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¿Soberanía o manipulación?

Alberto Rodríguez López, en Primavera Digital

«El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto que son, de las que no son en cuanto que no son.»

Protágoras.

«El hombre es fin y nunca medio e instrumento; por tanto, independientemente de su mayor o menor utilidad, reclama un respeto incondicional.» 

Immanuel Kant.

Alamar. La Habana.- Si a usted le preguntan de qué trata la soberanía, quizá tenga un montón de respuestas. Tal vez ninguna. De ese desconcierto nace la manipulación estatal de la soberanía. Y cuando el Estado manipula la soberanía, la quiere toda para él. De eso se trata. Pero esto parecería un sofisma. Y puede que casi lo sea. De sofismas está hecho el mundo y no hay que desconfiar. Sólo dejarlo llegar a nosotros.

Cuando los reflexivos que bregan para el aparato ideológico le acusen de sofista, usted sabe por dónde vienen: o le identifican demasiado primitivo para entender un sofisma, o peor, lo reducen a la categoría de memo. La factoría ideológica ha conseguido sostener que -¡y no me diga que no lo recuerda!- a usted no se le paga para pensar, nosotros tenemos el pollo del arroz con gallo. La soberanía es un poder del pueblo, o dicho mejor, del ciudadano, y esta es la piedra filosofal del Estado de Derecho.

La Constitución de 1976 no establecía en su texto primigenio nada referente a la soberanía del ciudadano. Ontológicamente el ciudadano importa y aquí se extinguió el parecer. La soberanía la ejercía el Estado -¡gran Leviatán!- sobre tierra y recursos. Al considerar en un precepto irrenunciable que la Constitución y las leyes del Estado -socialista hasta la muerte- son expresión jurídica de las relaciones socialistas de producción y de la voluntad de los trabajadores, la soberanía entraba en lo que llamo fase de opacidad. Lo que usted como persona necesita o quiere expresar a la nación a través de mecanismos soberanos, está tamizado por la fórmula socialismo y proletariado. No existe tal técnica, entonces no existe nada. De hecho y de derecho fuera de esta fórmula, nada es.

La opacidad se aclaró unos grados cuando en julio de 1992 se aprobó la Ley de Reforma Constitucional. Apareció por primera vez la soberanía en el pináculo. Reside en el pueblo -reza el artículo 3º-, del cual dimana todo el poder del Estado. Esto no era nuevo en el constitucionalismo cubano. La Constitución de 1940 tocó el vital propósito en su artículo 2º, definiendo que la soberanía reside en el pueblo y de éste dimanan todos los poderes públicos.

Dos aspectos destacan en su sintaxis: pueblo y poderes públicos. Si bien he dejado entrever que el concepto pueblo no me encaja del todo cuando de arquitectura constitucional se trata, fue una decisión de los Constituyentes y de la Comisión de estilo. Los poderes públicos son, dicho en simplicidad, la organización política que nos ordena la voluntad de hacer algo hacia lo externo y en lo íntimo. Aquí se da un juego. Nosotros los ciudadanos otorgamos un poder, conferimos soberanía para que se construya un poder que haga avanzar el Estado al puerto de la estabilidad y la prosperidad. Y ante todo y sobre todo, la bonanza de la nación. Una nación de mujeres y hombres individuales e individualizados que la conforman. Con sus virtudes y aspiraciones. Sin la emotividad perniciosa de los nacionalismos, sin la enfermedad cancerígena de los totalitarismos.

En definitiva, soberanía popular y su préstamo como medio para un fin de justicia - ¡máxima aspiración!- del poder soberano, esencia del poder constituyente, para fundar poderes constituidos, pueden ser manipulados. La historia de las alegrías y desdichas humanas es esa y no otra. Mujer y hombre mueren de enfermedades y miserias humanas, calamidades, desastres naturales. Han querido, sangre ha costado, ordenar y ordenarse en un sistema político que garantice felicidad, la propiedad, derechos humanos, la vida en general y en particular. Pero la manipulación ha asechado, se ha constituido en poder político y muchas veces ha ganado el juego.

Arropándose muchas veces de intérprete del pueblo y por ello, depositario de su soberanía, ha incumplido los preceptos de libertad y justicia. Otras, con la máscara roñosa de la tiranía o la dictadura, han solidificado el Estado-Partido, o el Estado-Policía en detrimento del Estado de Derecho. Todo esto no es más que la muerte de la soberanía que confiere la nación -¡el ciudadano!- para el nacimiento de los poderes públicos.

En Cuba, el éxito del autoritarismo es que consiguió hacerse -razones contextuales e históricas lo permitieron- con la esencia del contenido: identificó su interés con el de la colectividad.

La manipulación es fácil de definir y difícil de identificar. De modo principal, cuando el ciudadano -ese que cedió soberanía para la arquitectura jurídica- no posee referencias y condiciones de información y comparación con lo que vive y lo que debe ser. Si usted toma la Constitución vigente y lee que “Cuba es un Estado socialista de trabajadores”, usted podría sentirse excluido. Puede que usted no sea trabajador, sino jubilado, y más, que no sea socialista. Puede que su inclinación sea el liberalismo, su vocación de centro-derecha, socialdemócrata, el pluripartidismo, la democracia representativa, el sistema presidencialista o parlamentario. ¿Dónde está su espacio en la sociedad que ha definido per se -por un código nacional- quiénes son y cómo deben ser, para ser considerados políticamente correctos, los hijos del pueblo?

En una nueva constituyente -merecería un artículo-, la definición de quiénes somos debe ser excluida. Toda definición es excluyente por más que intente atrapar partidarios y colores en el amplio espectro luminoso de la condición humana.

A mi modo de mirar las cosas, la perfección -aspiración de la obra humana- es perfectibilidad. Somos una república unitaria, pero -hacia el futuro texto- democrática sin tiranía de una minoría, ni dictadura de mayorías ciegas.

Que el Estado de Derecho sea la gran base, primera piedra incólume de la obra majestuosa que es una Constitución. Que el Estado exista para el ciudadano. Al paso de los años en que hemos cedido directa o indirectamente soberanía, cada vez con más claridad, -lo llamo claridad de la opacidad- gobernar significa mandar a hombres armados.

¿Qué me dice usted? ¿Esto último es un sofisma? Para nada. Sólo déjelo llegar.