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Vagancia institucionalizada

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, mayo, www.cubanet.org - Será difícil hallar en nuestro hemisferio otro país donde se trabaje menos que en Cuba, y donde, a la vez, los trabajadores acumulen tantas quejas y frustraciones, lo que es decir, tan pocos motivos para celebrar. Sin embargo, aquí estamos de nuevo, marchando masiva y festinadamente -sin una sola protesta, sin una sola demanda-, para conmemorar el día internacional del trabajo.

Cuando los historiadores o más bien los psiquiatras del futuro se propongan estudiar este estatus de minusvalidez general al que hemos sido reducidos, como fría estrategia de dominio, con una nación en bancarrota, pulverizadas todas las estructuras, las tradiciones y los valores identificativos, y, no obstante, sin ánimos y sin el menor interés por emprender la recuperación, posiblemente concluyan que todo empezó el día en que el trabajo perdió para nosotros su verdadera función y empezó a convertirse, como todo lo demás, en consigna hueca.

La nuestra muy posiblemente sea la única nación del planeta donde el trabajo ha perdido su incentivo como propiciador básico de la existencia y como generador del progreso, descontando, claro, sus pérdidas como formador moral y espiritual.

Lo que ha tenido lugar en la Isla, a lo largo del último medio siglo, es la institucionalización paulatina pero implacable de la vagancia como parte de un sistema de poder que más que explotar nuestro trabajo, eligió hacerse fuerte a costa de nuestra apatía ante la lucha por la vida, estimulando la falta de esfuerzos y de iniciativas, premiando la grisura de intelecto, y, en fin, amoldándonos desde pequeños en la idiosincrasia del rehén, a quien se le asegura la vida, precariamente, sin que mueva un dedo, sólo a cambio de que no se rebele.

Ni a Hitler, ni a Stalin, ni a Lenin, ni a ninguno de los ambiciosos y envilecidos reyes o emperadores que en este mundo han sido, se les ocurrió lanzarse con una coartada tan chapucera pero a la vez tan efectiva para atornillarse en el poder.

Quizá tampoco ninguno entre ellos habría conseguido hacer funcionar tan bien y durante tanto tiempo un sistema que se sostiene, sin avanzar pero sin que acabe de hundirse, no con el trabajo de la gente que esclaviza, ni con la eficacia de su propia gestión económica, sino a través de la doble subvención parasitaria: desde el exterior hacia el régimen y desde el régimen hacia sus dominados.

Mucho se habla y escribe al respecto, pero me temo que este fenómeno no haya sido estudiado suficientemente, en todos sus resquicios, como lo que verdaderamente es: la causa primera y fundamental de nuestras desgracias actuales y nuestra mayor hipoteca de cara a un futuro que ya se avizora a corto plazo.

El desapego, la falta de hábito y el abierto menosprecio que manifiestan ante el trabajo la mayoría de los cubanos -y no sólo los más jóvenes, como suele decirse- puede contar con fuertes atenuantes justificadores, pero ello no nos impide estar situados en la cola de la civilización, ni evita que veamos el futuro democrático mucho más lejano de lo que tal vez hoy estamos dispuestos a reconocer.

Podemos seguir buscándole la quinta pata al gato a la hora de explicar por qué la mayor parte de las tierras fértiles del país han permanecido yermas durante decenios, o por qué nuestras producciones de bienes materiales no se acercaron jamás a la suficiencia, como no fuera en los informes de la prensa oficial.

Pero el motivo es uno, único por la contundencia sobre los demás: la función del trabajo, según su real significado, o sea, en tanto conducto para el desarrollo y herramienta para la conquista de la independencia individual -por limitada que ésta fuere, y ya sea independencia ante el entorno natural o ante las trabas impuestas por los hombres-, ha sido sistemáticamente enrarecida entre nosotros. No, como suele afirmarse, gracias a una larga cadena de torpezas administrativas, ni a fallos más o menos graves en el sistema de educación, sino a lo trazado por un meticuloso programa de gobierno dictatorial.

Todavía hoy, uno no sabe si llorar o hacer gárgaras ante el espectáculo de un grupo de ancianos caciques cayéndose en pedazos, sin disposición para dar un solo paso al frente, pero listos para continuar parapetados hasta el fin tras sus insultantes equivocaciones. Y ellos, nadie menos, son quienes nos hablan sobre la necesidad de revitalizar el espíritu del trabajo y la lucha contra la corrupción.

Desde luego que el trabajo deberá ser medicina de urgencia para los males generados por cincuenta años de abulia y de múltiples involuciones con respecto al mundo real. Pero no hay forma de que lo asumamos con seriedad si antes no mandamos definitivamente para el basurero de la historia a quienes, con plena conciencia, impunemente, nos privaron de la primordial y más enriquecedora entre todas las virtudes de los seres humanos: las ganas de trabajar.

 

 

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