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Cuba: la obsoleta fabricación de “enemigos”

 

Los que revisaron el marxismo, lo convirtieron en unos pocos dogmas y lo usaron para tratar de eternizarse en el poder son recordados solo para tener presente lo que nunca debió ser

 

Pedro Campos

      

Los que revisaron el marxismo, lo convirtieron en unos pocos dogmas y lo usaron para tratar de eternizarse en el poder son recordados solo para tener presente lo que nunca debió ser.

 

Una de las graves consecuencias de la paranoia de los sistemas estalinistas impuestos en nombre del “leninismo” y de la “clase obrera”, que pretendían eternizar poderes burocratizados, fue la fabricación constante de “enemigos” políticos.

 

Aquel socialismo que nunca fue, veía enemigos en todas partes debido a los celos por el poder, al temor permanente de perderlo, a la intolerancia y al sectarismo, y cuando no los encontraban los fabricaban porque los necesitaba para justificar sus políticas represivas y totalitarias y para sostener una burocracia especializada en asuntos de seguridad, que garantizara la supervivencia de unos pocos lideres, creídos la revolución misma.

 

Bastaba que alguien, no importa el nivel de la nomenclatura donde estuviera o fuera un simple ciudadano, expusiera algún criterio que no coincidiera con las posiciones del Gran Jefe o la dirección política, para que automáticamente se le abriera un expediente de “potencial enemigo” y a partir de entonces una jauría de agentes y una cantidad indeterminada de medios técnicos, según la “gravedad del caso”, caían sobre el infeliz a fin de comprobar si “trabajaba para el enemigo y cuáles eran sus planes”.

 

Como solo en pocas ocasiones aparecían el enemigo y sus planes en forma concreta, se concluía que sus acciones “coincidían” con las del enemigo, y como tal había que tratarlo.

 

Y las acciones podían coincidir con las del enemigo por un sin numero de razones, desde criticar políticas oficiales con razón o sin ellas, acercarse por casualidad a alguien de la familia de los integrantes de la alta cúpula y afectar así su “seguridad personal”, por pensar en la posibilidad de irse a vivir a otro país, por hacer “chistes de mal gusto” y cualquier otra cosa que pudiera afectar la “seguridad del estado”, que para la cúpula gobernante era su seguridad personal, porque el estado eran ellos mismos apoltronados allí indefinidamente, dada la ausencia de procesos democráticos y los métodos  blanquistas* de hacer la revolución.

 

Cuando no aparecían indicios concretos que permitieran encausar a los “desafectos peligrosos”, de acuerdo con las manipuladas leyes, era menester “crear el caso” e incitar al “delito político” y entonces se reclutaba a los agentes que se acercaban a los “objetivos” para involucrarlos en planes, contactos y acciones muchas veces indefinidos, o creados por ellos mismos; pero “incuestionablemente ligados a la actividad del enemigo”.

 

Cuando los casos eran “operados”, muchas veces porque los instigadores mismos, contaminaban a los involucrados con el “enemigo”, los agentes hacían de testigos o continuaban el “juego” en la prisión junto a los objetivos para “seguir el caso”, los objetivos eran acusados de actividad enemiga y sentenciados y el “estado obrero-campesino” salía victorioso de una nueva batalla contra los “enemigos del pueblo”.

 

Así se fabricaron muchos enemigos y héroes y a los “potenciales adversarios” quedaba advertido que no habría tregua con ellos, se recogieran al “buen vivir” o podrían seguir el mismo camino. Era una formula barata de engendrar auto-censura y limitar la “oposición”, con el mensaje: “en cualquier parte puede estar un agente de la seguridad del estado”.

 

La fabricación de enemigos entonces se multiplicaba, porque muchos de los que se iban dando cuenta de aquella producción artificial seriada de adversarios, se manifestaban inconformes y si ellos mismos no se autocalificaban de adversarios abiertos de esos métodos, cuando sus pensamientos eran “descubiertos” inmediatamente engrosaban los archivos de los potenciales enemigos, se les abría “expediente”. Así, surgió la necesidad de “crear” aparatos para controlar a los de la Contra Inteligencia.

 

Entre otras razones, aquella de fabricar enemigos contribuyó sobremanera a que los regímenes totalitarios del estalinismo cada vez se fueran aislando mas del pueblo, de los trabajadores y de los propios revolucionarios cada vez más descontentos con la actividad represiva. “Potenciales enemigos” eran todos aquellos que osaran cuestionar al gran poder, aspiraran a cambiar métodos de represión y control o sugirieran modalidades de cambios democráticos.

 

Aquellos órganos represivos nada socialistas, eran verdaderas fábricas de enemigos.

