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Caravana de cubanos de Maisí a La Habana

Ellos saben que son miles de kilómetros, pero que en la “capital de todos los cubanos” podrán probar sus suertes

Jorge Ángel Pérez, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.-Este titular podría encabezar la lista de artículos de cualquier periódico cubano, pero hasta hoy no sucedió. Nunca vimos en el Granma una noticia que estuviera precedida por un titular como este, tampoco en Juventud Rebelde. Ni siquiera Cubadebate, una plataforma digital a la que muy pocos tienen acceso porque las veredas hacia las redes son escasas y también costosas, afirmaría tal noticia, aun cuando reconozca que son pocos los nacionales que tienen computadoras o teléfonos celulares, aun cuando sepa que los cubanos prefieren la prensa alternativa, sobre todo porque a esos medios no los asiste la voluntad de trabajar con la verdad.

A pesar de todo eso imaginemos un escenario donde los cubanos que viven fuera de la capital deciden viajar al este para establecerse definitivamente, o de manera temporal, en la ciudad capital. Imaginemos que todo comienza con un grupito de habitantes del punto más oriental de nuestra geografía: la punta de Maisí. Conjeturemos la vida de esos habitantes que miran cada día hacia el faro que distingue a la localidad, mientras sueñan con probar suerte en otro punto de la geografía cubana; ubiquemos ese punto en La Habana.

Tengamos la certeza de que Pedro, Juan, Yassiel, Yadira o un tal Alberto, se hartaron de ver cada día las mismas caras, que se aburrieron de mirar al norte y ver el océano atlántico y de voltear la cabeza y encontrar las aguas del caribe. Estos cubanos del oriente están aburridos de ver el mismo faro todos los días; las mismas piedras, los mismos tonos de colores, todo idéntico, sin variaciones.

Creamos a pie juntilla que hace uno meses se fue Yassiel, que hizo el viaje a La Habana, después de conseguir un empleo mejor remunerado decidió viajar al occidente. El viaje y el empleo no tiene por qué ser el mismo que consiguió Díaz Canel, pero de todas formas es mejor que salir a pescar para que luego le pongan un sinfín de impedimentos a la hora de vender su ensarte. Yassiel hizo el viaje y sus vecinos soñaron con seguirlo luego, aun sin trabajo, sin un techo que los proteja en la capital, pero de todas formas se decidieron. Imaginemos a un grupito de diez jóvenes que se disponen a hacer el viaje hacia occidente, aunque sea caminando, y que así lo hacen.

Ellos saben que son miles de kilómetros, pero que en la “capital de todos los cubanos” podrán probar sus suertes. Ya pusieron a su destino un rumbo, y como son joviales dicen a quienes preguntan por el camino que enrumbaron cual será el final, su destino. La Habana y una vida nueva está en sus imaginarios, y en el de muchos que encuentran por el camino, que preparan la mochila, el jolongo y se unen al pequeño grupo que saliera de Maisí, y luego se les juntan tres más, y luego cuatro, cincuenta, doscientos…, todos cubanos deseosos de probar La Habana.

¿Qué pasa entonces? La Policía es suspicaz e informa de inmediato lo que ve, y el gobierno de alguna localidad más al este, pero todavía en oriente, ordena parar la caravana. Y los muchachos aseguran que van a seguir, que harán todo el camino que los separa de La Habana, que quieren trabajar allí, mirar el malecón, el Capitolio, mirar la plaza cuando se inaugure el nuevo alumbrado. Ellos quieren muchas cosas pero no las explicitan todas, solo las más convenientes, pero no los dejan, los encierran tras desafiar a la autoridad. ¡Qué mala suerte!

Estos muchachos no corren la misma suerte de los que salieran de Honduras, ni de esos que se fueron juntando al grupo mientras atravesaba Centroamérica sin que sus gobiernos pusieran impedimentos. Ellos, los cubanos, no llegarán más allá de sus propias narices, y quizá se pregunten por qué vieron tantas veces en la televisión nacional un sinfín de imágenes de los habitantes de aquellos territorios que están entre la América del norte y la del sur, queriendo poner fin a su viaje solo cuando lleguen a los Estados Unidos.

Esos migrantes orientales vieron, en las pantallas de sus viejos televisores, las diatribas del discurso oficial contra el gobierno de los Estados Unidos, contra el presidente que decidió enviar 5 200 militares a su frontera con México para impedir la entrada al país norteño de esa caterva de posibles inmigrantes. Ellos no consiguen entender cómo aquí si pueden retenerlos e impedirles el viaje en su país, mientras se chilla que Trump toma “desacertadas e injustas decisiones”.

Esos muchachos no hablan de doble rasero, de injusticias, salidas del gobierno del norte, a ellos no les importa otra cosa que llegar a la capital del país y establecerse allí, probar suerte, trabajar, conseguir un mejor futuro. Estos jóvenes, quienes solo salieron de mi cabeza, de mi imaginación, no vienen a ver una función de ballet en ese festival que cuenta hoy con tanto predicamento. Ellos, mis imaginados, vienen a conseguir un futuro que la “revolución” les niega, como hace cada vez que deporta a un ciudadano cubano que no puede establecerse en el punto del territorio nacional que les venga en gana.

Si un éxodo oriental como el que estuve imaginando se produjera, no tardaría en salir el ejército para impedirlo y reprimir con fuerza, con saña, con desprecio. Todo gobierno tiene derecho a recibir a quien le dé la gana, y eso no lleva cuestionamientos, es un derecho más que legítimo. Y mortifica mucho que un país que establece en su proyecto de constitución, exactamente en el artículo 54, párrafo 51, que: “Las personas tienen libertad de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio, cambiar de domicilio o residencia, sin más limitaciones que las establecidas por la ley”.

Y esa ley no permite la migración interna, no permite que usted resida, se empadrone, en el sitio que más le guste, porque un gobierno totalitario lo impide y es capaz de vejar y deportar a sus hijos. Triste país que juzga con doble rasero, que trae a la Habana a quien decide, y los otros, pues que se j… Cuba es tan injusta como sus leyes, pero para que no “se les note”, intentan que pongamos los ojos en otras geografías, en otros gobiernos, como ahora, cuando nos meten por los ojos esas caravanas de centroamericanos y olvida el ostracismo que exige a sus ciudadanos. Claro que no hablo del presidente o de la “engalanada” esposa que lo acompaña en el cumplimiento de cada detalle de su agenda, sin que reconozcan que el viaje es un derecho de todos, esos dos cumplen con el mandato de Raúl Castro, quien de vez en cuando los manda a viajar.