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“Visita con fuerza y misa con violencia en las personas”

Juan Gonzalez Febles, Primavera Digital

Lawton, La Habana.- La visita de Su Santidad Benedicto XVI y que felizmente concluyó la tarde del 28 de marzo, ha estado matizada por la violencia y el terrorismo de estado que el gobierno cubano empleó a fondo para tratar de lograr una imagen que le garantice solidez y credibilidad a la alianza estratégica en que se empeña con la iglesia.

Lo que ha sido una razzia represiva de envergadura inusual se perfiló desde poco antes de la llegada del pontífice romano a la Isla. Hubo hitos significativos como el desalojo de los trece disidentes que ocuparon el templo católico de Centro Habana o el caso del ex preso político Joel Marín Cárdenas, miembro de Cuba Independiente y Democrática (CID) quien luego de ser liberado de un arresto, era esperado en su casa por una turba parapolicial que destrozó su vivienda y la emprendió a golpes contra él. Marín Cárdenas se debate entre la vida y la muerte en la sala de terapia intensiva de un hospital, con el bazo y el hígado perforados.

Tanto la zona oriental de la Isla desde las provincias Guantánamo y Santiago de Cuba, el centro como el Occidente han sido testigos del recrudecimiento de la violencia empleada por parte del gobierno, durante la visita papal. Los testimonios aportados por los protagonistas de esta última ola represiva son estremecedores. Desde la occidental provincia Matanzas, Francisco Sigler Amaya hizo una declaración que conmueve y que da la medida del valor con que los hombres y mujeres que luchan por el restablecimiento de la democracia respondieron al desafío del régimen militar, pero lamentablemente esta no fue la única.

El gobierno en una forma escalonada que arrancó desde la zona oriental y que como aquella histórica creciente de Blas de Villate, Conde de Valmaseda, -un capitán general y gobernador colonial de España célebre por sus actos genocidas contra los cubanos de entonces- corrió en su desplazamiento del este al oeste de la Isla y cortó los teléfonos móviles de los miembros de la sociedad civil, periodistas independientes, blogueros, opositores y disidentes o cualquiera que les resultara sospechoso de colaborar con las redes sociales asentadas en la Isla. Pero aún así, los detalles de su salvaje respuesta se extendieron rápidamente dentro y fuera del país.

Casi de forma inmediata al corte de la telefonía móvil, fueron cercadas las casas de los actores considerados por el gobierno, como los más relevantes. En unos casos como lo fue el mío, se limitaron al cerco y no hubo provocaciones de mayor envergadura. En todos los casos no fue así. El testimonio de la joven esposa del presidente de ACAPF, hiela la sangre. Describe que tendrá que colgar porque miembros de las paramilitares Brigadas de Respuesta Rápida, se acercan y teme ser golpeada. Sonia Garro arrestada y su esposo lanzado desde una azotea (su casa) porque subió a protestar por el arresto. Sobre el esposo se desconoce su paradero. Presumo que reciba atención médica en algún hospital al que haya sido conducido por los mismos uniformados que le lanzaron al pavimento.

Uno de los más singulares episodios lo protagonizó el activista que en Santiago de Cuba se apoderó de un micrófono y en presencia del séquito papal, gritó sus consignas. El activista fue golpeado por personal de ¡la Cruz Roja! o de la roja cruz, que nunca se sabe. Sobre nuestras valientes Damas de Blanco, poco hay que agregar. Sólo que supe que un joven oficial de la policía Seguridad del Estado, que se hace llamar 'Tamayo', fue designado represor en jefe en Santiago de Cuba por su institución.

El miércoles 28 La Habana parecía una ciudad sitiada. Para quienes leímos la descripción hecha por José Martí de los sucesos de 1869 en el antiguo Teatro Villanueva –un adelanto a lo que décadas más tarde sería periodismo literario- la similitud en términos de ambiente, era notable. La ciudad estaba tomada por policías que por no ser naturales de La Habana, eran para muchos la caricatura de una fuerza de ocupación que no representaba un poder extranjero, pero si el poder ajeno a todos, salido de Birán.

Mientras recorría la ciudad, pensaba en los valientes matanceros y en especial, en Edelvis Granda. Este joven negro fue arrestado con mucha violencia e insultos y conducido con rumbo desconocido. Desaparecido en estos instantes. En Cocody, lanzado desde la azotea de su casa en presencia de su esposa. En el activista de Santiago de Cuba que se apoderó de un micrófono y que ojala no sufra el mismo destino que otro hace varias décadas. Aquel fue conducido al Hospital Siquiátrico de La Habana (Mazorra) y luego de la "atención médica recibida", se babeaba porque no salió bien de la electro terapia aplicada por mandato de los siquiatras y sicólogos de Villa Maristas. Nunca volvió a ser el mismo.

Miraba mi teléfono móvil silenciado al igual que el de casi todos mis colegas de Primavera Digital, la prensa independiente, el movimiento blogger, la oposición pacífica y el movimiento disidente fraguado en una sociedad civil contestataria que simplemente existe. Entonces comprendí exactamente qué quiere decir "soberanía nacional".

Se trata de la capacidad para privarnos de acuerdo con la voluntad del grupo gobernante de Birán, del derecho a salir y entrar libremente del país, de internet, de la televisión satelital, de la carne de res, de manifestarnos libremente en las calles o de ejercer derechos políticos al margen de las orientaciones por ellos dictadas. Gracias al engendro, se puede fusilar y encarcelar sin garantías procesales. También y a partir de ello, es posible mantener encarcelado a un ciudadano extranjero como sucede con el yanqui Gross.

En la esquina habanera de San Rafael y Prado, un vendedor pregonaba el periódico Granma en una cadencia que remedaba la salmodia de la santa misa. El hombre decía, "Llegó el Papa... falta la carne". Más adelante, el parqueador de uno de los hoteles consagrados al turismo en el Casco Histórico, me expresó con asco y un tanto de desdén, que había conseguido su ingreso al turismo luego de afirmar en una planilla, "que no tenía creencias religiosas". Lo dijo mientras miraba con amargura a los turistas que seguían la misa papal, desde la pantalla beam instalada en el lobby del hotel.

Los policías que por racimos de entre tres y cinco hicieron su trabajo en muchas esquinas de la ciudad, también manifestaron a su forma y dentro de su estilo la inconformidad generalizada. "No dormimos. De aquí vamos a la unidad para dormir dos o tres horas y 'pa cá'. ¡La gente no nos considera! Que ganas tengo que se acabe de ir el Papa, ¡coño!" Esto me fue manifestado por un policía oriental y revolucionario.

Pero la joyita del día la aportaron un grupo de jóvenes raperos. Cuando les pregunté donde podía comprar un paquete de café, uno de ellos me dijo: -Tío, va a tener que esperar que terminé la visita con fuerza y la misa con violencia de esta gente.

-Bueno- dije mientras me alejaba.

 

 

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