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Una patética y lamentable conmemoración

Juan González Febles, Primavera Digital

Lawton, La Habana.- En la vecindad del 90 aniversario de su natalicio, hoy Fidel Castro es presentado como el profeta, apóstol y maestro. Además, como constructor del socialismo en Cuba e inspirador del pueblo. Un pueblo afortunado por vivir bajo su régimen. De él, se dice es la encarnación física y espiritual del Estado y representa la supuesta unidad del pueblo cubano con su obra.

El abominable culto a la personalidad de Fidel Castro no hubiera podido iniciarse ni persistir sin la licencia del propio líder. Su “modestia inmodesta”, este último, un término aportado por el estudioso británico de la biografía de Stalin, J. Plamper, queda fehacientemente demostrada por la actitud del líder histórico de nuestro desastre, en términos de la imagen pública que promovió o permitió promover sobre su persona.

Los medios oficiales tratan y han tratado de vincular su malhadada herencia con las enseñanzas del Apóstol de nuestras libertades, José Martí.

El ataque terrorista el 26 de julio de 1953 a dos cuarteles del ejército constitucional cubano, a una dependencia del Poder Judicial y a un Hospital Civil, este último para disponer de mejor ángulo de tiro y además, para usar como escudos humanos a los pacientes ingresados, fueron presentados como de la autoría intelectual de José Martí. Ciertamente, nadie en su sano juicio sería capaz de concebir a Martí como promotor de prácticas terroristas. Nadie con un adarme de decencia podría tan solo imaginar a Martí, escudándose con pacientes ingresados en una instalación consagrada a la asistencia médica.

No obstante, el culto a la personalidad del ex dictador continúa. Este es sostenido por la izquierda corrupta latinoamericana o del resto del mundo. Esa izquierda en que sus líderes más connotados disponen de millonarias cuentas secretas, obtenidas, según afirman, con el “ahorro de sus salarios” o las “donaciones” hechas por los humildes a quienes dicen defender. Los más recientes casos de Lula Da Silva, Dilma Roussef, Cristina Fernández y hasta Hebe Bonafini, con flechas dirigidas hacia el gamberro Pablo Iglesias, de Podemos, son más que ilustrativos.

Deificar al culpable en jefe del colapso de la nación cubana, de sus instituciones, de la derogación de la Constitución del 40, del establecimiento de la pena de muerte y de cada uno de los hitos de destrucción que pesan sobre todos los cubanos, es abominable y ofensivo para el país cuya destrucción promovió y realizó. Pero se hace y está en marcha.

El promotor demostrado de secuestros, narcotráfico, insurgencias, lavado de dinero y otras minucias, el dueño y detentador de una discutible y fraudulenta reserva en que todo cabe y que se mantiene y mantendrá fuera de cualquier escrutinio ciudadano, es homenajeado. Lo es y será por su noventa aniversario, en el marco de la más patética y lamentable conmemoración que recuerde la historia política cubana.

Quien afirmó en nuestra tierra las asonadas nazi-fascistas conocidas por mítines de repudio, el culpable en jefe de las golpizas a mujeres y activistas pacíficos, el culpable en jefe de cada vida perdida en el Estrecho de La Florida, hoy nos agobia con el culto a su personalidad. Nos agobia el heredero directo de Balmaceda, Concha, Dulce, Weyler y hasta Benito Mussolini, el promotor primado de ejecuciones sumarias y ejemplarizantes. Frente a esto, solo decir ¡Basta!