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La amarga realidad de una zona wifi

La miseria endémica muy poco tiene que ver con agresiones externas y mucho con actitudes negligentes

Jorge Olivera Castillo, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- No hay dudas de que el servicio de Internet en Cuba ha mejorado comparativamente respecto a 5 o 6 años atrás.

Eso no quiere decir que el nivel de acceso, relacionado con la velocidad, inicio y estabilidad de la conexión sea un portento, pero la gente celebra cualquier avance por pequeño que sea.

Pueden comunicarse con sus amigos y familiares en tiempo real, incluso verlos en las pantallas de sus teléfonos móviles, bajar audiovisuales de YouTube y colgar fotografías y mensajes en Facebook, por supuesto que todo eso a cambio de desembolsos monetarios que superan con creces el salario promedio nacional de alrededor de 25 dólares al mes.

Se sabe, mas allá del recato de la prensa oficial respecto al tema, que la garantía de comunicarse depende de una visita a alguna de las oficinas de la Western Union a cobrar en pesos convertible los dólares o los euros enviados desde Las Vegas, Miami, New Jersey, Roma, París o Estocolmo, por alguna persona, no necesariamente un pariente cercano, que se compadezca de las peticiones, muchas veces convertidas en rezos como los que se les tributan a los santos en las iglesias católicas.

Las alternativas de financiamiento llegan de la mano de una esperada visita familiar procedente del primer mundo o del buen tino de vender en el mercado negro los productos birlados en el centro de trabajo.

Uno de los progresos más notables, en este ámbito de las comunicaciones, ha sido la apertura de zonas wifi, donde es posible conectarse con un teléfono con sistema 3G o una laptop.

Lo que no aparece ni aparecerá en la oferta de la estatal Empresa de Telecomunicaciones de Cuba (ETECSA), a modo de advertencia, es la posibilidad de ser despojado de toda pertenencia a causa de algún asalto, dada la escasa iluminación y el alto potencial delictivo en no pocas de las áreas donde se determinó habilitar este tipo de servicio.

En la relación de inconvenientes tampoco figura la posibilidad de enfermarse a cuenta de la letal acumulación de desperdicios y la presencia de charcos de aguas negras, como los que existen en la zona wifi ubicada en la intersección de las calles Estrella y Ángeles, en el municipio Centro Habana.

Por otro lado, en el parque donde se brinda tal servicio, como en casi todos los que existen en la capital, apenas quedan bancos disponibles.

Hay que sentarse en quicios, en el borde las aceras o resignarse a entablar una conversación recostado a una pared.

Las tablas de los bancos son arrancadas por niños y jóvenes para confeccionar carriolas rústicas conocidas en el argot popular como chivichanas, y también para emplearlas como bates en improvisados juegos de béisbol.

En un país donde falta de todo, incluida la educación cívica y formal de la mayoría de la población, ellos, aclaro, no son los únicos que actúan de esa manera, ni los bates improvisados y las chivichanas son los únicos usos de los bienes comunes que muchos se llevan.

La miseria endémica, cuyo origen, desarrollo y vigencia, muy poco tiene que ver con agresiones externas y mucho con actitudes negligentes por parte de quienes gobiernan, nos ha dejado sin parques debidamente equipados, pero con señal wifi a disposición de quienes puedan enfrentar los elevados costos.

Lo cierto es que, a pesar de los percances, las personas acuden a conectarse, de día y de noche.

Soportan, con puntual estoicismo, las emisiones putrefactas, en este caso del basural y del agua estancada.

No le temen a los locos y borrachos capaces de pelear a muerte por el banco destartalado convertido en cama.

En fin, que la oportunidad de disfrutar de Internet blinda el olfato contra la hediondez, invisibiliza a los chiflados sucios y descalzos, y a los mosquitos que se multiplican en las lagunas inmundas.

Nadie se va corriendo de esa zona letal. La gente permanece, insiste en conectarse, solo piensa en aprovechar al máximo su tiempo en el ciberespacio. No hay ni amagos de protestas.

Son los síntomas de una enfermedad grave llamada conformismo, también conocida como resignación. En Cuba se cuentan millones de convalecientes.