Cubanálisis  El Think-Tank

                                          RAZONES Y PERCEPCIONES DESDE LAS POSICIONES CASTRISTAS:

                                                                SUS AUTORES, SUS PROPIAS PALABRAS

 

 

Contra todos los sectarismos

 

Cohesionar las corrientes socialistas, democráticas y antiimperialistas, a favor de un programa socialista consensuado, que rescate los originales contenidos democráticos y libertarios del 59

 

Pedro Campos

 

Es nefasta tradición en la izquierda tratar de imponerse, desacreditar y excluir a otros que no concuerden con las ideas que se defienden. Es el sectarismo: el error de siempre. El de creerse con toda la razón y negarla completamente a quienes no comparten un punto de vista o simplemente tienen diferencias tácticas que las disparidades de experiencias alientan.

 

No hay que mencionar a nadie en particular. No hay que entrar en polémica personal que las más de las veces terminan en estériles peleas irreconciliables, aunque se tengan más coincidencias que desacuerdos, como aquella sostenida entre Marx y Bakunin, que tanto daño ha hecho al socialismo. La batalla es de ideas, no de personas. No hay que agredir a nadie. Los que insisten en personalizar la crítica no parten de posiciones constructivas para la solución de los problemas, sino que buscan complicarlos.

 

Cuando todavía no se ha podido estructurar la nueva sociedad socialista, libre y democrática con la que sueñan muchos revolucionarios desde hace varios siglos, nadie tiene derecho a pretenderse el dueño absoluto de verdades que están por demostrar en la práctica, ni mucho menos aspirar a exclusivos procedimientos y enfoques en la política concreta, que no es lo mismo que la ideología.

 

Se pueden compartir principios ideológicos básicos y pensar en políticas, acciones y tácticas distintas para situaciones similares. Sobre todo si los análisis se hacen desde realidades geográficas o cronológicas diferentes, desde experiencias disímiles. Pero pretender imponer una posición o tratar de ignorar otras, de origen igualmente revolucionario, es sectarismo simple y llano. Y todos los sectarismos deben ser rechazados.

 

También lo es pretender destruir al discrepante, cuando no es una clara incitación al error o actividad contrarrevolucionaria encubierta en el peor de los casos. A veces nunca se sabe. Aunque por falta de información, no deba asumirse lo más grave.

 

Al aparecer en el horizonte la posibilidad de concretar la sociedad a que aspiran todos los verdaderos socialistas, como ha ocurrido en Cuba desde el triunfo de la revolución de 1959, aún con todos los defectos y errores del proceso y de las acciones de sus líderes, no se trata de imponerle al decursar de los acontecimientos, esquemas ni imaginarios de nadie o de grupos, sino de ayudar con la crítica sana y comprometida al constructo de todos, por y para el bien de todos.

 

¿Que esa ayuda es rechazada y no se quiere oír, que se obstaculiza la difusión de ideas, que sus promotores son hostigados? Está ocurriendo. Pero eso no puede cansarnos ni llevarnos a un enfrentamiento. Siempre entre los revolucionarios discrepantes han existido los que se reconciliaron con las fuerzas predominantes. Los que se decidieron por la confrontación abierta entre revolucionarios y se equivocaron de táctica. Los que prefirieron abandonar su país o se fueron a seguir la lucha en otros. Los que optaron por enfrentar la compleja realidad política desde sus entrañas y colaborar críticamente, corriendo todos los riesgos.

 

Algo sí ha quedado demostrado en todas las experiencias revolucionarias hasta el presente: la división, el sectarismo, el irrespeto a los demás revolucionarios, la falta de diálogo, las acciones nebulosas y entretelones, la ausencia de transparencia en las posiciones, las alusiones “ad-hominen”, las injurias y otras actitudes afines, han estado siempre entre los factores que han llevado al fracaso a los procesos revolucionarios y socialistas intentados.

