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Cuba: Los peores enemigos de Raúl

 

Los peores enemigos de Raúl y de los cambios, de la mano con la derecha maiamera, están en Cuba: se trata de los explotadores encubiertos de hoy y aspirantes a déspotas desembozados de mañana

 

Orlando Pérez Zulia, Cuba 

      

El Presidente Raúl Castro ha emprendido una tarea ciclópea para enrumbar a la sociedad cubana por los trillos de la eficiencia y desembocar en un estado mínimo de bienestar, siempre prometido a nuestro pueblo pero reiteradamente postergado. Su discurso en la clausura de la sesión de la Asamblea Nacional del Poder Popular del 18 de diciembre de 2010, impresiona por su claridad y contundencia autocrítica. Solo un genuino afán por salir del aletargamiento improductivo y el devastador voluntarismo en que se ha visto sumido el país puede explicar que, incluso al precio de durísimas medidas y de nítidos reconocimientos de la ineficiencia prevaleciente durante decenios, haya expresado ideas como las que allí figuran. En particular, la de reclamar “un debate sin ataduras a dogmas”, los cuales “constituyen una barrera psicológica colosal, que es imprescindible desmontar”, para luego advertir que llevábamos mucho tiempo al borde del abismo y que disponíamos de una “última oportunidad” para no despeñarnos.

 

Para nosotros, los revolucionarios cubanos, tal ejercicio de realismo, acompañado de un dramático llamado a que los dirigentes dejen de mentir y simular, de proclamar éxitos inexistentes y de reprimir las voces disonantes, entraña un compromiso de dimensión histórica.

 

Si algo resulta medular en medio de una encrucijada de esta naturaleza, cuando se nos convoca a una batalla real y penosa,   es no equivocarnos de enemigo. La derecha de Miami, sus cómplices de cualquier parte y sus patrones del imperio ocupan y ocuparán un lugar privilegiado en las filas de quienes quisieran ver el fracaso de ese proyecto. Eso está fuera de toda duda.

 

Los llamados “disidentes” internos, sin embargo, constituyen un sector heterogéneo que incluye desde patéticos buscavidas hasta sinceros adversarios. A mi juicio es erróneo y hasta estúpido homologarlos a todos, con lo cual –de paso- a muchos de ellos se les confiere una estatura que no tienen, mientras que a otros se les rebaja injustamente a la condición de marionetas sin cerebro. También es disparatado el silogismo que establece que si alguien critica al gobierno sin eufemismos, entonces es necesariamente un mercenario sin valores.  Con esa técnica de buldócer, con esa prepotencia, no vamos a ninguna parte; o peor, vamos más rápido hacia el descalabro que queremos evitar.

 

Nada puede encumbrar más a Yoani Sánchez, por ejemplo, que prohibirle que salga de nuestro país a mostrar la chatura de sus análisis. La catadura de personas como ella, intoxicadas por su propia necesidad patológica de criticarlo todo amargamente, se aprecia claramente por cualquiera que examine con rigor sus posiciones. ¿Es mentira todo lo que dice? No, ni mucho menos. ¿Dice toda la verdad? Desde luego no; bien se cuida de hacerlo, además de que iría contra su propia esencia megalómana y destructiva.  Especialista para hurgar en la basura, se ocupa de hallar y difundir solo lo que huela mal. No tenemos por qué temer a sus verdades, que hasta pueden ser valiosas en algunos puntos. Pero sobre todo, no tenemos por qué dejarnos manipular por la obsesión malsana de un ser menor -y ella lo es desde cualquier ángulo que se le mire- que disfruta con cada dificultad o deficiencia que “descubre”, y cuya celebridad solo sobrevive en la medida que nosotros mismos la alimentamos. Cuanto más se le hostigue, más se creerá ella misma que es un personaje; y más la utilizarán quienes la premian. Yo considero enemigos mucho más peligrosos a quienes hacen todo lo posible para que ostente un rango que nunca tendría por sí misma.   Son esos obtusos y grises funcionarios quienes le dan un crédito sobredimensionado al ponerle un absurdo e inoperante cerco. Granma le acaba de destinar un artículo casi por entero (22 de marzo, 2011): debe estar eufórica.

 

¿Son acaso amenazadores enemigos los sujetos que han permanecido o permanecen encarcelados por delitos más bien borrosos   y muchas veces circunscritos a expresar ideas diferentes, aunque algunos lo hayan hecho genuflexamente en medios periodísticos extranjeros? ¿Lo son los que hacen eso mismo sin haber sido encarcelados por ello? A mi juicio estos adversarios no entrañan un peligro significativo, ni por asomo.   No debe reprimírseles con base en su presunta peligrosidad sino evitar que se tornen publicitariamente peligrosos precisamente cuando y porque se les reprime. La unilateral liberación gradual que han estado recibiendo ha venido a demostrarlo.

