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Una nueva embajada para una vieja dictadura

La pregunta que pocos se hacen es, ¿Qué cambiará ahora realmente para los cubanos de “allá” y de “acá”?

Miriam Celaya, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Con exagerada fanfarria finalmente tuvo lugar la reapertura de la embajada cubana en Washington, y a juzgar por la profusa cobertura de los medios con sus atractivos titulares y fotografías en las primeras planas de casi todos los periódicos, parecería que no acontecía nada más tan relevante en el mundo.

La (re)inauguración de la sede diplomática cubana recibió en algunos de esos medios el mismo tratamiento que las estrellas de cine: galerías de fotos con imágenes del antes y el después, instantáneas -ya no tan ofensivas- de la primera inauguración del edificio en los años republicanos, un trabajador de las obras actuales posando orgulloso en el portal de la renovada sede y exhibiendo en el brazo tatuado el rostro del Che Guevara, una tarja cubierta para ser develada en el momento del estreno, y la bandera izada en el mástil; ni más ni menos que como todas las banderas en las sedes diplomáticas del mundo entero… Sin dudas, la proverbial vanidad insular estuvo de plácemes.

Una nutrida delegación oficial viajó desde la Isla, a costa del erario público, para asistir al jolgorio que celebraba alegremente la capitulación del castrismo y que -con esa habilidad para los eufemismos- el discurso gubernamental ha acuñado como una “victoria de la revolución”. Entre ellos figuraban varios representantes de la “sociedad civil” gubernamental que ofreció el bochornoso espectáculo de los mítines de repudio orquestados durante la pasada Cumbre de las Américas, en Panamá, y que ahora recibieron el premio de un viaje de estímulo al Imperio del Mal que tantos bienes provee.

Ni qué decir del reportaje transmitido desde el noticiero nacional de la televisión cubana en el que, por primera vez en 56 años, hubo un sorprendente panegírico sobre la nación norteña, con encomiásticas referencias a la belleza de sus paisajes, a sus riquezas naturales, a su robusta economía, a su productividad, a su sólido patrimonio cultural y a los valores de su pueblo. De no haber desarrollado durante décadas una defensa natural contra el cinismo, los televidentes hubiesen convulsionado. Definitivamente, los combatientes veteranos de la larga guerra contra el enemigo imperialista se han quedado sin contenido de trabajo.

De “histórico” ha sido calificada la apertura de embajadas; y en efecto, lo es, después de más de 50 años de ruptura de relaciones y confrontaciones. Sin embargo, más allá de las adjetivaciones pomposas y del hecho simbólico de la apresurada restauración de la vieja casona que fuera (hasta hace poco) Oficina de Intereses de Cuba en la (hasta apenas ayer) capital enemiga, las preguntas que pocos se hacen son: ¿Qué cambiará ahora realmente para los cubanos de “allá” y de “acá”? ¿Cuán positivamente se reflejará en la vida del ciudadano común esta metamorfosis?

Por estos días han menudeado los comentarios de prensa acerca de la supuesta expectativa que ha despertado entre la población de la Isla la apertura de embajadas en ambas naciones. Obviamente, no existe unanimidad en los criterios de quienes han sido interpelados sobre el asunto ni todos defienden los mismos intereses. Por ejemplo, los artistas y académicos que se benefician con los programas de intercambio cultural se muestran optimistas, y así también quienes tienen familiares residentes en Estados Unidos y ven en la apertura de la embajada cubana en Washington una posibilidad de que se viabilicen los permisos de entrada de los emigrados.

Pero a medida que avanza la “normalización” en la esfera diplomática, crece también la preocupación de que eventualmente se limite el otorgamiento de visas para viajar a Estados Unidos. Hay quienes aseguran que en los últimos meses ha habido un recorte drástico de autorizaciones a viajes por parte de la Oficina de Intereses en La Habana. Sea esto real o hipotético, lo cierto es que la expectativa más tangible del controvertido idilio Obama-Castro se relaciona con las aspiraciones a los viajes y no con una esperanza de que se produzca una mejora en la situación interna de la Isla.

Por otra parte, entre los aspirantes a emigrar hay una creciente inquietud acerca de la posible derogación o modificación de la Ley de Ajuste, lo que ha desatado una nueva estampida bajo la forma de emigración ilegal de cubanos, tanto por mar como a través de las fronteras, especialmente desde varios países latinoamericanos. Cada semana se cuentan por decenas los que han sido interceptados en el Estrecho de la Florida o en cualquiera de las fronteras de Centroamérica, o en la de México. No creo que exista una mejor encuesta sobre las expectativas de las negociaciones que esa fuga permanente.

Mientras, hacia dentro de Cuba, nada ha cambiado significativamente. Ni tiene trazas de cambiar. Aunque podría afirmarse que la opinión general de los cubanos es la aprobación al restablecimiento de relaciones, nadie parece esperar una flexibilización que amplíe las libertades económicas, políticas y sociales de los cubanos. En cualquier caso, el protagonismo mediático de la diplomacia y las correspondientes celebraciones pletóricas de sonrisas, apretones de manos y mojitos no llenan los platos en las mesas. Muchísimo menos apuntan a calmar el hambre de libertades que continua extendiéndose, como otra silenciada epidemia, entre los mejores hijos de esta Isla.

Y aunque ahora la lógica trazada desde las agendas de los diálogos oficiales apunte como prioridades el Embargo -cada vez más simbólico que real-, la emigración, la indemnización por las expropiaciones de los primeros años de la revolución o una base naval cuya ocupación o devolución no significa realmente nada para la mayoría de los cubanos; cada vez se hace más evidente que va siendo hora de cargar la mano en un tema tan crucial como el de los derechos humanos, empezando por la inclusión de los reclamos de reconocimiento y participación de la sociedad civil independiente, y el establecimiento de un diálogo nacional que refleje las aspiraciones de todos para el presente y porvenir de Cuba. Mientras eso no ocurra, la tan cacareada “nueva” embajada cubana en Washington será apenas mero retablo para el espectáculo de los títeres de la Plaza de la Revolución.