 

Y desde luego no se está defendiendo la “unidad sin principios”, la falsa unanimidad que trata de esconder la diversidad del pensamiento revolucionario y sacralizar un ideario único. No se trata de poner una mejilla y la otra después. Se trata de luchar porque convivan en ambiente abierto y democrático –desde el respeto- todas las diferentes formas de pensar la revolución y el socialismo, de cuyo intercambio salga una línea política resultante, sin imposiciones, que no todos tengan que aprobar completamente, ni que lo consensuado tenga que coincidir en todo con cada una de las aspiraciones de todos los revolucionarios, pero sí que satisfaga la mayoría de los anhelos de todos. Son diversos los intereses. ¿Qué es difícil, muchas veces amargo?... Se sabe.

 

Pero no; siempre han existido los extremistas y sectarios de diverso signo que aspiran ellos a “imponer” -verbo que el marxismo revolucionario rechaza por principio- su modo y manera de hacer y proyectar las cosas, desestimando y hasta agrediendo otras posiciones que podamos no acompañar, pero que parten de quienes han demostrado su honestidad y han expuesto sus pellejos por defender los intereses de las mayorías.

 

Lo he planteado otras veces y ahora que quede más claro: Sí, aspiro a que seamos capaces de entablar ese diálogo entre todos los que desean una sociedad socialista, democrática, mejor, sin exclusión. Ninguna exclusión. Los que han creído poder lograrlo desde la estrechez, no han ganado una sola posición para el socialismo.

 

En sus inicios el Movimiento 26 de Julio no era sectario, no podía serlo por sus objetivos democráticos y libertarios y por su composición social de la que brotaba un crisol de ideologías, había desde defensores de la ideología burguesa diversa, terrateniente, pasando por los antiimperialistas hasta los liberales y toda la gama de izquierda hasta sus extremas. La radicalización de la revolución en el poder y su decantación desde los primeros meses, hasta la integración del PCC llevó a que muchas de aquellas corrientes se apartaran, otras desertaran o fueran combatidas sectariamente.

 

La evolución posterior se conoce: la excesiva centralización económica y de las decisiones políticas –no se sabe bien quien llevaba de la mano a quien- condujo al Partido único, donde la democracia ha ido cediendo todo terreno al centralismo, la dirección colectiva  se quedó en una intención que no se refleja en reuniones sistemáticas de sus órganos para discutir y tomar acuerdos sobre tácticas y estrategias y las políticas de tipo militar de ordeno y mando han ido primando: caldo de cultivo, para desviaciones tan o más nefastas que el sectarismo: nepotismos, amiguismo, clientelismo, arribismo, corrupción y otras.

 

Raúl Castro, no por gusto, ha hablado sobre el Partido más democrático, la diversidad y la dirección colectiva. Lo dijo, aunque algunos crean que solo hizo para contentar a los disconformes.

 

Hoy en Cuba existe una amplia corriente socialista radical dentro y fuera del PCC que aspira a que salgamos del estancamiento actual a partir de la superación del actual estatalismo burocrático autoritario, que incluye a  comunistas, socialistas, trotskistas, guevaristas, marxistas, gramscianos, guiteristas, anarquistas, anarcosindicalistas, martianos, autogestionarios,  libre pensadores, santeros, cristianos, religiosos de otras varias denominaciones, libertarios, homosexuales, pacifistas, demócratas radicales, eco-ambientalistas, antirracistas, municipalistas, nacionalistas, internacionalistas y otros, defensores en general de una amplia diversidad política y socio-cultural, entre todos los cuales hay jóvenes y viejos revolucionarios.

 

Pero esa corriente, por sí sola no puede lograr sus anhelos. Lo revolucionario hoy en Cuba, parece ser, el tratar de cohesionar a toda esa gente, teniendo en cuenta sus diferencias,   con otras fuerzas democráticas y antiimperialistas, a favor de un programa de orientación socialista, consensuado que cuente con el apoyo de quienes en la dirección del gobierno-partido-estado están verdaderamente dispuestos a cambiar todo lo que debe ser cambiado, que sea capaz de rescatar y alentar los originales contenidos democráticos y libertarios pendientes por alcanzar y que lograron el amplio consenso de 1959. Si de la dirección actual, no se lograra una voluntad política expresa hacia la socialización, las opciones estarían a favor de la restauración capitalista. Pero sería igual de sectario, tratar de excluir a los sectarios gobernantes.

