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Martí y Fidel

Eduardo Martínez Rodríguez, en Primavera Digital

El Cerro, La Habana.- Hace unos días escuché decir a una locutora de televisión, con el mayor desparpajo, que Fidel Castro había hecho algo de lo cual estoy seguro que ni siquiera supo de su existencia.

A partir del momento en que Fidel Castro murió, y desde mucho antes, dirán muchos, comenzó el proceso de endilgar a su persona todo lo que se ha hecho en Cuba.

Han llegado a decir que Fidel es el novio de todas las niñas cubanas, lo que me suena a pederastia, nada agradable para mi gusto, aunque está de moda por estos días.

Yo diría que sí, que el desaparecido dictador ha hecho todo, pero todo lo malo que se ha generado en Cuba, por supuesto que apoyado por la gran cola de acólitos y tracatranes que siempre le siguió.

Acabó con la ganadería, la industria, la infraestructura productiva, con los buenos hábitos y modales de la sociedad, con la educación, con el presupuesto nacional, con el gobierno, con la agricultura, con todo.

Fue tan inteligente -le concedo eso- que no dejó una estatua suya a donde se le pueda ir a tirar detritus (no quiero utilizar una palabra más fuerte) o colgar cartelitos ofensivos, sino que lo enterraron en una piedra, custodiado por toda una guarnición de soldados de ceremonia, entrenados para la protección del amplio conjunto de mausoleos, en especial el de José Martí.

Fidel Castro acusó a Martí de ser el autor intelectual del ataque al Cuartel Moncada. A partir de eso, el Centro de Estudios Martianos, así como numerosos investigadores de la vida y obra de Martí, no dejan de encontrar similitudes entre el Apóstol y el Máximo Líder. Y es que según ellos, con esa tendencia a colgárselo todo a estos dos personajes de nuestra historia, ambos, en vida, fueron de todo.

Por las cosas con las que pudieran asociarlos, es para preocuparse. Sobre todo por Martí.