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En El Barrio (I). Crónicas Urbanas para reírnos en serio

Eduardo Martínez Rodríguez, en Primavera Digital

El Cerro, La Habana.-“Oye Georgina, vino mortadela por el picadillo de población, oíste.”

Claro que escuché. Es la negrita que vive en el cuarto piso y se pasa la vida sentada en al balconcito observando al barrio desde la altura.

-“Gracias morena. El viejo seguro irá más tarde a buscarla.” Le respondo enfatizando el agradecimiento con un gesto de la mano. Ella desde las alturas abunda.

-“Oye, que no se demore mucho pues la nevera del supermercado está rota y este tipo de jamonada tiene tanta soya que se pone verde de un día para otro fuera del frío y después ni el perro se la quiere comer. Con lo poco que dan no se puede dejar perder.”

-“Compro pomos de perfumes de marca vacíos a diez pesos.” Anuncia a puro grito un joven que pasa con un saquito en mano a medio llenar. La negra vigía le dice adiós con la diestra pues seguro que lo conoce.

Esta chica de los altos es la gran chismosa del barrio pues desde su atalaya se entretiene en observar todos los movimientos de los vecinos del lugar hasta donde le alcanza la vista y la voz. Dicen que tiene un pequeño telescopio en su hogar detrás de la ventana desde donde cuando no está en el balcón sentadita, está de pie allí detrás del lente discretamente observando las ventanas de los demás. Dicen también que este aparato se lo suministró la Seguridad del Estado para que hiciera más completos sus informes que vienen a buscar periódicamente unos muchachos de civil en motos chinas.

No se conoce a ciencia cierta cuándo atiende a las necesidades de su vivienda y de su cuerpo pues siempre se le ve allí sentadita con la silla contra la pared. De madrugada probablemente está, pero como mantiene la luz apagada nadie puede aseverar de su presencia pues las oscuras sombras de su rincón tienen el mismo tono y color de su piel africana.

Parió dos hijos que van a la misma escuela primaria cercana, un varoncito y una hembra de quienes todos conocemos sus apelativos, virtudes y defectos pues cuando se les pierden, ella se para contra la baranda del balcón y grita sus nombres y algunos otros horrores. No se le conoce marido fijo.

Unos años atrás, durante los más crudo del Período Especial, la negra, conocida como muy comunista, salió al balcón de su departamento en el justo momento cuando se acababa de ir la luz. Comenzaba uno de nuestros largos apagones generales e intentaba a caer la noche.

La señora, demostrando un encabronamiento supremo, para sorpresa y gran susto de todo el barrio se puso a gritar todo lo alto que podía: -“Fidel, hijodeputa, maricón. Ya me tienes harta. ¿Hasta cuándo tendré que estar soportando esto? ¡Ya no puedo más! ¡Sube a cambiarte el uniforme coño!” Entre el más y el sube había hecho una pausa para tomar aire a mi juicio demasiado larga.

En ese momento aparecía por la esquina el negrito que se había ido a revolcar jugando con sus coetáneos apenas salió del centro escolar.

Todos pensamos que por unos segundos la negra se había sincerado víctima de la desesperación ante los constantes apagones que no permitían que ni el refrigerador congelara el agua. La gente decía que ya no había apagones, sino alumbrones. La planificación urbana de estos cortes eléctricos aparecía en los medios de prensa locales y duraban usualmente unas dieciséis horas incluyendo las nocturnas.

Yo había salido a la calle con algo de dinero en mis manos en un intento baldío de conseguir bocaditos de helado que vende un muchacho que pasa en un triciclo. Los dejamos para las horas cuando tenemos hambre antes de acostarnos. No hay otra cosa, pero estos vendedores son tan estúpidos que cuando tú los escuchas pregonando con sus electrónicos aparatos, reaccionas, buscas el monedero y sales a la acera, ya van a una cuadra de distancia y nunca retornan, son vendedores apurados que hay que interceptarlos o te quedas con las ganas. A veces la negra vigía los percibe desde su atalaya con tiempo cuando se acercan y los anuncia al barrio. Es un servicio social y gratuito que se agradece.

