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Dime qué bebes y te diré dónde vives

El barrio es reflejo del país; y si en cada uno hay un comité, también habitan muchísimos alcohólicos, gentes que no saben cómo resolver el día a día

Jorge Ángel Pérez, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Extraño las cortesías que Leisis dedicaba a mi perro durante nuestros paseos matutinos y creo que él también, porque cada mañana se detiene frente al quicio de la puerta en el que ella se sentaba y desde donde le ofrecía un montón de carantoñas a las que Gogol respondía con euforia. Hace dos días supe, en la cola de la bodega, que la mujer había muerto; según los comentarios de algunos fue un derrame cerebral la causa de su muerte, mientras los más osados aseguraron que el verdadero culpable fue el alcohol que estuvo bebiendo durante los últimos años de su vida, hasta el día que murió.

Leisis era una mujer joven que andaba un poco más allá de los cuarenta años. Cuando llegué al barrio la miré cada día desandando el camino que la llevaba desde su casa a la parada de ómnibus, muy bien maquillada y vistiendo el uniforme que distingue a los empleados de ETECSA, la empresa telefónica donde trabajó algún tiempo, hasta que abandonó el uniforme, los zapatos de tacón y el maquillaje…, entonces comenzó a perder peso, mucho, y el tono cetrino de su piel se fue haciendo cada vez más evidente.

Ella era una mujer decente y muy afable, como el marido, a quien todos llaman “el cristalero”, gracias a las destrezas que aun demuestra manejando el diamante que corta el vidrio, aunque también escuché decir en la bodega que ya son muy pocos los que procuran sus destrezas en el corte porque aseguran que tal oficio necesita de mucha precisión, y porque el alcohol es el enemigo peor de cualquier habilidad. Ahora nadie habla de los muchos vitrales que armó ese hombre, ahora es solo un alcohólico, como su esposa difunta; y quizá el único que no los mal juzgó en todo el barrio fueron mi perro y sus iguales.

Es una suerte que Gogol no sepa adjetivar. Él no aprendió a definir como nosotros, él acepta los quereres, y responde de la misma forma. Es una lástima que no todos vean así las cosas, y que supongan el “vicio”, como los antiguos, alejados de cualquier virtud. Nadie se interesa en el barrio en las causas que llevaron a Leisis y a su marido a beber compulsivamente, a “perder el rumbo” cuando lo que más querían era encontrarlo. Nadie quiere saber de las angustias del borracho, nadie comenta sus dolores. Hasta hoy no escuché a alguien que se preguntara por los motivos que llevaron a Leisis a no parar, aun sabiendo que el alcohol acabaría con su vida.

En Cuba el barrio es reflejo del país; y si en cada uno, como cantaba Sara González, hay un comité, también habitan muchísimos alcohólicos, gentes que no saben cómo resolver el día a día, y esa imposibilidad resulta muchas veces la causa que lleva a algunos a montarse en una balsa que los pondrá muy cerca de la muerte, tanto como las intrincadas selvas que muchos se disponen a cruzar para evadir sus realidades. El alcohol es un remedio idéntico a esas balsas, a esas enmarañadas selvas. El alcohol también es evasión.

El bebedor olvida la miseria por un rato, y el alcoholismo, aunque parezca absurdo, también depende del entorno. Quienes estudien el mal debían atender a esa certeza. Si uno recorre esta ciudad notará los muchos alcohólicos que la habitan, y también será capaz de distinguir que el índice de alcoholismo en el Cerro, en Centro Habana o la Cuevita, no es el mismo que en Siboney o Miramar. Bastaría con detenerse frente a uno de esos murales que en los consultorios del médico de la familia advierten los factores de riesgo que producen ciertas enfermedades, para notar la abundancia del padecimiento en ciertos espacios de la ciudad.

Resulta que en Cuba es mucho más fácil emborracharse con un “ron peleón”, con “mofuco”, “bájate el blúmer” o “chispa de tren”, que comprar un paquete de huevos, salchichas o un muslito de pollo. Y notará el lector que no refiero langosta, pescado o carne de res, porque esos solo se comen en la “Zona Cero”, acompañados por vinos franceses o españoles, por rones que quizá puedan costar un “potosí”, como el “Máximo Havana Club” de 1700 dólares.

Los estudios sobre el alcoholismo en Cuba siempre son conservadores y están comprometidos con el discurso oficial. Se habla de 425 mil cubanos enfermos de alcoholismo, cifra que al parecer, y según las tendencias, podría crecer en breve hasta los 850 mil, pero yo supongo que debe ser mucho más. En mi barrio se bebe a diario, y cada día llega el escándalo, la bronca, la “tiradera” de botellas, y luego lo mismo, y más tarde también.

El ron cubano es uno de los principales rubros de exportación en la isla, aunque el discurso oficial denuncie cada día las “patrañas del gobierno norteamericano” que ponen trabas al comercio de alcohol cubano, pero no creo que a Leisis, que ya se fue, o a su marido el cristalero, le importen esos vetos, a fin de cuentas ella no podía pagarse uno de esos rones tan caros, y quizá tampoco se enteró de que la “revolución” se apropió de toda la infraestructura de la Bacardí sin que a ella le tocara algo. A Leisis le interesaba resolver su vida, y si se le hacía muy difícil conseguirlo decidía llenar el vaso y alcanzar, con una borrachera, la felicidad que resulta tan difícil en esta isla de alcoholes aromáticos.