 

Y si bien es claro que existe un grupo, tendencia o ala corrupta en la burocracia interesada en secuestrar la revolución y buscar su salvación en la alianza con el capital internacional con el cual está dispuesta a compartir la explotación del “capital humano” cubano, a nuestros trabajadores, técnicos y profesionales formados por la Revolución; no puede identificarse a toda la dirección, ni a toda la burocracia con esas intenciones. Los que no conocen de cerca nuestro proceso revolucionario, pueden equivocarse en esa apreciación. Los que lo hemos vivido intensamente, sabemos que no es así.

 

No es el estado en sí mismo, el principal obstáculo al socialismo en Cuba hoy,  ni, desde luego, alguna de las figuras de ese estado, sino la mentalidad inmovilista burocrática y estado-céntrica que todavía existe en algunos compañeros. Esa mentalidad es la que hay que remover: un determinado grupo de concepciones sobre sociedad, relaciones de producción, partido, estado, gobierno, libertad, democracia, derechos humanos y otros.

 

Los que creen que “muerto el perro se acabó la rabia”, olvidan que la rabia está dispersa en muchos animales y en el ambiente y que según esa vía de solución habría que matar a muchos perros y animales. No hay que matar los perros, hay que vacunarlos y curarlos. Murieron Marx, Stalin y Bakunin y Trotsky fue asesinado, pero no murieron el marxismo, el estalinismo, el anarquismo, ni el trotskismo.

 

El sectarismo en el seno de la izquierda ha llevado al fracaso a los procesos revolucionarios de la mano de un pensamiento que ha terminado imponiéndose antidemocráticamente y casi siempre por la fuerza, a costa de otras tendencias de izquierda que, a la larga han resurgido.

 

En ocasiones esa resurrección puede venir preñada de sectarismo en algún que otro representante que, desgraciadamente, a veces parece más interesado en la venganza por los sucesos de antaño, que en ayudar a los trabajadores a encontrar el camino de la desalienación. Y desde luego los hay, les respeto, que olvidando rencores y viejos castigos, ponen por delante los intereses generales del movimiento revolucionario, sin renunciar a sus principios.

 

El dogmatismo no es privativo del estalinismo. Los inveterados sectarios de todos los signos se comportan como si no quisieran aprender de sus propios errores y quisieran reproducir mecánicamente las viejas contradicciones, o trasplantarnos fenómenos parecidos; pero desiguales, ocurridos en otros tiempos y latitudes. ¡Cuidado con analogías simplistas!

 

Quien no sea capaz de aceptar la existencia de otras concepciones, de otras maneras de procurar los mismos fines, o parecidos, incluso con capacidad para perdonar, -no hay que ser dios para perdonar al prójimo-, a quienes han cometido errores y están dispuestos a rectificarlos, estaría, sin saberlo, sirviendo a la causa del divisionismo, y a la larga a la de quienes no quieren dejar vestigio en Cuba de lo que se ha hecho en este medio siglo.

 

Es verdad que históricamente en el siglo XX, las corrientes centralizadoras estalinistas han hegemonizado los procesos revolucionarios y han atacado despiadadamente a otras fuerzas de la izquierda, hasta el asesinato: fundamentalmente a socialdemócratas, trotskistas y anarquistas diversos. Pero si la actitud de esas tendencias es asumir la oposición a toda costa y a todo costo, solo estarían reproduciendo sus fantasmas,   promoviendo el fortalecimiento del hegemonismo tradicional y se estaría postergando el avance socialista.

