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Viaje a pueblos muertos ( I y II )

Alberto Méndez Castelló

PUERTO PADRE, Cuba, julio, www.cubanet.org - Un evento científico sobre comunidades rurales, auspiciado por la universidad Vladimir Lenin, de Las Tunas, tuvo una subsede aquí, el pasado 29 de junio. Especialistas del Reino Unido, Uruguay y Cuba, estudiaron, entre otros imperativos, cómo reanimar la cultura rural.

Los participantes visitaron un conjunto de edificios de apartamentos, un barrio de pescadores y otro de antiguos campesinos, instalados al otro lado de la carretera circundante al extremo sur de Puerto Padre.

Construidos por micro brigadas, en los años setenta, en los edificios del distrito conocido por La Micro residen personas de los más disímiles orígenes sociales, los menos son campesinos. El barrio Boquerón, junto al litoral, en otro tiempo habitado por pescadores, cuando aquí había una próspera actividad, hoy apenas cuenta con barcos, y, luego de que el ciclón de septiembre de 2008 se llevara el atracadero, este es un puerto sin muelle.

Itabo es voz indígena que aquí todavía se emplea para nombrar un antiquísimo camino carretero. A ambos lados de Itabo crecieron cañaverales, sembrados de plátanos y de otros cultivos, además de potreros, cuyos dueños, desde las postrimerías de la década del setenta, comenzaron a vender para solares. Desde entonces puede verse allí gente de campo. Ahora existen desde bohíos hasta chalets, pero no hay tiendas, farmacias, ni nada que les haga la vida cómoda; no hay calles pavimentadas, ni alcantarillado, y la mayoría de los vecinos hace sus necesidades fisiológicas en letrinas, contaminando las aguas del manto freático. Itabo es un barrio de campesinos sin campo.

¿Qué hacen en Itabo, El Boquerón o La Micro quienes estudian las comunidades rurales? ¿Qué cultura rural pueden reanimar en quienes salieron del campo porque de él no consiguieron sacar más que sus bohíos llevándoselos en una carreta?

Ahora las autoridades entretienen los ocios de los campesinos putativos llevando juegos rurales a tales lugares, que no son comunidades campesinas, con todo y que la sociología haya incorporado nuevos conceptos como el de “la nueva ruralidad”. La mayoría de las comunidades rurales de este municipio desaparecieron con el batey, la aldea nacida con la grúa cañera y el ramal de ferrocarril, que les dio vida uniéndolas con el central azucarero, valga decir con una civilización ya fallecida en esta Isla.

Las autoridades bien pudieron pedir a los integrantes del evento científico que concentraran sus estudios en Pozo Prieto, Merchán, La Caoba o La Julia, comunidades verdaderamente rurales, cuyos vecinos están emigrando hacia los barrios marginales de las ciudades, donde la vida es más llevadera que en el rudo ambiente campesino.

Desaparición del batey

Para reanimar la cultura rural en Cuba debían, en primer lugar, resucitar el batey. Pero el batey sólo es posible levantarlo sobre una economía agroindustrial próspera, imposible de lograr con la planificación socialista.

Establecidos en el campo con el único propósito de ganar dinero produciendo caña para fabricar azúcar, los pobladores del batey fueron, mayoritariamente, gente de los barrios marginales de las ciudades, o inmigrantes europeos, norteamericanos y caribeños. Obreros agrícolas, operadores de grúas, pesadores, tractoristas, camioneros, carreteros, tenderos, cocineros, mecánicos, administradores, capataces, contables, colonos…

Desde la nacionalización de la mediana propiedad rural, por la Segunda Ley de Reforma Agraria, en octubre de 1963, y hasta la generalización del corte de caña mecanizado, bien entrados los años setenta, miles de… “voluntarios,” fueron llevados a cortar caña y repartidos por cuanto batey contara con albergue suficiente. No pocos hombres de ciudad se casaron con mujeres de campo y vivieron en él hasta la desaparición del batey de la campiña cubana.

Pero, en esencia, aunque no puede considerarse el batey como zona urbana, al carecer de calles pavimentadas, alumbrado público, alcantarillado o acueducto, ninguna de estas personas, habitantes permanentes o temporales del batey, puede considerarse gente de campo o población campesina, a pesar de la ruralidad atribuida por conceptos sociológicos a quienes viven en la ciudad y trabajan en el campo manteniendo rasgos de cultura campesina.

Población campesina es más que un concepto demográfico o sociológico, en tanto es la que aporta color, olor, sabor, sonido y textura al campo de cualquier país, y, sobre todo, es el segmento de población que además de proveerla de alimentos, imprime en la nación valores éticos y persistencia como pocos cuando el estatismo la invade.

En 1953, la población cubana era de seis millones de habitantes en cifras redondas. Trescientos cincuenta mil eran trabajadores agrícolas que sólo percibían 190 millones de pesos, el 10 % de los ingresos nacionales. Con tan escaso presupuesto debían mantener a sus familias, dos millones cien mil personas, un poco más de un tercio de la población del país vivía con un promedio anual por persona de 91.56 pesos, $ 0.25 por día. A pesar de ese estado de necesidad, en el campo cubano prácticamente eran desconocidos los delitos de hurto y sacrificio de ganado y de robos con fuerza.

