 pesos. Va a pasar, eso ya lo puedes apuntar”.

 

Para decirlo rápido, la situación no resulta esencialmente nueva. De acuerdo con Armando Nova, profesor e investigador del Centro de Estudios de la Economía Cubana, las fuerzas productivas en el sector agropecuario aún se encuentran detenidas, y se requiere adoptar nuevas y más estimulantes medidas, bajo un enfoque sistémico, con vistas a reactivar esas fuerzas productivas.

 

La agricultura es la rama de menor productividad, lo cual influye en el conjunto de la economía. A finales los años ochenta, la actividad agrícola aportaba menos del 10 por ciento del PIB nacional, aunque empleaba más de 20 por ciento de la población económicamente activa. A juicio de Nova, esta constituye una deformación estructural de la economía cubana que se convierte en obstáculo permanente a su desarrollo.

 

“Cuando dejas el precio por debajo de lo que se podría poner, la gente se queja igual, porque sigue caro -confiesa el carretillero-. Yo los entiendo, a mí ya me daba pena vender. El que vive de su salario es el más embarcado; si yo viviera de un salario, cuando me gradúe, no puedo comprar una libra de tomate a 10 pesos, porque ni así da la cuenta”.

 

David tiene 21 años y es estudiante de la Facultad de Economía de la Universidad de La Habana. Mientras las aguas toman su nivel, sigue con los libros y las libretas, pues en estos días son las pruebas del final de semestre. Entre semana su abuelo vende en el pueblo, y cuando él regresa los viernes o sábados, hace la parte que le toca.

 

(*) Las TRD gravan hasta un 240 % de los precios de los productos.