Cubanálisis  El Think-Tank

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Cuba: La Conferencia puede ser la última oportunidad

 

Hay que acabar de hacer la revolución social pendiente.

 

Pedro Campos, Kaos en la Red

        

“...explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo...: el caso es no comprometer la excelsa justicia por los modos equivocados o excesivos de pedirla”

José Martí

 

Grandes fantasmas están recorriendo el mundo: libertad, democracia, justicia social, ecología. Varios pueblos del Medio Oriente derriban gobiernos corruptos, despóticos, feudales. En Grecia renuncia Papandreu, en Italia renuncia Berlusconi, los indignados estremecen España y piden cambios en el sistema político-económico, en Portugal los militares protestan por recortes a sus salarios. El Euro enfrenta dura prueba y el control de los bancos es cuestionado en todas partes. En EE.UU. desempleados, estudiantes y trabajadores ocupan Wall Street, en Colombia los estudiantes toman prácticamente Bogotá, en Chile están en las calles. En Bolivia miles de indígenas marchan sobre la capital y logran impedir proyectos que afectarían la Pacha Mama. Los proyectos de desarrollo nuclear en Irán aterrorizan a Israel, el gran aliado norteamericano en Medio Oriente y la amenaza de un conflicto bélico, muy peligroso para toda la humanidad, es latente.

 

El imperialismo, en su afán por sacar provecho de todo lo que pasa en el planeta, hace barbaridades como las de Libia.

 

El mundo está convulso y Cuba vive una complicada situación económica y política.

 

Ya se ha reiterado: la revolución política del 59, cambió las fuerzas y figuras en el gobierno y estatizó toda la propiedad, pero no la socializó, ni cambió la organización asalariada del trabajo que tipifica el capitalismo. Del capitalismo privado, pasamos a un capitalismo monopolista estatal y correspondientemente a esa base económica, se estableció un orden político centralizado. Aquella revolución, allí se estancó y no avanzó en la revolución social, nunca realizó los cambios democráticos y socializantes necesarios en la forma de producir y convivir.

 

Los déficits libertarios, democráticos y socializantes del modelo estatalista, su inherente corrupción extendida, son reconocidos en buena medida por el propio partido/gobierno; pero las soluciones que aporta no van a las causas sistémicas. Ni el proceso de socialización y democratización del poder económico y político y ni siquiera las tímidas reformas de la “actualización” pueden avanzar claramente por las muchas trabas burocráticas y monopólicas. El Presidente se ha quejado públicamente; pero ahí siguen y hasta se amplían.

 

Algunos no pueden o no quieren percatarse, del descontento existente y de la imperiosa necesidad de cambios esenciales en el sistema económico y en la forma de gobierno.

 

Dadas estas circunstancias nacionales e internacionales, si no hay una clara evolución hacia un socialismo más participativo y democrático, ante el pueblo cubano se abriría claramente la perspectiva de una nueva revolución política.

 

Que en Cuba tengamos otra revolución política, no depende de los deseos de alguien, sino del desarrollo de los acontecimientos, de varios factores, incluso casuales; pero entre los previsibles-importantes estarían la disposición de los que detentan el poder para evolucionar y   llevar adelante los cambios democráticos y socializantes que demandan la situación, el impacto de las transformaciones que se implementen en el ánimo de los trabajadores y del pueblo, la capacidad de éste para articular un nuevo consenso social y su auto-valoración de sus  posibilidades reales de alcanzarlo. Puede haber otros.

 

La multi-millonaria ayuda soviética mantenía al modelo estatal-parásito. La que hoy recibe de Venezuela no le alcanza y no está muy claro, si en el futuro cercano podrá mantenerse. Deja su parasitismo, que no puede ser ahora a costa del pueblo, o se va por el abismo, según la parábola de moda.

 

Tratando de evitar el colapso, el nuevo gobierno de Raúl Castro, ha iniciado un lento movimiento a partir de modificaciones, que el partido/gobierno llama “actualización”.