 

Aquellos desastres en las sociedades, que iniciaron procesos políticos hacia el socialismo bajo la férula del estalinismo, fueron propiciados por la ausencia de una auténtica democracia popular participativa y decisoria, con regulaciones y restricciones al uso del poder; la violación de todos los derechos políticos y civiles de los seres humanos reconocidos internacionalmente en nombre de la “seguridad del estado”; la inexistencia de un verdadero estado de derecho; la dependencia de todos los poderes de un único centro todopoderoso absoluto; la facultad suprema para emitir decretos leyes; la ausencia de una sociedad civil capaz de someter el poder a escrutinio constante; la ausencia de las libertades de expresión y reunión;  y todo por garantizar el triunfo y la permanencia de la “revolución socialista”,  que los lideres identificaban con ellos mismos y no con el proceso de democratización y socialización de la vida política, económica y social.

 

Cuando aparecieron los socialistas que criticaban aquello y hablaron indistintamente de democracia, poder para el pueblo y los trabajadores, trabajo libre asociado, respeto a todos los derechos humanos, el estalinismo temió por su poder y en lugar de escuchar sus demandas y asumirlas, trataron de aislarlos  y de convertirlos luego en “agentes enemigos”.

 

Unos  llegaron a ser detenidos o encausados por cualquier violación de la ley o acusados y hasta sentenciados por servir al enemigo, por “traidores”, podridos en las cárceles sin defensa de nadie,  figuras como Trotski y Bujarin fueron sencillamente asesinadas, otros optaron por irse del país o fueron obligados a hacerlo, los menos terminaron dando todas las razones a los enemigos del socialismo, hubo quienes concluyeron sus días en hospitales siquiátricos, con o sin problemas nerviosos y algunos persistieron en sus luchas dentro y fuera del partido, con muchas dificultades, pero sobre el filo permanente de una navaja, con una guillotina cerca.

 

Tales métodos, que fueron usados tanto contra la derecha como contra la izquierda en aquellos regimenes, no tienen cabida en un socialismo participativo y democrático.

 

Este recuento sería incompleto si no incluyera el papel jugado en estos menesteres por los servicios de inteligencia del imperialismo, interesados en destruir todo vestigio de socialismo, fuera de forma directa o indirecta, a través de la penetración o reclutamiento de agentes en los propios sistemas políticos y de seguridad que potenciaban aquellas barbaridades, o por medio de sus políticas agresivas y de cerco en todos los ordenes, estimulantes de la mentalidad de ciudadela sitiada tan conveniente a los intereses hegemonistas, auto-creados o estimulados desde fuera con toda intención destructiva.

 

Por eso Lenin tenía tanta razón cuando señalaba que debajo de la piel de un extremista, se ocultaba un oportunista.

 

Son lecciones que no deben, no pueden ser olvidadas.

 

Al concluir en debacles las experiencias de “socialismo real”, que dieron todas las razones a aquellos socialistas y comunistas apabullados, éstos estaban ya diezmados, abatidos por las luchas tan difíciles, sin fuerzas acumuladas para combatir por unos ideales maltratados por los auto-denominados comunistas y confundidos por las mayorías que ya no confiaban en la palabrita socialismo, otrora mágica barita, que movía multitudes.

 

El rescate socialista parecía casi imposible.

 

Sin embargo, cuando todavía no ha transcurrido un cuarto de este siglo XXI desde aquel desastre y la crisis internacional capitalista arrasa las pocas conquistas que quedaron del movimiento obrero de los siglos XIX y XX, la nueva clase de los trabajadores libremente asociados que ha ido rompiendo con los lazos asalariados que los ataban al capital, -los trabajadores por cuenta propia y los cooperativistas que laboran sobre principios autogestionarios-, van formando ejércitos de millones de trabajadores libres en todo el mundo que a su manera están imponiendo nuevos modos de vida, principios ecologistas, democráticos y racionales en la producción y con nuevas formas de participación ciudadana que recogen las mejores tradiciones de todos los procesos revolucionarios de todas las épocas e integran el desarrollo de las modernas tecnologías informáticas y comunicativas.

 

Los principios y las ideas socialistas de los fundadores siguen vivas y cobran fuerza en los grandes movimientos sociales contra el capitalismo que, en maneras diversas,  incluidas las criticas y movilizaciones por medio de las redes de internet y otras nuevas vías de comunicación, están teniendo lugar en todas partes del mundo y aquellos viejos vicios de fabricar enemigos y sus asociados van quedando sin cabida en las modernizadas concepciones democráticas y socializantes, tolerantes y plurales sobre la nueva sociedad socialista que será con todos y para el bien de todos, como alguna vez soñó y nos legó el más ilustre de todos los cubanos.

 

Los que revisaron el marxismo, lo convirtieron en unos pocos dogmas, y lo usaron para tratar de eternizarse en el poder van quedando sepultados en la Historia. Ya casi nadie los recuerda sino para tener presente lo que nunca debió ser.

 

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*Louis Auguste Blanqui. Revolucionario francés que creía que la revolución socialista triunfaría si era dirigida por una vanguardia profesional que adoptara métodos dictatoriales para consolidarse en el poder