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La Unión Europea y Cuba: ¿Qué hacer?

El renuevo político de los altos cargos del bloque hace viable el establecimiento de nuevos términos para sus relaciones con La Habana

René Gómez Manzano, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- En el seno de la Unión Europea (UE) ha comenzado al proceso democrático para renovar los principales cargos del bloque comunitario. Este martes, el Parlamento continental acaba de elegir como Presidenta de la Comisión Europea a la alemana Ursula von der Leyen, hasta ahora Ministra de Defensa de su país.

El margen de su victoria fue apretado: Apenas nueve votos por encima del mínimo. Un hecho objetivo al que la alta funcionaria restó importancia con un comentario que no hubiera desdeñado el mismísimo Pero Grullo: “Una mayoría es una mayoría en política”, declaró.

La señora Von der Leyen será la primera mujer de la historia en ocupar el alto cargo para el cual acaba de ser escogida. Sus comienzos han sido auspiciosos. El primer discurso pronunciado ante el Parlamento tras su elección ha merecido el adjetivo de “elocuente”, y sus principales planteamientos han sido calificados como novedosos y constructivos.

Aún faltan algunos meses para la instalación de la nueva dirección de la UE. De ella formarán parte, entre otros, el premier belga Charles Michel (quien ocupará la presidencia del Consejo Europeo) y la francesa Christine Lagarde (destinada a encabezar el Banco Central del Viejo continente).

Por supuesto, que ese período de transición representará el lapso apropiado para que se diseñen las políticas que el bloque comunitario deberá realizar durante el venidero lustro. Es de presumir que, en algunos temas, se continuará el mismo rumbo llevado hasta ahora; en otros (sobre todo cuando ha habido críticas fundadas) cabe esperar nuevos derroteros.

En el campo de las relaciones con otros países, un tema al que deberá prestarse atención es al de Cuba. No cometeré el error al que son proclives muchos de mis compatriotas: el de considerar que se trata de un tema de particular importancia. Claro que lo es para nosotros, los hijos de esta gran antilla, pero supongo que los europeos lo coloquen en tercero o cuarto lugar, si acaso.

Se hace evidente que el sucesor de la señora Federica Mogherini al frente de las relaciones externas del bloque comunitario deberá afrontar este asunto. Y dentro de él, el flamante Acuerdo de Diálogo Político y de Cooperación (PDCA por sus siglas en inglés).

Se trata de un convenio en el que se viene trabajando desde hace más de cinco años. Las negociaciones correspondientes se prolongaron desde abril de 2014 hasta marzo de 2016. Una vez aprobado el documento por el Consejo de la Unión Europea, su firma oficial tuvo lugar el 12 de diciembre de 2016. Fue presentado para su aprobación a los legislativos de los países miembros de la UE. Hasta la fecha, muchos lo han ratificado, pero faltan cuatro: Suecia, Lituania, Irlanda y los Países Bajos.

Distintas partes del Acuerdo comenzaron a “aplicarse provisionalmente” el primero de noviembre de 2017. (Ya conocemos la expresión alada francesa: “Lo provisional es lo único que dura”). Pero el hecho cierto es que el documento no ha recibido aún la aprobación de todos los parlamentos europeos.

Creo que esa realidad, unida a la toma de posesión de las nuevas autoridades de la UE, se presta para acometer la negociación de un nuevo convenio. Otro factor novedoso que aconsejaría adoptar este enfoque es la situación precaria que confronta ahora el régimen castrista, ya que, como resultado del desgobierno chavista, su padrino venezolano, más que para prestar ayuda, está para recibirla.

Por supuesto que, en el curso de esa negociación, no deben repetirse situaciones bochornosas del pasado. Me refiero, por ejemplo, a la repudiable zalema que la señora Mogherini le hizo a los mandamases de La Habana, al declarar (¿Habrase visto despropósito mayor?) que el régimen cubano es, supuestamente, ¡“una democracia de un solo partido”!

Considero que el portavoz de un grupo de países con tanto prestigio democrático como los del Viejo Continente no necesita hacer genuflexiones infamantes como ésa, ni debe realizarlas. Felizmente, el llamado “socialismo real” de corte estalinista sólo sobrevive, en estado más o menos puro, en Corea del Norte, Laos y la misma Cuba. ¿Qué peso específico cabe reconocerles a esos especímenes jurásicos de la política? ¡Ninguno!

Y esta realidad debe reflejarse cuando se negocie el nuevo acuerdo y se redacte su texto. Ya sabemos que las autoridades europeas tendrán que tomar en cuenta la defensa de las pequeñas inversiones que los nacionales de sus países miembros, atraídos por la indefensión del trabajador cubano, han realizado en esta gran antilla. Se trata de tristes realidades que existen en este pícaro mundo.

Pero también los demócratas europeos deberían reclamar que, en virtud del nuevo documento, el gobierno de La Habana asuma un compromiso claro y específico con respecto a los derechos humanos. Hasta ahora (y pese a los años decursados), los jerarcas castristas no han tenido a bien ratificar los pactos de la ONU, que firmaron a bombo y platillo un buen tiempo atrás. En vista de ello, parece aconsejable que el hincapié se haga no en esos textos, sino en un documento aprobado por Cuba desde su misma emisión en 1948: la Declaración Universal.

En un Acuerdo en el que sí se tomen en cuenta los intereses del pueblo cubano, deberían quedar recogidos los principios plasmados en ese histórico documento. Pero, además, sujetos a la interpretación aceptada internacionalmente; no a la que de manera caprichosa y arbitraria quieran darle en el Palacio de la Revolución de La Habana. (No olvidemos que los castristas, muy orondos, dicen que en nuestro país “tenemos nuestro propio tipo de democracia”; con tretas como ésa, han logrado obrar a su entera voluntad).

En un sitio-oficial de la UE, con respecto al PDCA, se afirma que, supuestamente, “el acuerdo proporciona un marco para acompañar el proceso de reformas en Cuba”. Cabe preguntar: ¿Qué “reformas”? ¿La de la Constitución, que ahora define al Partido Comunista como “único”? (algo que no hacía la anterior). ¿O la de la “nueva” Ley Electoral, que mantiene las “comisiones de candidaturas”, así como autoridades comiciales nombradas desde el poder y sometidas por entero a éste? (¡Y que, para las elecciones de diputados, dispone que haya un solo candidato por cada cargo a cubrir!).

No creo que quepa objetar que la Unión Europea desee colaborar a un “proceso de reformas en Cuba”. Oponerse a ese propósito parecería una cosa de mal gusto. Sólo habría que hacer una observación: Que esas “reformas” sean de verdad; no las de mentiritas que hasta ahora ha realizado el régimen de La Habana.