 

Pero la “actualización”, no cambia las bases del esquema, mantiene como fundamental la organización asalariada del trabajo para el estado, y concentrados, centralizados y monopolizados en el aparato central burocrático estatal, los resultados de la producción y las decisiones económicas y políticas que a todos atañen; pero añade la introducción de nuevas contribuciones al estado, más controles económicos a los cuentapropistas, mayor fiscalización bancaria sobre el dinero de la población y medidas que tienden a limitar su papel distributivo benefactor, reducir empleos y  cortes en la seguridad social. Todo eso que provoca indignación por doquier.

 

El estado enfatiza su carácter controlador y recaudador de las finanzas y los recursos, al tiempo que trata de desentenderse de sus compromisos sociales.

 

Se queda con lo peor del “socialismo de estado” y suma lo peor del capitalismo neoliberal.

 

Esto no puede conducir a ningún buen lado.

 

No es como dicen algunos de nuestro críticos, que estamos lanzados contra las medidas reformistas del nuevo gobierno, es que el grueso de las medidas es inconsecuente con el socialismo y hasta con sus propósitos enunciados. Y no vamos a esperar a que el enemigo imperialista o la oposición lo digan y se aprovechen. Hay que denunciar revolucionariamente ese rumbo, para cambiarlo. Raúl pide opiniones. Las damos dónde y cuándo podemos. Pero se nos ataca por tratar de ayudar a salir de la situación con criterios sinceros, comprometidos y desde dentro.

 

Los pasos anunciadas para compensar el abandono paulatino del papel paternalista del estado: descentralización, autonomía de las empresas, aflojamiento de las restricciones al trabajo por cuenta propia, el cooperativismo que espera por una ley y la eliminación de muchas absurdas disposiciones, se realizan a cuentagotas, desde una visión estado-céntrica, y manteniendo muchas limitaciones, impuestos y regulaciones monopólicas que están obstaculizando su aplicación y desenvolvimiento.

 

De la doble moneda, que succiona los ahorros y las remesas del pueblo, devalúa el trabajo de los obreros cubanos y sirve para mantener el aparato burocrático, sus prebendas y corrupciones más/menos autorizadas, nadie quiere hablar. No hay, que se conozca, ningún plan concreto para eliminarla.

 

La consecuente implementación de la filosofía desestatalizadora enunciada con la “actualización”, que en la práctica está resultando lo contrario, rompería el estancamiento actual al que ha llevado la burocracia anquilosada y neoestalinista; pero la prioridad que otorga al desarrollo del capital estatal y privado, sobre la libre asociación de los productores, esencia económico-social de la organización de la producción en el socialismo, tiende a inclinar el modelo en dirección a un capitalismo mixto estatal/privado.

 

La parte económica de la “actualización”, concretada en los lineamientos del VI Congreso, acaba de quedar completada en su parte política, con el “documento base” de la Primera Conferencia del PCC que, en esencia, sujeta al estado y al partido a los principios “leninistas”, o sea, la interpretación totalitaria, sesgada y dogmática de Stalin sobre la visión general de Lenin  respecto a la revolución socialista, expuesta en su recopilación de artículos “Cuestiones del Leninismo” y que trató de generalizar a todo el movimiento revolucionario mundial.

 

En consecuencia, la “actualización”, parece ser una variante criolla del modelo chino: economía capitalista, con participación del estado en esferas importantes, predominio paulatino del capital privado nacional y extranjero y control político absoluto del partido “comunista”.

 

Capitalismo estatal más capitalismo privado, suma capitalismo. Pero si le agregamos capitalismo extranjero en el caso de Cuba y, como aspiran muchos burócratas, con el ansiado levantamiento del bloqueo, ese capital proviniera de EE.UU., lo cual pudiera ser una realidad en una segunda administración Obama, pues entonces tendríamos como resultado de la ecuación, un tipo de anexión real o virtual, si, como esperan algunos, este “modelo” (¿?) encontrara cómo mantenerse par de años más y no hubiera otros acontecimientos determinantes en el ámbito nacional e internacional.

