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La falsificación castrista de la historia

Luis Cino Álvarez, Primavera Digital

Arroyo Naranjo, La Habana.- Luego del restablecimiento de las relaciones con los Estados Unidos, lo mismo con Obama que ahora con Trump, a los mandamases castristas les ha dado por advertir que no se puede olvidar la historia.

Lo que los mandamases entienden como historia, fundamentalmente es un recuento de los agravios norteamericanos. Es la historia distorsionada y manipulada que sustituyó a la verdadera, la que hizo de escaramuzas batallas comparables a la de las Termópilas. La historia de una sola revolución, la que va de Hatuey, pasando por La Demajagua y Baraguá, a Fidel Castro, la sucesión raulista y la actualización del modelo económico.

Según esa historia, José Martí, además de ser el autor intelectual del ataque al cuartel Moncada, por la carta a Manuel Mercado y aquello de que vivió en el monstruo y conoció sus entrañas, fue el precursor de la guerra contra los norteamericanos anunciada por Fidel Castro en la Sierra Maestra, en memorable carta a Celia Sánchez, en junio de 1958. Y por si fuera poco, con su Partido Revolucionario Cubano, inventó mucho antes que Lenin, la dictadura de partido único.

El 27 de abril del pasado año, propagandistas y apologistas del régimen participantes de un forum de historia, peregrinaron a la casa en Holguín donde nacieron Fidel y Raúl Castro para suscribir un compromiso que pomposamente llamaron Declaración de Birán y que quedará inscrito por derecho propio en los anales del papelazo y la desfachatez.

Para tanta sumisa guataquería y culto a la personalidad al mejor estilo norcoreano, no hacía falta tal derroche de palabrería metatrancosa: bastaba con haber llevado al Graceland del castrismo a unos cuantos vasallos y pelafustanes del partido único y de las organizaciones de masas y un coro de pioneritos por el socialismo para que cantaran aquello que compuso hace unos veintitantos años un cantor de la corte y que decía perrunamente en el estribillo: “te seré fiel, te seré fiel…”.

La historia que llaman a tener siempre presente, a no olvidar, es tan duplicada como la casona de madera en Birán donde nacieron Fidel y Raúl Castro. Solo que la mansión reconstruida luego de que un incendio la destruyera en los años 50, se asemeja mucho más a la que existió antes que la réplica de la historia -más bien historieta- reescrita y recontada para servir a los propósitos de una matrera dictadura que aspira a eternizarse.

Esa interesada teleología pretende mantener encendidos los odios, el patrioterismo más enfermizo y burdo, los complejos de inferioridad de aldeanos vanidosos, los delirios y las perretas infantiles de ancianos extraviados en un mundo que no entienden, ni quieren ni pueden entender.

A esa historia falseada nadie le hace caso en Cuba: la gente la ignora, la rechaza. La mala noticia es que como tampoco se conoce bien la otra, la verdadera, nos hemos convertido en un pueblo desorientado, sin sentido de pertenencia ni referentes.

Para gran parte de los cubanos, principalmente los jóvenes, la única esperanza de futuro es irse del país. Como sea, a donde sea, pero principalmente a los Estados Unidos. Porque luego de casi seis décadas de prédica castrista antiyanqui, hoy los cubanos son los más pro-norteamericanos en América Latina.

A pesar de la escasa y tan desenfocada autoestima nacional, nos creemos los más listos del mundo, los más valientes, los más calientes, cuando solo somos una chusma amoral y cínica de pobres diablos que no sabemos cómo quitarnos de encima a una pandilla decrépita, roñosa y grotesca que nos ha sumido en la indigencia material y moral.

Para salir de este marasmo, constituyen un obstáculo los intelectuales orgánicos encargados por los retranqueros de distorsionar la historia, los inquisidores que quieren echar a los opositores y hasta a los que últimamente llaman centristas -los que están por un socialismo más participativo y democrático- en el mismo saco que a los guerrilleros y los autonomistas, y que tratan infructuosamente de hallar el antídoto para lo que llaman “la guerra cultural y la subversión ideológica”.

Cuando empiece a clarear, ojala no demore, corresponderá a los historiadores, a los de verdad, ayudar a nuestra nación a reencauzarse, para no volver a incurrir jamás en los errores que nos llevaron a este demasiado prolongado atolladero en que nos hallamos hoy.