Cubanálisis  El Think-Tank

        RAZONES Y PERCEPCIONES DESDE LAS POSICIONES CASTRISTAS:

                                  SUS AUTORES, SUS PROPIAS PALABRAS

 

 

Adiós y buena suerte, nos vemos pronto

 

Rachel D. Rojas, Progreso Semanal

 

-¿Tú sabes que nuestra amistad es única en el mundo? -le pregunto, aunque conozco la respuesta. En momentos definitorios así, que te giran 180 grados la vida, parece correcto explicitar lo obvio. Y esto suena definitorio, en tanto Alejandro ha decidido ir a vivir a otro país, y por transitividad lógica, desocupar un poco su espacio en mi vida.

 

-Sí, claro mi’ja.

 

-Nadie puede en este planeta llegar a la una de la mañana a mi casa y pedir café -y él sabe.

 

-Tampoco nadie me va a llamar allá a las nueve de la mañana para que ayude a pintar paredes o a cargar un pallet -nos reímos por puro vicio.

 

-Más te vale que no -le respondo mientras una mano temblorosa, la mía, me acerca el cigarro a la boca y el humo que se desprende, debe ser, me agua los ojos.

 

Cuando a Alejandro le dieron la visa de Estados Unidos con una sola entrada, ya sabía lo que iba a suceder. Es de esas cosas en Cuba que aunque no se mencionan, ni se pongan en palabras filosas, “me voy”, están ahí, han estado desde siempre, han dormido en la misma cama y han participado en todas las fiestas y eventos sociales.

 

Vivir en estos tiempos produce vértigo. “La emigración es como el agua: usted cierra por aquí y se va por allá. Cuando está entronizada, como es el caso de Cuba, como quiera sale”. Así se expresó el sociólogo, profesor y ensayista Antonio Aja en la tesis de maestría de la colega Ailyn Martín Pastrana. Oleadas migratorias le llaman los estudiosos al hecho de que el país se desangre de sus ciudadanos, en lo fundamental jóvenes, mujeres y profesionales.

 

A la más reciente “oleada” se le conoce como la ruta del Sur, aunque Alejandro se va directo en un vuelo que solo dura una hora y tanto.

 

Comenzando el año 2016, los estimados de cubanos residentes en otro país que calculaba la Dirección de Asuntos Consulares y de Cubanos Residentes en el Exterior (DACCRE) eran de más de dos millones 400 mil personas, un 84 por ciento de ellas en América del Norte. A comienzos de 2019 habrá, de seguro, al menos 6 más de mi propio círculo.

 

-Lo que no entiendo es por qué tú no acabas de buscar una beca y largarte también -vira la tortilla.

 

-Ah, mira qué casualidad, yo tampoco.

 

Pero miento, yo sí sé.

 

-Hace días estoy pensando en cómo decírtelo -Elena lo va a soltar rápido y con dolor-. Si en 2014 nos pareció que era el momento para quedarse a trabajar y participar de lo que fuera a pasar en el país (¡el deshielo!), ahora todo parece gritarnos que es el momento de salirse.

 

Contrario a lo que sucedió en 2015, meses después de que Raúl Castro y Barack Obama anunciaran el restablecimiento de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos, cuando miles de cubanos decidieron emigrar a ese país -una cifra que superó en un 78 por ciento a la del año 2014-, nosotras decidimos quedarnos para vivir y participar de los cambios en Cuba.

 

Ella, que se ha mudado seis veces en dos años por diferentes apartamentos de alquiler en La Habana, está agotando los ahorros que servirían para en (¿cuántos?) años comprar su propio espacio, luego salir a ver el mundo, y pensar tranquilamente en una familia. Elena lo pone en términos de regreso, pero en realidad no tiene a dónde regresar. Yo quisiera poder ser un lugar al que ella pueda regresar, y sé muy bien que no sería suficiente. Lo único que no hemos compartido en la vida desde que nos conocemos es la sangre, solo por el mero accidente de que nuestras madres y padres no son los mismos.

