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La era Post-Castro

Eduardo Martínez Rodríguez, en Primavera Digital

El Cerro, La Habana.- Hoy estamos más allá de cuanto pude visionar en mi vida. Cuando joven, donde más lejos llegaba era hasta el año 2000, cuando tendría 43 años. De ahí en adelante, todo se sumergía en la bruma de lo impredecible. Hoy estamos en el 2018.

Por dentro me siento igual que cuando tenía veinte años aunque cuando miro mi reflejo en algún espejo no me reconozco, no quiero hacerlo, y cuando tengo que caminar varias manzanas las rodillas y las plantas de mis pies comienzan a protestar, hasta cuando me esfuerzo por andar despacio para no cansarme en exceso.

Desde que tengo uso de razón estoy escuchando hablar de los Castro, nuestros queridos e infalibles gobernantes. Desde el pre-escolar, he sufrido una obnubilante y embrutecedora propaganda socialista que se ha centrado en crear a ese hombre nuevo del que decían dependía nuestro futuro.

Si ese hombre nuevo se supone que sea yo, pues al final soy un producto de este gobierno, ¡pobre del socialismo! Para mí, es un sistema fracasado e inoperante, creado por un par de politólogos futuristas, que como muchos, se equivocaron cuando  consideraron al ser humano perfectible con entrenamiento.

No hay más que ir a las escuelas de nivel medio o medio superior y sentarse a la salida, con los jóvenes y escucharlos. Lo he hecho. Me sentaba entre ellos, aparentando que leía y me ignoraban por completo. Debí sonrojarme muchas veces escuchando las atrocidades que se decían como amistosos apelativos. Atendía a cómo se expresaban, sobre cuáles temas hablaban, sus gustos, etc. Comprobé que la inmensa mayoría eran iletrados funcionales que solo sabían escribir apocopadamente en sus tecladitos celulares.

Estoy seguro que muy pocos de los jóvenes de hoy sabrían o podrían redactar a mano una misiva de ningún tipo. La caligrafía sería horrible, aniñada, muy falta de destreza, y las faltas de ortografía abundarían (hace poco recibí una citación oficial que daba pena por estos mismos problemas).

Una clara expresión de lo que se ha logrado con este hombre nuevo es escuchar a los potentes reproductores ambulantes que ellos cargan hoy con orgullo, diseminando el reguetón o lo que llaman música trapp, grabaciones caseras o de estudios ilegales privados, pues supongo que ninguna casa disquera se arriesgaría a reproducir soberanas groserías que alientan el machismo y la violencia. Resulta penoso ver cómo a los muchachos les gusta eso, y lo repiten como si fuera bonito o bueno. No es más que la propia reproducción de cómo se expresan o piensan. Es fácil tatarear sus supuestas melodías con apenas dos machaconas notas musicales todo el tiempo. Y uno se preguntaría dónde están sus maestros, sus padres. Es que precisamente eso es lo que les enseñan, porque tampoco conocen de otra cosa, en su mayoría.

Anoche, a las cuatro de la madrugada, tuve que salir a la calle, muy molesto debido al volumen, a gritarle a unos seis o siete muchachones mucho más fuertes que yo, que o se iban con su música a otra parte o les llamaba a la policía. Se rieron de mí. Llamé a la policía y nunca vino. Se fueron casi una hora más tarde de puro cansancio, pero estoy seguro que habían despertado a todo el vecindario de cinco edificios. ¿Es eso el hombre nuevo?

Cuando llegan a la universidad, los pocos que lo hacen, se reprimen algo y adoptan posturas un poco más educadas, pero el trasfondo queda y hay que verlos bajo situaciones de estrés o trauma.

Mi hijo más pequeño, que emigró a Ecuador, intentó ingresar a una universidad de ese país y su nota fue tan baja que ha tenido que contratar clases en una academia que lo entrene para lograr pasar los exámenes de ingreso. En Cuba, cuando estaba en el pre-universitario, era uno de los mejores en su aula.

Hoy he salido a dar una vuelta. Ha estado lloviendo en los últimos días. Las edificaciones por donde caminaba por la Calzada del Cerro, casi todas se ven despintadas, mohosas, en estado ruinoso, abandonadas, aunque sus moradores residen ahí, muchas veces hacinados, en insalubridad. Es peor aún en los numerosos y paupérrimos nuevos solares. Hoy son peores, pues los de antes de 1959 se conformaban en muy antiguos caserones de los ricos que las abandonaban para mudarse a barrios mejores. Hoy los solares se hacen, aparecen en cualquier pasillo o pasaje, sin ton ni son. La gente construye como puede, con lo que puede.

La inmensa mayoría viste muy mal, con ropas muy ligeras y desgastadas. Casi todos caminamos con tenis baratos o chancletas, es raro ver a alguien con zapatos de piel o bien vestidos.

Los autos ni hablar: cada cien o doscientos cacharrones destartalados pasa uno moderno. Las farmacias y las tiendas sucias, mal atendidas y muy mal abastecidas (mi hermano le llama al supermercado donde nos venden los alimentos subsidiados por el Estado, El Palacio de las Moscas).

Miro a través de la ventana, por entre el exuberante verdor de mi jardín, y me llega el mal olor y la desagradable vista de los cuatro tanques de basura que no recogen desde hace varios días y a donde llegan, cosa inconcebible hace tan solo algunos años, uno o dos buzos (mendigos buscadores de entre la basura) cada media hora a revolcarlo todo, incluso a ingerir algo hallado ahí mismo.

Del gobierno, del postcastrismo, nada. No se escucha ni una palabra de aliento o de cambios, aunque sean leves. Nada. ¿Nos esperarán otros sesenta años de más de lo mismo?