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A rey muerto, rey puesto

Bufonadas en la Feria del Libro

Ángel Santiesteban, en Cubanet

LA HABANA.- Culminó la primera etapa de la Feria “Internacional” del Libro, esa que transcurre en La Habana, y que esta vez estuvo dedicada a la cultura china, o quizá sería mejor decir que a tres o cuatro chinos encargados de encumbrar a los dictadores que gobiernan el “gigante asiático”, esos que viajan por el mundo ensalzando a sus tiranos.

Fue hace mucho que la Feria del Libro de La Habana perdió el poco brillo que alguna vez tuvo, el de aquellos momentos en los que aún se fingía privilegiar la obra de autores nacionales. No fueron pocos los escritores que creyeron en aquel espacio que suponían se les dedicaba realmente; días en que colegas de cualquier rincón de la isla se abrazaban y conversaban sobre sus proyectos, días en que hasta los militares socarrones hacían creer que respetaban el espacio, que no metían sus manos en el asunto.

Y llegó el día en que los verdaderos escritores se fueron ausentando al comprobar que era el Ejército quien mandaba en la feria, que las fuerzas dirigidas por Raúl eran las verdaderas dueñas de los mejores espacios expositivos, de los privilegiados horarios para las presentaciones. Ahora el régimen, sin recato alguno, convirtió a la feria en una payasada en la que prima el discurso, y por supuesto los libros, de bufones vestidos de verde y con charreteras repletas de estrellas. La Feria del Libro de La Habana es hoy un circo donde los militares presentan libros que cuidadosamente redactan sus criados.

Hoy la aparición de un tomo de un escritor verdadero está condicionada. Ahora hay que hacer malabares, más que ayer, con el dinero que queda tras publicar cada uno de los títulos que el poder ordena; y solo entonces se sabrá cuántos autores tendrán la posibilidad de contar con un tomito en la feria, que casi siempre son los de esos que cumplen con el Estado y con sus militares.

Una de la más grandes bufonadas de esta feria fue la presentación del libro: Raúl Castro y Nuestra América, tomo que recoge ochenta y seis discursos del jefe del Gobierno; recopilación que estuvo a cargo de un tal Abel Enrique González Santamaría y que fuera presentada por Eusebio Leal, historiador de la ciudad, hombre de gran notoriedad, entre los poderosos, por su verbo exaltado, que hizo la loa y recontó la historia. Y como era de esperar, alabó a diestra y siniestra a los hermanos Castro, y por ello recibió aplausos en una sala colmada de militares y fieles al Gobierno.

Entre los presentes se pudo ver a Alejandro Castro Espín, el más poderoso de los hijos de Raúl, muy orgulloso por lo que decía Eusebio de su padre, sintiéndose como si realmente fuera un príncipe a quien, por su sangre, le tocará en algún momento dirigir el destino del país. Y quizá esa fuera la más distinguida de todas las presentaciones, la que requirió de las destrezas de todo el aparato de seguridad, y en la que Eusebio, ese que sin dudas ha rescatado en algo la vieja ciudad, tuvo todo el protagonismo siendo el más leal “guatacón” de los Castro.

Sin dudas, en un país donde prima el discurso de campo de batalla, Eusebio tuvo su lucimiento, y los presentes quedaron extasiados, como ratas, ante el sonido de la flauta de un nuevo Merlín. Eusebio habló de Raúl como si se tratara de Dios, pero nada debe extrañar de un hombre educado antes en la Iglesia y luego fiel a los comunistas, quienes por supuesto le dedican algunas burlas, porque solo no se vive en las palabras, porque también hay que probarse en el campo de batalla, y en algunas batallas lujuriosas de esas que le gustan tanto a los “machos” de las fuerzas armadas.

Hace poco Eusebio hacía lo mismo con Fidel, el difunto, pero ahora, ni corto ni perezoso, entendió que llegaba el momento de hacerlo con Raúl. Supongo que Leal, como cualquiera, sabe del complejo de inferioridad que convive con Raúl, y quizá, puesto de acuerdo con el coronel Alejandro, decidiera levantar la autoestima al General. Y ahí estuvo el historiador jugando su mejor papel, con un verbo que crecía, que se levantaba, como lo hace un papalote. Leal, a quien mucho le gusta la historia, nos quiso dejar muy claro: “¡A rey muerto, rey puesto!”

Y todos entendieron, y agradecieron que su palabra reafirmara la autoridad del jefe. Entonces vinieron los abrazos; primero los de Alejandro, el hijo del general, quien tiene más poder que cualquier jefe de los ejércitos regados por la isla. Y se incorporó Abel Prieto al vals, dispuesto al abrazo, pero Eusebio creyó que aquella altura, y la mundana cabellera, no era lo que necesitaba entonces, y delante de las cámaras lo dejó con los brazos abiertos y únicamente dedicó unas palmaditas sobre uno de los hombros elevados del ministro, como quien dice: “Niño, compórtate y déjame trabajar”. Tal detalle visto por todos en la isla despertó suspicacias en el mundillo cultural, suponiendo ciertas desavenencias entre poderes.

Otro de los instantes “cruciales” fue ese en el que aparecieron los mimos al nieto de Fidel Castro que recientemente perdiera a su padre, Fidel Castro Díaz-Balart, quien con su misteriosa muerte ha disparado el número de sospechas, entre ellas un posible asesinato que decidiera la parte del clan Castro que, ahora, tiene la fuerza real. Esto ha sido la última Feria del Libro de La Habana, la que ahora va a provincias de idéntica manera, y que no cambiara en los años próximos, hasta que de verdad se otorguen los espacios, como corresponde, a los escritores, y sobre a todo a esos que ya se expresan con libertad a pesar de las represalias.