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Volver a montar en tranvía

Jorge Luis González Suárez, Primavera Digital

Plaza, La Habana.- ¿Montó usted los tranvías? Si su respuesta es afirmativa, deberá tener por lo menos 62 años.

Este vehículo que circuló durante la primera mitad del siglo XX, fue el primer medio de transporte público más económico y masivo de la población. Quienes lo conocieron hablan muy bien de él. El tranvía dejó una huella histórica imborrable.

Un breve e importante estudio sobre este tema tan poco abordado se vendió en la más reciente Feria del Libro: "Tranvías en La Habana" (Editorial José Martí, 2013), de Lázaro Eduardo García Driggs y Zenaida Iglesias Sánchez, hija de un empleado del medio.

El libro contiene varios anexos como las denominaciones con letras y números de las 32 líneas, el reglamento de los trabajadores y gran cantidad de fotografías.

El lector encontrará en sus páginas numerosos datos poco conocidos aun para las personas que vivieron esa época.

Los antecedentes del tranvía fueron los coches y carretones particulares de alquiler en el siglo XIX. Existió además la empresa "Ferrocarril Urbano y Ómnibus de La Habana", todos con vehículos de tracción animal, que completaban el sistema de transportación de mercancías y pasajeros.

El primer tranvía eléctrico circuló el 22 de marzo de 1901 en la capital. Fue construido en los Estados Unidos. La extensión de los carriles, redes y paraderos por toda la ciudad se hizo con prontitud. Sus modelos se adaptaron con el tiempo sin perder su esencia. La construcción de los carros, siempre de madera, se realizó después en Cuba. Los chasis de hierro y otras piezas eran importados, lo cual les dio su peculiaridad.

La empresa propietaria llevó por nombre The Havana Electric Railway Light Company, cuyo dueño fue el señor Frank Steinhart. Se construyó también una planta de corriente continua que alimentaba la electricidad de los tranvías. El edificio se ubicó en las calles Colón, Blanco y San Lázaro. Prestó servicio hasta 1914. Hoy aun existe este local destinado a otros menesteres.

Las velocidades de circulación estaban reguladas para evitar accidentes. Si la calle era estrecha, 12 Km/h. Si era ancha, 20 Km/h. En línea recta, hasta 40 Km/h, pero en curvas y al doblar las esquinas, no podían exceder de los 9 Km. Estas medidas hicieron que la población se sintiera protegida al trasladarse en ellos. El lema usado por la entidad fue "Viajar en tranvía es tener asegurada la vida sin pagar póliza".

Una notable curiosidad era la última salida del día, algo que hoy llamamos confronta. Su salida de la terminal era a las 10:30 de la noche. Era conocida por el "carrito de las campanillas o de los novios" porque se usaba por estos al regreso de la casa de sus prometidas. Existía un servicio de madrugada desde las 12:00 a las 4:00 de la mañana con frecuencia de media hora. Hoy de día existen rutas que trabajan a hora y media de periodicidad. ¡Qué diferencia!

La cifra de pasajeros trasladada en el primer año fue superior a los 12.2 millones. El incremento de nuevas líneas posibilitó que en 1905, se movieran 29’541,270 personas. Hay que tener en cuenta la reducida población de la ciudad de entonces. Podemos decir que lo alcanzado fue todo un record.

El confort y frescura de los tranvías es algo que aun se recuerda. Tenían 8 o 9 ventanillas por cada lado. Sus asientos fueron primero de pajilla y después de pequeñas rejillas de madera. No se permitía viajar de pie dentro de ellos excepto en las plataformas anterior y posterior en cantidades limitadas. La iluminación interna se hallaba distribuida por todo el vehículo. Podemos afirmar que la comodidad estaba garantizada.

El último viaje realizado por estos coches, antes de desaparecer definitivamente, fue el 29 de abril de 1952. Lo efectuó el tranvía 388 de la línea P2 (Príncipe – Avenida del Puerto). Comenzó a las 11:22 minutos de la noche y concluyó a las 12:08h. El motorista se llamaba J. Amonedo (Nº 3219) y el conductor M. Rey Serrucho (Nº 1172). Viajaron 15 personas y se recaudó 75 centavos.

Si hacemos una comparación con nuestras modernas guaguas, llegamos a una triste conclusión: hemos involucionado. Pero como dice Pánfilo: "Esa es otra historia".

 

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