Yo recuerdo que cuando vendían aquel vinito de frutas y yerbas en las Discoviandas, a mi hermano que en paz descanse se le ocurrió la idea de destilarlo pues había que tomarse un garrafón de cinco litros para al menos comenzar a entonarse uno con un mareíto rico. Era barato.

Pues mi carnal y yo tomamos cada uno un tanquecito plástico de cinco galones, los acomodamos amarrados en las parrillas de nuestras bicicletas chinas y en el puesto más cercano los llenamos del mejunje. Nos devolvimos a la casa con la carga sin tocar.

Mi hermano, siempre muy inteligente y mañoso. Tomó una olla de presión, la llenó de vino, lo colocó a hervir en el Pike de luzbrillante, le puso a presión en donde va la pesita del escape un serpentín de plástico, de esos que las enfermeras llaman Levín, y este bajando hacia el suelo para pasar dando vueltas dentro de un cubo de agua al tiempo. El otro extremo del Levín terminaba más abajo dentro de una botella de ron vacía.

El primer alcohol que brotaba algunos minutos después prendía. El alcohol tiene un punto de ebullición más bajo que el agua y comenzaba a salir primero que el vino, pero después esta se ponía también en movimiento y se mezclaba dentro de la botella debajo.

Las primeras producciones nos las tomamos. Mi hermano y yo montábamos una borrachera de leyenda probando el roncito amargo que nos salía. Teníamos que determinar el punto exacto y no había otro método que el de prueba y error y probábamos bastante hasta que se nos olvidaba la medida y el error y teníamos que hacer todo el proceso de nuevo.

Luego, cuando le cogimos la vuelta, vendíamos la botella de ron fabricada por nosotros a treinta pesos y la producción no alcanzaba para todo quien tocaba la puerta. En otra nación a lo mejor hubiéramos montado una destilería si no moríamos en el intento por cirrosis hepática.

De todas formas nuestro producto era más natural y ecológico. Hacía menos daño que el famoso Chispa-e-Tren que se obtenía destilando luzbrillante y otros alcoholes infernales que para tomarlos había que tener la gandinga dura.

El cubano siempre ha sido muy industrioso. Nuestro vecino nos hacía el complemento para satisfacer los vicios fabricando los también muy conocidos cigarrillos tupamaros. Hubiéramos podido formar un consorcio.

Primero se armaba una maquinita de hacer cigarrillos que no era más que una tablita rectangular más bien alargada, con una tela resistente y un lápiz de escuela nuevo. Primero se aprovechaba la picadura en lo que se transformaban los puros que venían por la cuota, pues de tan viejos se deshacían crujientes.

Después el vecino deambulaba por las calles si no había llovido y recogía todos los cabos que los fumadores más afortunados tiraban. Los rompía en casa y los secaba aireándolos un poco. Con ellos armaba cajetillas de a veinte cigarros Populares Tupamaros (Esto segundo no lo decía la caja), y los vendía también a treinta pesos. Sabían un poco fuerte, pero se podían fumar.

Todavía hoy de cuando en cuando en los bares y cafeterías del Estado se venden estos Tupamaros en vez de los oficiales. La calidad en ocasiones es tan mala en estos últimos (los Titanes y Populares), que no se puede distinguir mucho la diferencia. En cuc es otra cosa pero son carísimos.

El papel de arroz para conformar los cigarrillos y el impreso de las cajetillas se conseguía con los trabajadores de las fábricas que los sacan al por mayor.

Aún hoy existe una marca estatal que imita mucho en sabor a estos Tupamaros y se llama Titán. A de veras hay que ser un titán para fumárselos.

El vecino se murió de cirrosis hepática y mi hermano de cáncer en los pulmones. Yo hoy ni fumo ni tomo aunque debería. A esta edad qué más da.