En 2002, poco más de once millones de habitantes integraban la población cubana, de ellos poco más de cuatrocientos mil trabajaban en la agroindustria azucarera, percibían sólo 1/20 parte del precio de la libra de azúcar exportada, a 0.10 USD, y con tales ingresos debía sustentar a sus familias, poco más de dos millones de personas. Ocioso resulta repetir en qué medida están afectando a la economía y a la sociedad cubana los delitos contra la propiedad y la falta de valores morales por la transculturización del comunismo de Europa del Este hacia la sociedad rural cubana.

Las leyes de reforma agraria, de mayo de 1959 y octubre de 1963, lejos de ser vehículos para incrementar la población campesina, fue el instrumento jurídico empleado por el régimen para impedir al obrero agrícola transformarse de proletario en propietario, según cánones estalinistas. No bastándole con mantener una masa de asalariados en condiciones semejantes a las del empresariado que tanto criticó, el régimen concibió nada menos que la extinción del campesino cubano.

Al respecto, diría el propio Fidel Castro: “Al organizar aquellas cooperativas en las empresas cañeras, dábamos un paso adelante en relación a lo que había significado la parcelación de aquellas tierras… desde el punto de vista social había sido un retroceso, porque aquellos obreros los habíamos transfigurados de obreros, de proletarios, en campesinos”.

Se refería a las tierras expropiadas al latifundio, las que, en lugar de incrementar la propiedad campesina y con ella la población rural, entregándosela a quienes la trabajaban, originaron el Estado latifundista. Esas son hoy las miles de hectáreas de terrenos de labranza declaradas ociosas, sin producir durante años, causantes del desabastecimiento de productos agrícolas y de los precios prohibitivos.

 Para extinguir al campesino, pretendieron colectivizarlo, diluyendo lo que más aman, la tierra, en esa suerte de koljós estalinistas al que llamaron Cooperativas de Producción Agropecuarias (CPA). El crimen de lesa humanidad no se produjo por completo, gracias a la resistencia ofrecida por algunos campesinos, y, finalmente, por el derrumbe de la Unión Soviética, al verse privado el régimen del sostén económico que necesitaba para esta aventura de magnitud genocida.

Desaparecido el batey, núcleo socioeconómico, de apoyo logístico y espiritual en la vida rural, los campesinos apocados, los que no confiaban en sí mismos, se integraron a las CPA. Y otros le “aportaron” sus tierras, a cambio de una pensión vitalicia, o las vendieron para comprarse una casa en la ciudad.

Ya para 1975, 66 mil campesinos se habían integrado a las CPA, 97 mil mantenían sus propiedades asociados a las Cooperativas de Créditos y Servicios (CCS), mientras recibían un acoso sistemático, en forma de “persuasión”, para integrarlos. Y sólo unos 9 mil campesinos mantenían su estatus individual en las llamadas Asociaciones Campesinas, unas 250 en todo el país. Las CPA sumaban 1 398, según fuentes oficiales.

 Pese a tan tremendo acoso sociopolítico para conseguir la colectivización del campesinado cubano, no pocos se mantuvieron firmes en sus terruños, y, cuando la mayoría de las CPA cayó en bancarrota, serían ellos, los apestados, quienes llevarían el peso de numerosas producciones agrícolas en el país.

Hoy, se exige a los habitantes del campo (20 % de la población, aproximadamente) que, con apenas recursos y sin incentivos materiales y espirituales, produzca no sólo para alimentar al 80% que viven en las ciudades, sino también a la industria turística y a los usufructuarios de una política basada en la diplomacia de vitrina.

El campesino cubano es víctima del desprecio oficial y de la ridiculización caricaturesca de casi toda la sociedad. No en balde nuestra debacle en la producción agrícola. Luego de provocar el abandono del campo, el régimen pretende ahora hacerlo productivo entregando tierras baldías en usufructo. Hasta hace muy poco, se prohibió a los usufructuarios fabricar un bohío en las tierras cultivadas. Ya se les autoriza, constituyendo el primer paso en el largo camino para repoblar el campo cubano.

¿Renacerá la aldea en Cuba? Le llamemos batey, chucho, caserío… debe ser el punto más cercano entre la familia campesina y la ciudad, donde el comerciante y el herrero, entre no pocos del clan citadino, se encuentran con el agricultor, entendido este como el encuentro más amigable entre lo urbano y lo rural. Presencia rural encontramos hasta en las ciudades proyectadas por el urbanismo más presumido, la sentimos en los árboles, las flores y el césped; está en la literatura, el cine, la danza, el teatro y la música. Luego, si en realidad queremos una Cuba próspera, con una cultura rural reanimada, ¿cómo negar la presencia urbana en el ambiente campesino?

 

 

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