 

El descontento que muchos tenemos con el estado de cosas –empezando por Raúl- no se debe a que tales sujetos nos hayan esclarecido, sino a los serios errores que dan lugar a la precariedad prevaleciente y sus secuelas: la corrupción y las prohibiciones absurdas y ubicuas, hijas ambas de la palmaria incapacidad de los métodos aplicados hasta ahora para producir confianza y prosperidad. Si tales realidades las admite con entereza el Presidente, ¿por qué perder tiempo y prestigio vituperando a otros que las señalen? Algunos de ellos, lo sabemos, en realidad desearían perpetuarlas hasta que la sociedad colapse. Allá ellos con su vileza. El pueblo no es tonto y sabrá caracterizarlos. Otros, también silenciados y menospreciados, son ciudadanos íntegros; algunos, incluso, militantes del Partido Comunista. Nada más irracional y contraproducente que arremeter ciegamente contra quienes disienten, sean quienes sean, por el solo hecho de que lo hacen. 

 

Ahora bien, los enemigos más temibles, junto con la mafia miamera y en tácita connivencia con ella, los tenemos aquí. Nadie los inmoviliza ni acosa. No, al menos, hasta que delinquen de manera inocultable y flagrante.

 

Me refiero a un grupo corrompido de funcionarios, personajes intocables en atención a supuestos o reales méritos pretéritos, gerentes de empresas y militares reconvertidos en negociantes. Sabemos que, afortunadamente, no todos los que ostentan tales cargos son corruptos e hipócritas. Pero también sabemos que no pocos de ellos no solo se enriquecen desfachatadamente, sino que miran con terror la posibilidad de perder las prebendas con las que se han estado equipando para acabar de repartirse la patria. Hablo de un enjambre de sujetos, no todos tan notables como los hijos de Acevedo, de Guillermo García, de Maciques, de Lusson o de Torralba, varias veces mencionados en Kaosenlared, sino también a muchos otros que supieron colocarse en posiciones ventajosas en las famosas “firmas” y ni siquiera se ruborizan por su codicia ni por vivir MUY por encima de las dificultades que padece el pueblo, aunque hacen todo lo posible por ocultarlo.

 

El presidente solicitó que nadie temiera “buscarse problemas por enfrentar lo mal hecho, porque buscarse problemas es en estos momentos una de nuestras tareas principales para superar todas esas deficiencias que hemos mencionado”. Pero las individuos mencionados nunca criticarán nada ni arriesgarán lo más mínimo; su estrategia consiste en aplaudir mientras entorpecen sibilinamente todo aquello que no convenga a sus torvos intereses. Identifíquese a un empresario que no haya expresado jamás una idea políticamente creativa o una observación crítica a una política vigente, y hallarán a uno de los que, cuando intuyen que pudieran pedírseles cuentas por sus desmanes, no dudan en buscar cobijo en Estados Unidos. De momento, tales especímenes pueden estar tranquilos. Su desenmascaramiento es un pequeño riesgo lateral, no estructurado dentro del sistema: ningún lineamiento, ningún discurso -ni siquiera el de Raúl, aunque éste al menos insinúa su existencia- ningún neobloguero oficialista (quienes, de paso, sería bueno que superaran su habitual costumbre de eludir asuntos “conflictivos” como el que aquí se aborda), ninguna mesa redonda, ningún artículo de Granma, convoca a hacerlo. Si alguien osa señalarlos, entonces sí se movilizarán para aniquilarlo a tiempo y sin piedad.

 

Es fácil entender que ni el Nuevo Herald ni Yoani denuncien por sus nombres a los nuevos ricos que, al final, son sus aliados. Lo que cuesta trabajo es entender por qué no se investiga el origen de los bienes de quienes manejan mansiones, carros, viajes, empresas en Cuba y el extranjero, paladares, casas en la playa, aires acondicionados, alimentos y licores sofisticados. Es cierto que son hábiles para evitar que tales expresiones de su corrupción sean demasiado visibles; pero también lo es que tenemos medios y recursos para identificarlos. Empezando por pedir opinión a la gente llana, que bien los conoce. 

 

Mientras no se haga, será difícil sumar a todos los verdaderos revolucionarios a la empresa a que nos convoca el Presidente y de la que depende nuestra supervivencia.  He ahí los peores enemigos internos de Raúl, los peores enemigos de todos nosotros. Son mercenarios implícitos. Son los explotadores encubiertos de hoy y aspirantes a déspotas desembozados de mañana. Son la derecha. Cualquier similitud con lo que pasó en la Europa llamada socialista no es pura coincidencia.