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Veteranos y jubilados, los desechables

“¿Te retiraste? Pues dale para el vertedero”, dice un entrevistado

Roberto Rodríguez Cardona, en Cubanet

GRANMA, Cuba.- “Me desgraciaron la vida a los 19 años, cuando pisé una mina terrestre y perdí la pierna derecha, el nervio ciático de la otra y un dedo de la mano izquierda. Me retiraron y desde entonces el Gobierno sólo me da una chequera de 80 pesos mensuales, y cuando se acaba… a pasar hambre”.

Así refiere Ramón Rojas Alba, de 48 años, excombatiente de la región de Menongue, en Angola, 1987, al rememorar lo que ha sido su vida desde que volvió a Cuba luego de cumplir con su “deber de revolucionario internacionalista”. Ramón, como otros tantos, no tuvo el privilegio de continuar en las Fuerzas Armadas, para garantizarse una vejez acomodada, “y aquí estoy, ‘muriendo’ mi vida, en una casa destartalada del Reparto Caimari, en Manzanillo”.

 “A los que estuvieron conmigo allá, obligados por el Servicio Militar, tampoco le han dado nada, que yo sepa”, aclara el internacionalista mutilado. “Los que conozco andan igual que yo, en aquel momento nosotros ofrecimos la vida por la revolución, pero se lo tomaron en serio y ahora hacen de ella lo que les da la gana, menos preocuparse por  nuestra situación, no les importa si comemos o si andamos en cueros (…) total ya no les servimos para nada”, afirmó categóricamente al terminar.

Contrario a lo que el Gobierno cubano informa por sus medios oficiales, la situación de abandono y desamparo institucional que afecta la población cada vez empeora y no existe preocupación por resolverla. No sólo están los críticos casos de los veteranos de guerra, muchos de ellos dañados física y psicológicamente. El grupo más extendido incluye las personas de la tercera edad que dependen de limitadas chequeras de jubilación o carecen de pago y ayuda social.

Constitucionalmente, el Estado cubano se responsabiliza por garantizar la dignidad plena del hombre y el disfrute de sus derechos; que no haya persona incapacitada para el trabajo, sin medios decorosos de subsistencia; y trabaja porque no haya familia sin una vivienda confortable.

Según expertos, la isla enfrenta el envejecimiento más dramático en América Latina. El 18,3% de la población supera los 60 años; cifra que aumentará según estimaciones a casi 26% en 2025. O sea, uno de cada cuatro cubanos superarán esa edad, promediando 156 ancianos por cada 100 niños.

El problema se agudiza si se toma en cuenta la esperanza de vida en Cuba de 77,8 años, el alto índice de emigración juvenil y el bajo índice de natalidad.

Actualmente, muchos retirados cubanos sufren limitaciones y carencias, sumando a eso las enfermedades propias de la vejez. Fragmentos de entrevistas concedidas por otros jubilados granmenses del Reparto Caimari, en Manzanillo, demuestran que Ramón no es un caso aislado.

“Siéntese”, dijo José Manuel Solano, mientras me ofrecía su más cómodo asiento, un viejo latón de pintura. El otro es un pequeño banco de madera, que chirrió al deformarse bajo el peso del anciano: “El 19 de este mes cumplo 74 años, pero como me retiré antes de tiempo no tengo chequera, ni asistencia social, cuando te llega la vejez, si no tienes un familiar que te cuide, casi es mejor morirse, no importa si trabajaste o no para el Estado, ni por cuánto tiempo, al final te olvidan y quedas para hacer mandados”.

“Por no tener, no tengo ni tarjeta de comida hace más de veinte años”. Señala un viejo tanque donde conserva el agua potable y continúa: “Lo único que tengo del Gobierno es una multa de 50 pesos, porque estaba mal tapado. Mira tú… en vez de ayudarme, me quita lo poco que tengo”.

Félix Alba Mustelier, un anciano cansado de malvivir, nos cuenta de su abandono total. Su único familiar allegado es su hijo y está preso. “Mi situación a nadie le preocupa. Soy asistenciado, pero ninguno viene a saber cómo uno vive, ni los problemas que tiene. Ni siquiera los de bienestar social aparecen, a mí nunca me han ayudado”.

“Yo no le echo la culpa de esto a la revolución, sino a los dirigentes. El Estado me da una chequera que solo alcanza para pagar ese almuerzo malísimo que nos venden”, añade.

“Duermo ahí en esos cartones y esos trapos son mi almohada”, dice señalando unos pedazos de cajas tirados en el suelo. “Tuve una camita pero me la robaron”. Mira al techo agujereado y continúa, “cuando llovizna tengo que arrinconarme bien, porque cuando el viento sopla todo se empapa. No sé cómo voy a pasar esta primavera aquí”.

Justo René Savón, otro entrevistado que vive en la indigencia, con voz ronca y pausada dice: “Yo era Policía. El Gobierno me utilizó y ahora me ha abandonado. No me ayuda de ninguna forma, ni siquiera recibo chequera. Hace años que vivo rodando y de la caridad ajena”. Señala un puesto de viandas cercano y continúa: “Estoy botando la basura de ahí, a ver si me gano dos pesitos para ver si puedo comer algo hoy”.

Al solicitar información al respecto en la Delegación Provincial del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social, Lizet Pérez, jefe de Departamento de Asistencia Social argumenta: “La situación es crítica y se agrava por la crisis que vive el país, los casos que necesitan ayuda de diversa índole son incontables y se trata de solucionar el máximo posible, comenzando con los casos de peor condición, pero los recursos que tenemos alcanzan solo para solucionar una ínfima cantidad de casos”.

Los pocos centros destinados al cuidado del adulto mayor, no cubren las necesidades mínimas en cuanto a capacidad y demanda.

José Ferrales Sánchez, un bayamés que participó en guerras fuera de Cuba, refiere: “Los retirados somos personas desechables. Aparte de que no te ayudan, te interfieren. Tengo a mi madre inválida y con demencia. La casa se me está cayendo a pedazos y llevo años haciendo trámites para arreglarla (…) ¿Y tú crees que me han ayudado? Nada de nada. Cuando te jubilas no vales y nadie se acuerda de lo que hiciste. Aquí la burocracia no cree en méritos, ni trayectoria. ¿Te retiraste? Pues dale para el vertedero de los jubilados”.