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El síndrome del enriquecimiento en Cuba

Víctor Manuel Domínguez, en Primavera Digital

Centro Habana, La Habana.- Ver detrás de cada zapatero remendón, florista o verdulero un embrión de Aristóteles Onassis o Bill Gates, es tan ridículo y delirante como hablar de igualdad en Cuba, donde en lo único que estamos más o menos a mano es en los que nos corresponde de la canasta básica por la libreta de racionamiento, y en el derecho a tener un ataúd gratuito y personal, aunque no de similar diseño.

Según ideólogos cubanos conservados en formol, políticos de Pim Pam Pum, estrategas de dominó y voceros, correveidiles y oportunistas que hacen malabares, se contorsionan, comen candela y caminan sobre la cuerda floja bajo la carpa roja del poder para subsistir; permitir ricos en Cuba “conduciría a un tipo de sociedad que ni de lejos sería la equitativa por la que se han hecho tantos esfuerzos y sacrificios durante décadas por alcanzar”, digo yo, lo que no tenemos: pan ni sosiego.

Supuestos seguidores de la Ofensiva Revolucionaria ordenada por Fidel Castro en 1968, que cerró bares, cines, iglesias; prohibió las prácticas oscurantistas (la hoy tan ponderada herencia africana), y confiscó miles de bodegas, cafeterías y otros tipos de establecimientos y pequeños negocios particulares en Cuba; junto a lo peor del pueblo (incapaces y resentidos), ven en el sector privado el fantasma de una desigualdad social y diferencia de clases capitalista, muy similares a las que se han vivido por más de 60 años de socialismo, sino por razones económicas; por ideología política.

Y hoy algunos de estos defensores de la propiedad estatal y el supuesto igualitarismo, disparan las alarmas de la (in)conciencia social, arremeten, atacan, difaman y demonizan a quienes con su esfuerzo propio levantan un timbiriche, ungen un chivo a un carretón, reparan colchones, venden pizzas o se aprietan como tres en un zapato para alquilar el cuarto y poner comida sobre la mesa.

Porque que yo sepa, de los más de 500 mil trabajadores por cuenta propia que laboran (no por iniciativa del imperialismo yanqui, sino por el fracaso de la economía cubana), en las alrededor de 200 modalidades de empleo autorizadas por el gobierno cubano para el sector privado del país; ninguno visita el MOMA en Nueva York, el Molino Rojo en París, se marea en la Torre de Pisa, en Italia, ni pasea en yate por el Bósforo, y mucho menos se aloja en hoteles de 900 euros la noche, como es frecuente entre los familiares de quienes prohíben que haya ricos y millonarios en Cuba

Cuando más lejos van, visitan el Museo de Cera, en Bayamo, el Salón Rojo, del Capri, se comen una pizza de 120 0 más CUP en una paladar, pasean en bicicleta por el Bosque de La Habana -en nada que flote les permiten hacerse a la mar-, y se alojan en un hotel cuando no hay extranjeros, que como mínimo cuesta 45 CUC por persona, el doble de lo que devenga un profesional en un mes.

¿Bombas de tiempo millonarios en Cuba?

De ahí que no encontré recelos convincentes en el artículo ¿Bomba de tiempo, millonarios en Cuba? escrito por Luis Toledo Sande en Bohemia, donde califica de peligro social al sector privado, y asegura puede convertirse en monstruo para este socialismo, como si un almendrón fuera un coche-bomba, y un cucurucho de maní o churros saborizados, misiles enfilados al Comité Central.

Además, resulta injurioso que para este y otros ideólogos conservados en formol, políticos de Pim Pam Pum, estrategas de dominó y el resto de adláteres del discurso gubernamental, buscarse el sustento con esfuerzo propio represente un peligro para la sociedad, y monstruoso a generar empleos que el Estado no puede garantizar por la bancarrota de la infraestructura empresarial.