 

La acción pacífica y paciente, abierta de las corrientes originalmente minoritarias, es la única vía de hacer comprender a los demás la necesidad del entendimiento entre los revolucionarios. Si la respuesta a los golpes bajos o sanguinarios es de igual carácter, no habría arreglo y el “toma y daca” y el “ojo por ojo, diente por diente”, nos llevaría a interminables peleas a lo montescos-capuletos.

 

Se sabe: la fuerza vence, pero no convence y a la larga la razón se impone. Quien no confíe en sus razones y pretenda imponerse por las armas a los demás revolucionarios en vez de ganar en la batalla de ideas, más tarde o más temprano, las pierde todas.

 

El sectarismos de signo diverso no solo fue culpable, en gran parte, de la debacle del ex “campo socialista”   y la URSS, fue también el responsable de la división del movimiento revolucionario y democrático  antes y después de la 1ra y de la 2da Guerras Mundiales. Fue componente básico de la división del movimiento revolucionario y democrático en América Latina en los 60-80; y hoy, en este nuevo siglo XXI, sigue haciendo estragos en el seno de la Revolución Cubana, en Venezuela, en Ecuador, en México y en el resto del movimiento revolucionario y democrático en América Latina y en el resto del mundo.

 

Detrás del sectarismo puede estar la mano abierta o encubierta del enemigo imperialista que siempre ha jugado a la división de la izquierda y a su enfrentamiento interno por cuestiones tácticas y de personalismos hegemónicos. No se está acusando a nadie que practique el sectarismo de ser “agente enemigo”, pero objetivamente puede estar siendo objeto de sus manipulaciones mediáticas y desinformativas, de sus “operaciones psicológicas” de distracción y desviación para confundir, desinformar a los revolucionarios y buscar que nuestras discusiones nos lleven a enfrentamientos de otros tipos. “Divide y vencerás”.

 

Cuidado con el “ruido” y las campañas de los servicios especiales imperialistas: fulano es un “asesino de revolucionarios”, mengano “es una copia de zutano”; los mas cuales fueron “contrarrevolucionarios”, los “tales siempre atacaron a los más cuales”, los perencejos “traicionaron”. Todo eso, que en su momento pudo ocurrir como consecuencia de la enconada lucha de clases en determinados períodos de los procesos revolucionarios, es inflado, multiplicado y tratado de actualizar por los especialistas en desinformación en los aparatos especializados del imperio.

 

La maduración del movimiento revolucionario, su capacidad de superar las diferencias, de dialogar y subordinar los intereses personales y de grupos al conjunto de los intereses generales del movimiento revolucionario y socialista, es una de las tareas más apremiantes en este nuevo siglo XXI, ahora que la crisis imperialista está abriendo nuevos horizontes y espacios al resurgimiento de procesos revolucionarios y socialistas.

 

Al comparar a Cuba con otros procesos revolucionarios, hay que apreciar las generalidades que ofrecen similitudes, pero también las particularidades que ofrecen diferencias. El excesivo centralismo que se critica como neo estalinismo en política y en economía es tan cierto aquí, como injusto es pretender la existencia de represiones sangrientas o masivas contra revolucionarios y comunistas como ocurrió en Rusia u otros países. Aquí existe, pero es velada, zorra, baja y a veces abierta, pero hasta ahora, que se sepa, sin sangre. Ha sido denunciada oportunamente, sin estridencias, tratando de evitar que las represiones a la izquierda puedan servir a las campañas internacionales contra el proceso revolucionario en su conjunto.

 

En los últimos decenios, revolucionarios cubanos han sido separados del Partido; amenazados, “cambiados” o expulsados de sus trabajos, se les ha tratado de impedir desfilar con carteles el 1ro de mayo, han sido “visitados” y víctimas de otros abusos del poder; pero no hay comparación posible con los crímenes del estalinismo.

 

Estudiar historias antiguas para aprender de los errores, sí; para revivir rencores, no.

 

Para un revolucionario, es más doloroso ser agredido por el irresponsable fuego, de un creído “amigo”, que caer combatiendo en ataque frontal contra el enemigo.