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¿Y que traerá Díaz Canel?

Juan González Febles, Primavera Digital

Lawton, La Habana.- El proyecto político del fascismo es instaurar un corporativismo estatal totalitario y una economía dirigida, no hay diferencias esenciales con el castrismo. Ambos se imponen desde una autoridad sin precedentes para intervenir en la vida de los ciudadanos. Ambos creen que la democracia liberal es obsoleta y consideran que la movilización completa de la sociedad en un Estado de partido único totalitario es necesaria para preparar a una nación para responder eficazmente a las dificultades económicas o cualquier otra condición emergente.

Luego del último fraude electoral que le colocó como el mascarón de proa que asumirá la responsabilidad por los próximos horrores o errores que la oligarquía militar castrista emprenderá, asistiremos al fin de la salida del régimen militar totalitario castrista de ese fracaso con mayúsculas que fue y es el socialismo real concebido por Karl Marx y Friedrich Engels y articulado desde la torpeza en la felizmente extinta Unión Soviética y el resto de sus países satélites.

La variante que haría posible aquellos horrores, fue la impuesta desde la Italia fascista de Benito Mussolini (1922), que inaugura el modelo y acuña el término, seguida por la Alemania del Tercer Reich de Adolf Hitler (1933) que lo lleva a sus últimas consecuencias y para cerrar el circuito, la España de Francisco Franco que se prolonga mucho más tiempo y evoluciona fuera del periodo (desde 1936 hasta 1975) quizás por ser la menos socialista entre las tres.

La recesión en un país que no produce absolutamente nada. Un país que sobrevive gracias al lavado de dinero, narcotráfico y otras ilegalidades, más el aporte de la satrapía venezolana o el trabajo esclavo de médicos y personal paramédico, requiere un liderazgo con una proyección hacia la rentabilidad.

El castro-fascismo es una ideología política fundamentada en un proyecto de unidad monolítica, que exalta la idea de partido-nación frente a la de individuo o clase. Suprime la discrepancia política en beneficio de un partido único afirmado en la más feroz represión ciudadana, todo en beneficio del centralismo. Propone como ideal la construcción de una utópica sociedad perfecta, formado por los elementos integradores de una sociedad servil unificada y articulada por el gobierno central en armonía con sus fines y que este designa para representar a toda la sociedad.

Como por primera vez en seis décadas no habrá un Castro en el poder, la generación que protagonizó la insurrección contra Batista y destruyó la república y la nación cubana, inicia su retirada y cede las postas, bajo su control absoluto a una menos avejentada, pero convenientemente amedrentada generación, de la que Díaz Canel es el más promisorio exponente.

En 2003, se le asignó dirigir la provincia de Holguín. Raúl Castro promovió su candidatura al Buró Político del Partido Comunista. Había nacido entre ambos una relación “de maestro y discípulo predilecto”, que en términos y condiciones de totalitarismo quiere decir, sicario de mayor confianza. Ciertamente logra proyectar una distinción ausente en el resto de sus contemporáneos. Consigue al menos aparentar decencia. Esto es un importante punto a su favor.

El resto de los depredadores históricos parece aceptarlo y tanto desde una imagen, como desde un entrenamiento, parece ser el indicado para asumir los horrores que vendrán. Con la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca y la reducción en el número de gobiernos en manos de la Izquierda Reptil en Latinoamérica, todo esto ha creado la condición para que el régimen castrista se sienta “arrinconado” y solo se plantee sobrevivir. Díaz Canel podría ser la solución idónea para ello.