No obstante a esta innegable realidad, empeñado en su campaña anti sector privado, Sande se pregunta: ¿Es fácil lograr controles perfectos, invulnerables, e impedir que surjan millonarios en Cuba?, y el mismo se responde: Cabe suponer que no, por lo que propone para lograr su retorcido fin: “que los toros sean indóciles, no es razón para ignorarlos, sino para agarrarlos por el cuello y tratar de que no funcionen como bombas de tiempo contra el socialismo”, excretó para finalizar

¿Compañeros millonarios?

El subtítulo arriba señalado, sirvió en abril como el asunto a debate que el último jueves de cada mes celebra la Revista Tema en el café Fresa y Chocolate, en El Vedado, y generó encontradas opiniones, frases hechas, conceptos obsoletos, y ciertas premoniciones sobre la desigualdad que traerá ese “mal necesario” nombrado sector privado, como fuente de empleo en el socialismo.

¿Compañeros millonarios en Cuba? ¿Y por qué no?, si hoy el Estado permite a un militante ser ateo y espiritista o santero a la vez. Además, el partido no expulsa de sus filas a un cuadro macho varón, masculino por ser homosexual, y el gobierno no deporta a su lugar de origen a un cubano -residente en el exterior-, no ya por tener un bote, sino un yate y bojear la isla y los cayos del país.

Si pensamos que un día un camello pueda pasar por el ojo de una aguja, de seguro más fácil que un cubano se convierta en millonario con la venta de tamales, arroz y empanadillas; el alquiler de un local, el corte de pelo y demás empleos privados autorizados en la nación bajo inmensas medidas de control, prohibiciones, elevados impuestos, extorsiones, falta de materia prima, y sobre todo, por la falta de voluntad política, y pese a todo eso, alguno lo lograra ¿qué pasaría?

Y es ahí donde el debate sobre la posibilidad de ser millonario en Cuba toma otro sabor, al estar prohibida por la ley esta monstruosidad. Entonces, ¿por qué algunos trovadores, generales y peloteros, sí, y el resto de la ciudadanía, no? ¿Por qué un alto funcionario gubernamental lo es, o puede llegar a serlo, y un exitoso emprendedor que obtiene ganancias, pero genera empleos, no?

¿Acaso un capador de puercos, un cosechador de ajo, el dueño de una paladar, o una artesana que trabaja en cuero, no tienen el pedigrí patriótico necesario para soñar que algún día puedan llegar a ser millonarios? ¿Tampoco un forrador de botones, un taxista, un herrero, o una mucama? ¿Ellos representan el mal necesario que puede convertirse en una bomba de tiempo para el socialismo, o en esa monstruosidad que anuncian los ideólogos en formol para Cuba y los otros no?

¿Tendrán los cubanos de a pie que vivir y morir a frijol negro, boniato y huevo con arroz, más ciertas mejoras los fines de semana si aparece la cuota normada de fricandel, picadillo texturizado, o un cuarto de pollo; y padecer crisis de indigestión y gastos en pastillas anticagantinas sólo si reciben remesas de un familiar en el exterior o este los visite e invita a una paladar, El Aljibe o La Ferminia, como una rueda de consuelo para los que deben atenerse a lo que el Estado les dé?

¿Seguirán obligados a usar las ropas de segunda mano que recolectan organizaciones caritativas por el mundo para enviar a nuestro país, o compradas entre lo peor y más barato por el Estado para vender en las trapichoping cubanas como productos de calidad? ¿O están condenados a lucir la pacotilla y gangarrias compradas por las mulas cubanas en Guyana, Trinidad Tobago, y Haití?

Al parecer, víctimas de la devoción al gobierno que les secuestró visión y voluntad, los ideólogos conservados en formol y demás adláteres del poder, de espalda a los derechos de la población a disfrutar del fruto de su trabajo, condenan al cubano de a pie a ser millonarios sólo en el número de arrobas de cañas cortadas para un central, o en la cantidad de penicilina utilizada contra una blenorragia de trasmisión sexual – que no social, incurable-, como la ineficiencia del socialismo.