 

Concretado el “abrazo de la muerte”, la extrema derecha tendría que agradecer, el haber alcanzado sus propósitos, a los economistas que diseñaron la “actualización” y a los políticos que la aprobaron e impulsaron.

 

Si Cuba desea seguir siendo un país independiente, económica y políticamente hablando, tendrá que ser socialista en sentido marxista, no en sentido figurado. Nunca olvido aquella frase de mi amiga y camarada Celia Hart: “Cuba es socialista, o no es”.

 

De manera que todos los que  proclaman su intención de hacer el socialismo en Cuba, y de mantener un país libre, independiente y democrático, deberían saber que tienen dos escasos años, antes de que nos pongamos voluntariamente en el pico del águila imperial, para que nos engulla, atraída por los campos de golf, las marinas, la “Zona Especial” del Mariel, el petróleo expuesto al mejor postor, otras posibilidades de inversión y las políticas ventajistas-entreguistas de una burocracia que pierde, por días, la vergüenza revolucionaria.

 

Pero dada nuestra historia, tal desvarío, al que conduciría la variante criolla del modelo chino, no parece posible. Existen muchas diferencias entre China y Cuba, explicadas en otros artículos y por otros compañeros.

 

No obstante sería conveniente refrescar algunas: No tenemos la cultura ni la idiosincrasia de China, ni su población, si su territorio, ni sus recursos naturales, ni estamos en el otro extremo del planeta, sino al lado del centro mundial del imperialismo, el gigante histórico aspirante a anexionarse nuestra pequeña isla, al que siempre nos han unido multitud de vínculos. La nacionalidad cubana es una y muy fuerte, mientras los chinos son un conjunto de nacionalidades, dialectos y etnias, más fácil de dividir.

 

El rechazo de los cubanos al imperialismo, y especialmente al imperialismo norteamericano,   hace muy difícil aquí reintroducir el capital del Norte en amplia escala; no así sus productos.

 

Las historias de China y Cuba, como naciones son muy distintas, como lo son los antecedentes del capitalismo privado en cada país. Un aspecto muy importante: cuando China torció el camino a fines de los 70, no existía la experiencia socialista reciente, que nosotros podemos aprovechar si la entendemos en su dialéctica complejidad y si somos capaces de encontrar las vías para salir satisfactoriamente del entuerto estatalista.

 

La mayor diferencia que puede apreciarse es que el desarrollo particular del capitalismo en Cuba, históricamente vinculado a la esclavitud y, ya en el último medio siglo a las experiencias laborales, sociales y políticas de muchos cubanos, dentro y fuera del país, ha generado en nosotros un sentimiento muy fuerte contrario a la explotación, a la sumisión, a la dominación, a trabajar para otros: los cubanos preferimos trabajar para nosotros mismos y nuestras familias, lo cual nos hace autogestionarios, por principio, algo que no está tan enraizado en la conciencia social china de carácter cuasi-feudal.

 

Por eso los cubanos, mayoritariamente, hemos acogido con satisfacción las medidas, aunque insuficientes y limitadas de la “actualización”, relacionadas con una mayor apertura al trabajo por cuenta propia, esperamos ansiosamente una ley de cooperativas y abogamos por una verdadera descentralización económica y una mayor participación directa de los trabajadores en las decisiones y en las utilidades de las empresas.

 

Sin embargo las muchas restricciones monopólicas estatales, obstaculizan el desarrollo de las medidas económicas descentralizadoras y verdaderamente socializantes, lo que unido a la reiteración del sistema político burocrático, impiden el avance consecuente en dirección a la necesaria socialización y democratización del poder económico y político, esencia de la revolución social socialista.

 

Baste señalar que el trabajo por cuenta propia está limitado a un grupo de actividades que excluyen a la mayoría de las profesiones del país y está constreñido por la actual ley impositiva, y por las otras leyes monopólicas del estado sobre el mercado interno y externo y por la ausencia de una política de créditos.   La inexistencia de una ley sobre cooperativas para la industria y los servicios, habla por sí sola.

