Cubanálisis - El Think-Tank

    LA PRENSA INDEPENDIENTE CUBANA

 DESDE EL CAIMÁN

.

Cubanálisis - El Think-Tank abre un espacio más a los heroicos y decididos profesionales que desde dentro del monstruo enfrentan innumerables y continuas presiones para ejercer cada día su derecho a expresar sus opiniones. No se publicarán materiales donde los autores no se identifican con sus nombres reales o no residan en Cuba. El único criterio restrictivo es la calidad: materiales escritos con rigor profesional se publican, aunque Cubanálisis - El Think-Tank no comparta necesariamente opiniones vertidas en dichos artículos.

 

Gestionando la comida del día

Eduardo Martínez Rodríguez, en Primavera Digital

El Cerro, La Habana.- Entro al supermercado. Son las ocho y treinta de la mañana. Hace calor. Se nota poca actividad en las cuatro islas de ventas.

En la ventanilla del expendio de cárnicos resulta llamativa la oferta, que parece de caníbales: Picadillo de niños. Pero no hay menores en casa.

A mi izquierda una señora, entrada en años y con un amplio sayón que esconde sus piernas detrás de una pequeña mesita vende Leche Piloto y Leche de Población. No volamos aviones ni ordeñamos al pueblo: son las formas de informar lo que se vende, lo que te toca por la libreta de abastecimiento.

No voy a explicar de qué se trata, pues tendría que hacerlo en cada detalle de la vida nacional y no me alcanza el tiempo: tengo que encontrar qué comemos hoy.

En las otras tres islas, dos hombres y una gorda se refocilan individualmente en algún rincón donde han acomodado alguna silla, pues no hay clientes: estamos a mediados de mes.

A fin de mes llegan los abastecimientos y las colas serán permanentes por dos o tres días, hasta que los vecinos saquen todo lo que les toca por la libreta.

Hay que andar siempre con la libreta en el bolsillo y varias javitas plásticas porque uno no sabe cuándo las chismosas de los edificios, siempre al tanto de las últimas noticias del barrio, te gritarán a ti o a cualquiera que esté cerca, desde el sexto piso, que ha llegado el pollo por pescado. Y uno se pregunta por enésima vez dónde se meterán los peces que deben nadar en tanto mar que nos rodea.

Las vacas también han desaparecido. Y los caballos, y los carneros, los conejos, etc.

En las tiendas en divisas, solo tienen cuartos o muslitos de pollo, picadillo de pollo, perritos de pollo, embutidos de pollo, hamburguesas de pollo.

En los cárnicos particulares solo tienen cerdo como oferta. Puedes llevar picadillo de cerdo, todo tipo de embutidos de cerdo, jamones de cerdo, hamburguesas de cerdo, y si cuentas con abundante efectivo, bistec de cerdo, eso sí, con mucho pellejito.

El pollo de población aún no ha llegado este mes, aunque casi siempre lo traen en la primera semana.

Esto de traer pollos muertos y congelados es algo de las tres últimas décadas pues antes se amontonaban fuera de los puntos de ventas las jaulas con las gallinas medio ahogadas y casi nadie las compraba.

Se decía entonces que la enjundia de gallina servía para aliviar el catarro. Hoy se horrorizan los jóvenes pues dicen que es puro colesterol y engorda.

Recuerdo que en los ochenta tú llegabas a un Pio Pio y por diez centavos te tomabas una buena taza de caldo de pollo recién hervido. Mucho mejor si le echas un par de chorritos de zumo de limón. Si dabas la vuelta y llegabas a la cocina podías ver al cocinero vertiendo directamente de las cajas los cuerpecitos enteros y desnudos en las enormes calderas con agua hirviente. A medio cocinar se sacaban del caldero y se echaban entonces, pellejo y todo incluido, en la caldera del aceite donde se ponían blanditos y deliciosos por dentro y crujientes por fuera.

Si usted pasaba por delante de alguno de estos establecimientos el olor lo llamaba con la misma fuerza que el de una panadería a las cuatro de la madrugada, cuando terminan las primeras hogazas.

No sé cómo nunca se les ocurrió crear los Oin-Oin, pues un puerquito asado huele más.

Los Pio Pio desaparecieron en el período especial, en los noventa, cuando hubo el destrozo de una guerra, pero sin disparar un tiro. Economía de guerra, pero sin guerra.

En los frigoríficos, cuando llegan las cajas de pollo brasileño o norteamericano, los empleados las dejan descongelar lo suficiente, las abren y rellenan con agua que se congela y pesan entonces el doble. Ídem pasa en las tiendas chopin en cuc, donde las neveras nunca se rompen y siempre el pollo está bien empaquetado. Cuentan incluso con pesas donde puedes comprobar que estás pagando por el peso correcto, pero nunca sabes exactamente de qué.

Me dejo resbalar por todo el grande y aburrido local y compruebo que hoy parece que nada va a venir de la cuota. Me llegaré hasta el puesto de viandas estatal.

En la cola de los cárnicos se anuncia que se vende ternilla. Me coloco en la cola detrás de Pepito, que ya pasa los ochenta años y aún vive con la misma mujer. Se vuelve y me observa con uno solo de sus ojos bizcos y medio nublados. Dice algo. No le gusta que lo vean en la cola. “Las ternillas son para la perra”, me dice. Pero yo sé que nunca ha tenido perro ni otra mascota en su casa.

Me fijo bien en la que está comprando y veo que los huesos parece que están raspados, limpiecitos. Compro dos huesos que parecen haber sacado de un cementerio por lo secos que están. De todas formas, se hierven y dan para una buena sopita. El sabor se agradece.

Las papas se agotaron el mismo día que las trajeron. Los vendedores se veían apurados pues ya estaban medio podridas o germinando.

Lo otro que se ve en las tarimas es boniato jojoto y unas zanahorias enanas, llenas de tumoraciones en la piel arrugada y encogida.

Hay también unos mangos del Caney que parecen haber demorado tanto en el traslado desde el campo que se han puesto prietos y escamosas sus pieles.

Veo mazos de habichuelas. Están algo amarillentas pero aún sirven. Compraré uno. Cuestan cinco pesos. Dicen que en Europa, donde las llaman aluvias, son carísimas.

Ya de retirada, me agencio unos boniatos, un pedacito de chopo picante, pues malanga nunca hay, y otro pedacito de a media libra de calabaza. En casa hirviendo todo esto una buena hora, sacando los huesos para llevarlos directo a la basura para no atraer roedores, y dejándole caer al caldo una pastillita de pollo con tomate, queda un cocido exquisito con un color excitante. Se los garantizo.

Me recuerdo del Período Especial. Mira que la gente tiene imaginación. Cuando no aparecía qué comer y los puestos estaban vacíos, pues todo se compraba directo a los campesinos, en estos lugares comenzaron a ofertarse bidones repletos de un vino malísimo hecho con cualquier cosa. Se vendía a cuatro pesos el litro y la juventud y los curdas experimentados comenzaron a reunirse en estos lugares para al menos confraternizar un poco mientras se relajaban bebiendo.

Por entonces, solo se vendía en la bodega, una botella de ron peleón por la libreta al mes.

Los puesteros tuvieron la idea de poner música grabada y surgieron las Disco-Viandas, lugar donde supuestamente lo mismo podías comprar los componentes de un potaje o emborracharte con un agua medio dulzona que contenía cierto grado de alcohol. Al menos uno se entretenía. Desgraciadamente, lo de las Disco-Viandas se acabó, así como también el vinito barato.