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Un instante que nunca podré olvidar

Eduardo Martínez Rodríguez, en Primavera Digital

El Cerro, La Habana.- Acabo de dar el último abrazo a mi hijo. Se marcha a otro país a probar fortuna. Tiene veinte años y es la edad perfecta, supongo.

Su madre reside desde hace años en otro país y parece tener mucho mejores opciones para su futuro que las que yo le he podido mostrar en este.

Aquí, acaba de salir del Servicio Militar Obligatorio, donde ha perdido dos de los mejores años de su existencia, donde le enseñaron a chapear yerba y a hacer guardia en lugares alejados y abandonados.

Podría haber intentado ingresar en la Universidad, pero eso en este país cada día se hace más difícil: cada vez ofrecen menor cantidad de carreras de nivel superior. Y dos años fuera de la cotidianidad del estudio enlentecen la mente.

Podría buscar un trabajo y si lo encuentra con el Estado será para aparentar que labora mientras fingirán que le pagan. Si lo encuentra con algún particular, trabajará de verdad por un salario aún muy reducido. Si llega a ser un empresario muy emprendedor y con muchísima buena suerte, cuando comience a hacer dinero el gobierno se lo quitará de alguna forma. Está en los estatutos del Partido Comunista. Dice el Lineamiento 120: “No se permitirá la acumulación de propiedades ni de capitales a ninguna empresa privada”.

Podría alquilar o comprar un bici-taxi y pedalear como un endemoniado todos los días bajo un calor asfixiante, evitando policías e inspectores corruptos que le harán la vida difícil para solo ganar una miseria y malgastar su juventud.

Podría unirse a los muchos quienes se sientan en una esquina a esperar que por algún milagro, divino o de los hombres, esta nación cambie para bien algún día.

Su juventud desaparecería en un santiamén y cuando despierte, ya habría pasado la oportunidad de escapar de este infierno sin futuro donde los seres humanos somos no más que números, pura estadística sin alma ni esperanzas, ni opiniones, ni derechos, ni posibilidades de protestar.

En otro país a lo mejor llega a ser otra persona con futuro, con posibilidades. Se acordará de todo esto, de su pasado, como si fuera una pesadilla a donde a pesar de todo tienes deseos de retornar, pero no más de unos pocos días. Y cuando vuelva, ya esto no será ni la sombra de lo que alguna vez conoció: será peor. Su antigua casa le parecerá más pequeña, sus amigos habrán también emigrado o fallecido. Los pocos que se habrán quedado no tendrán que ver con él, prematuramente envejecidos.

Retornará a su nueva patria confuso pues no sabe en realidad a dónde pertenece, pero allá por lo menos podrá comer sin demasiado estrés, trabajar, protestar, y no tendrá al gobierno como un ente supra humano sobre su cabeza, aplastándole con una propaganda política y un accionar constantes para que nunca exista, para que ni respire y no se le note.

El abrazo a mi hijo, justo antes de abordar un avión definitivo, duró tal vez un poquitín más de lo normal. No encontré las palabras para siquiera decirle adiós. Tampoco pude mirarle a los ojos, para que no advirtiera la humedad en los míos.

Me fui de allí, como tantísimos cubanos, con el corazón maltrecho, con deseos egoístas de quedármelo para que viviera y envejeciera a mi lado, para compartir hasta la miseria.

Vi por el retrovisor de mi auto cómo se quedaba estático, mirando el carro donde me marchaba, hasta cuando desaparecí en la próxima curva.

Me detuve entonces, solo, al borde de la carretera, a llorar en silencio por un larguísimo rato, mientras escuchaba a los aviones partir y aterrizar.

Más tarde, tal vez luego de una eternidad, reanudé la marcha, me forcé a sonreírme a mí mismo en el espejito donde ya no veía a nadie y apreté el timón.

Otro instante para no olvidar. Otro abrazo dulce del oso bonachón que vi crecer. Se me va a quedar quemando el alma por el resto de mi vida.