 

No puedo evitar pensarlo; las estadísticas en esos casos son irrefutables: ¿Cuántos profesionales que se van a estudiar en otro país regresan? Ciertamente algunos, pero en mi experiencia terminan enfermos de absurdidad, o lo que es lo mismo, desquiciados. Si alguien conoce un caso diferente, por favor, preséntemelo. De verdad, preséntenmelo.

 

Decir que regresas justo cuando decides irte puede ser un deseo verdadero, patriótico si se quiere, pero también puede ser la excusa que necesitas darte a ti mismo para tomar la decisión de una buena vez. Porque hay una razón muy sencilla para no querer irse, y es querer quedarse. Y también hay una razón muy sencilla para que, a pesar de eso, decidas irte (temporal, por unos años, a oxigenarse, a aprender, como se quiera poner), y es que el país te empuje afuera, te bote todo el tiempo.

 

Uno no debería luchar contra su propio país para vivir en él.

 

-Lo que yo quiero es una forma de moverme mejor por el mundo. Una residencia en Estados Unidos puede ser una vía -me dice otro pedazo mío, hablando de tener puertas de salida, y una palabra que escasea junto a los detergentes, los pollos o la harina: opciones.

 

Pienso que también se podría casar con una gringa, una española, o una marciana vaya, da igual, alguien que le haga ese favor. También podría quedarse, en caso de que tuviera los motivos, pienso. Pero sus motivos se han ido uno por uno antes que él. Su familia y la mayor parte de su grupo de amigos (que en su caso es más o menos la misma cosa) es hoy transnacional. De vez en cuando, hay que reinventarse.

 

Lo más cabrón es tener que callar, porque tienen razones incuestionables: es la vida propia la que se apuesta, una decisión en la que no pueden intervenir ni gobiernos, ni familia, ni amigos. Lo segundo más terrible es pensar junto a quién podría yo asumir un proyecto de país si estos pedazos míos se van. Una legión de desconocidos que posiblemente también se marchen no me hace sentir a gusto. De hecho, me hace sentir nada.

 

Revisando la tesis de Ailyn, el sociólogo Edel Fresneda indica las costuras de una fortísima e intuida tradición: entre un 20 y un 30 por ciento de la población cubana nacida luego de 1961 ha emigrado. Puedo decir que ahora sé mucho mejor en qué grupo y estadísticas ubicar a este amigo, y a todos los demás, pero honestamente no sirve de nada.

 

Su padre, antes de tomar un avión, le dio una bandera cubana. “Esa yo la llevo aquí”, le respondió, señalándose el pecho. Pero al abrirla, “ño, mira que es linda, deja ver dónde podré colgarla”. Estos fueron los regalos de su padre antes de que cruce las 90 millas más trilladas del continente, una bandera y un consejo: “sé valiente, sincero y justo al precio que sea”.

 

Los estudiosos, a quienes agradezco siempre su empeño, no sirven de consuelo tampoco; descubren cosas espeluznantes. Como el hecho de que en los últimos quince años han emigrado de Cuba entre 20 mil y 46 mil personas cada año, o que esa tendencia se va a mantener porque las motivaciones para emigrar permanecen intactas. Antonio Aja, María Ofelia Rodríguez, Rebeca Orosa y Juan Carlos Albizu-Campos dicen en un artículo publicado el año pasado en la revista Novedades de Población, por ejemplo, que al menos hasta 2030 se mantendrá y hasta aumentará ese flujo de despedidas. Hasta el 2030.

 

Las despedidas, por cierto, son otro deporte nacional. Ahí están ahora mismo las potenciales medallas que no ganamos los cubanos en baseball o voleibol. Y posiblemente las ganarán los ancianos que quedan sin remedio, los que no pueden sostener una vida digna solo con una jubilación bien ganada y merecida.

 

Eso (sí, estoy cambiando el tema, porque después de todo sigo aquí), es un asunto más urgente que el hecho de que las personas elijan vivir fuera de la Isla y que las políticas públicas de nuestro país no impliquen todavía un enorme cartel de bienvenida para que formen parte del futuro.