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La recreación infantil

Jorge Luis González Suárez, en Primavera Digital

Plaza, La Habana.- Mi madre me llevaba en mi niñez a un balneario público asequible a toda la población ubicado en la calle 1ª entre 10 y 12 en El Vedado, en el cual disfrutaba de los baños de mar.

Después de la ampliación del último tramo del Malecón, que limitó el acceso directo al mar, la instalación quedó modificada con una piscina, aunque con sus otras actividades normales.

Esta instalación recreativa aún permanece en el mismo lugar y es conocido hoy por El Castillito, destinado como centro de diversión para la juventud, aunque hoy el valor de las diferentes opciones es mucho más costoso pues en mi época era gratuito.

Pasé hace pocos días por el lugar y vi que se encuentra otra vez en restauración. Para mi satisfacción, encontré que los cambios efectuados mantienen la imagen exterior que tuvo en la República. Por supuesto, no tuve acceso al interior y desconozco si existen transformaciones no visibles.

Tengo en mi memoria que a principios de los años 50 del siglo anterior, llegábamos desde mi casa a Línea y 12 en el M7 o el V7. En este punto, había una guagua de tipo escolar, que nos transportaba las 4 cuadras para facilitarnos no caminar hasta el balneario, que costaba 5 centavos. Al salir de allí, podíamos tomar de nuevo este ómnibus que hacia el recorrido de manera inversa.

Existía un profesor de calistenia, nombre que se daba a la educación física y antes del baño, enseñaba ejercicios básicos. Después nos dirigíamos hacia las pocetas naturales de piedra que tenían diferentes profundidades y las personas con experiencia, podían ir a nadar más allá del muro límite hacia el mar.

Al lado de este establecimiento se realizó un proyecto de ampliación comenzado en la República, el cual comenzó a funcionar a inicios de la Revolución, denominado ‘Recreación Camilo Cienfuegos’. Allí asistí como adolescente muchísimas veces, pues vivía por entonces bastante cerca del sitio.

Se amplió la capacidad de concurrentes con una piscina mayor y se iniciaron otras actividades deportivas, como una bolera profesional, donde aprendí a jugar este pasatiempo. Había además otros entretenimientos y el lugar incluía una cafetería con variedad de productos a precios muy módicos.

La entrada en principio fue con inscripción y un carné que servía como un pase. Mientras se mantuvo esta metodología el cuidado fue brillante, pues aquel niño que violara la disciplina era sancionado con una suspensión de asistencia por un tiempo limitado. Cuando se eliminó este sistema, el deterioro del centro se incrementó considerablemente.

Recientemente pude pasar y ver este complejo deportivo. Lo único que se mantiene en buen estado, es la piscina. Allí existen profesores de natación que entrenan a los niños que asisten al lugar para que aprendan a nadar. Un papá me contó que lleva a su hijo desde lejos hasta allí, porqué es la única alberca que funciona de todos los centros deportivos habaneros.

De la gran bolera, solo queda un local desmantelado donde se practica taichí. La plataforma de actividades culturales desapareció, del laberinto. De las barras para ejercicios, no queda ni rastro y los caneyes lacustres que aportaban una imagen de aldea indocubana, quedó en la evocación.

Una novedad única que existió en este parque, fueron los botecitos plásticos que navegaban en un amplio canal poco profundo, tenían por principio enseñar a remar a los menores.

Parece que este tipo de entrenamiento fue considerado subversivo para el futuro, pues duró breve tiempo. Pensaron que si los pequeños aprendían este oficio, Cuba quedaría sin habitantes, por tanto los barquitos desaparecieron como por arte de magia. Para evitar tentaciones y peligros, hoy ni el canal contiene agua.

El gran mito de que los pobres carecían de balnearios para su disfrute, queda desmentido con este ejemplo. Yo asistí a estos locales desde muy pequeño y hoy quedan en mis recuerdos del pasado.