 

No existe, tampoco, una ley que garantice la propiedad privada de los pequeños productores, ni la propiedad cooperativa, ante eventuales desmanes de los aparatos estatales, ni se acaba de concretar la municipalización de los poderes, en particular sobre la economía local.

 

Si no somos capaces de imponer una evolución democratizadora y socializante de las actuales estructuras, medios y sistemas de producción, distribución y consumo, de participación de los trabajadores y del pueblo en los presupuestos y en las decisiones que los afectan directamente, la crisis política del modelo estadocéntrico se seguirá acentuando y entonces llegará un momento en el que se abrirán las puertas a esa revolución política. En dependencia de las fuerzas que la capitalicen, apuntará al capitalismo privado –quien sabe cuán bárbaro- o a la verdadera socialización.

 

De iniciarse esa revolución, si los de abajo deciden no seguir soportando más a los de arriba, porque tales no sean capaces de hacer lo que desean los de abajo, no importa que el actual partido/gobierno prepare fuerzas represivas para tratar de impedirla. Esas mismas fuerzas se pondrán al lado del pueblo, porque aquí un aplastamiento popular como el de   Tiananmen es impensable, dada la naturaleza de nuestras fuerzas armadas y porque todos saben que el imperialismo no perdería esa oportunidad para acabar con “esto”. Bueno, locos hay.

 

Hacer otra revolución política, en la Cuba de hoy, tiene otro peligro, aparte del asecho imperialista: el rechazo popular al “socialismo” -que nunca fue- puede llevar el péndulo político al otro extremo. Lo sabemos todos. Por eso los enemigos del socialismo se contentan con el fracaso que augura la limitada y obstaculizada “actualización”, que poco socialismo aporta.

 

Para no correr tan graves riesgos, es preferible la evolución.

 

Muchos revolucionarios y comunistas cubanos, venimos hace muchos años tratando de empujar esa evolución del “socialismo de estado”, hacia un socialismo más participativo y más democrático, desde dentro y fuera del gobierno/partido.

 

Que haya esa evolución, eso queremos, como Silvio. Rechazamos la violencia. Ya hicimos una revolución política, la del 59, que ha costado mucha sangre, sudor y lágrimas mantener. Profundicémosla, democratizando el poder político que se le debe al pueblo y socializando los medios de producción que concentró el estado.

 

No dejemos que unos cuantos obcecados, desviados por los vicios, egos y ánimos de lucro que engendra el poder, nos arrebaten la revolución, que es de todos los cubanos y no de nadie en particular y la destruyan.

 

En el 59 triunfó la revolución política; pero hay que hacer la revolución social pendiente, pasar del capitalismo monopolista de estado al socialismo participativo y democrático, para que no haga falta otra revolución política. Se puede, si el poder establecido fuera capaz de abandonar sus prejuicios y dogmas, su mentalidad obsoleta, su apego al poder y se decidiera a compartirlo con el pueblo y los trabajadores y a avanzar en las fases democrática y socializadora del proceso revolucionario.

 

Si al pueblo no queda otra opción que la revolución política, no culpen a los revoltosos, a los inconformes, a los desposeídos, a los revolucionarios, a los que decidan cambiar el gobierno a como dé lugar. Los únicos culpables serán los que desde el estado/partido hayan impedido la evolución socialista imponiendo su inmovilismo contrarrevolucionario.

 

Vivimos, como bien dijo el Presidente ecuatoriano Rafael Correa, no una época de cambios, sino en un cambio de época, de paradigmas. Hoy soplan vientos anticapitalistas y democratizadores, muy fuertes, desde y hacia todos los puntos cardinales y Cuba está en el crucero del mundo.

 

Pronto, los revolucionarios cubanos podríamos enfrentar el dilema de asumir una nueva revolución política, porque las fuerzas retardatarias hayan hecho imposible la evolución de la burocratizada y estancada. La Conferencia puede ser la última oportunidad.