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Una enfermedad incurable

José Hugo Fernández

LA HABANA, Cuba, febrero, www.cubanet.org -Una vecina, anciana con algo más de 70 años, anda muy desconsolada en estos días porque le negaron la visa para ir a reencontrarse con su hijo, en Miami. Casi en la misma proporción en que le dolió esa negativa, le ha contrariado y ofendido y hasta enfurecido que sí le concedieran visado a su exmarido.

Ella es, desde siempre, una fidelista de rasga y rompe: militante, colaboradora de la policía, miembro de las Brigadas de Respuesta Rápida y todas las demás taras con que se cuece aquí la identidad revolucionaria. Él, un ex-dirigente del régimen, tronado desde hace muchos años, es alcohólico y vagabundo impenitente.

El único hijo de ambos vive en los Estados Unidos desde hace 14 años, cuando abandonó una misión internacionalista, en la que laboraba como enfermero, para escapar en busca de nuevos horizontes. Nunca más pudo volver a la Isla, el régimen se lo ha prohibido, razón por la que mi vecina no sólo estaba feliz ante la perspectiva del viaje, también estaba segura de que le certificarían el visado, pues, según sus palabras textuales, la reunificación de la familia es un derecho humano que el gobierno estadounidense no debía negarle.

No seré yo quien juzgue su caso. No me interesa el papel de juez, algo que -no sé si por suerte o desgracia- siempre están dispuestos a hacer con gusto mis paisanos. Además, supongo que a estas alturas sería redundante condenar a mi vecina al infierno, puesto que como tantos otros (ancianos o no, pero sobre todo ancianos), lleva ya el infierno dentro de sí, cayéndose a pedazos, desilusionada pero incapaz de reconocerlo, por lo que se enrosca en sí misma como las cochinillas, insensible a todo lo que no sea sobrevivir a cualquier precio.

Debe ser angustioso volver la vista atrás, desde la vejez, y no ver sino caos y equivocaciones. Pero nunca lo será tanto como mirar hacia adelante y no ver nada.

Tal es hoy el drama de mi vecina y el de muchos otros como ella, rastrojo de la desintegración moral que fría y metódicamente cultivara el totalitarismo fidelista en Cuba. Alguna vez, en el futuro, sus biografías quizá resulten útiles para los historiadores y para los psicólogos sociales. Mientras, y como no es posible agregar algo nuevo a lo que ya se ha dicho sobre el asunto, me parece más provechoso, y hasta saludable para el espíritu, enfocar la atención hacia otro objetivo.

Pongamos por caso el epifenómeno de su exmarido, y de tantísimos otros como él, que después de haberse roto el lomo durante toda la vida trabajando para el régimen (y en no pocas ocasiones entregándole su integridad cívica y su honor), resulta que ahora vuelan hacia los Estados Unidos -el cubil del Enemigo-, en busca, no sólo de la reunificación familiar, por la que nunca antes se interesaron, sino, sobre todo, de garantías para la vejez que aquí no encuentran.

De esta forma no es al régimen por el cual echaron al tragante su moral y todas sus fuerzas vitales, sino a los contribuyentes del repudiado capitalismo estadounidense, a quienes ahora les toca asegurarles una vejez sin sobresaltos, digna, con atención médica y medicamentos gratuitos al alcance de la mano. Y sin que hayan disparado jamás un chícharo por el bien de esa sociedad.

Conozco el caso de otra señora con más de 65 años de edad que se ha instalado en Hialeah, luego de pedir residencia mediante la Ley de Ajuste Cubano. Por haber trabajado durante más de 40 años en la Isla, recibía aquí una pensión equivalente a unos 10 dólares, la cual, por cierto, le fue suspendida (violando la ley de seguridad social) tan pronto cumplió 11 meses de estancia en los Estados Unidos y las autoridades del régimen supieron que no regresaría. Pero ni falta que le hacen esos 10 dólares, pues allá recibe un subsidio más de veinte veces superior, sin contar las jugosas ventajas del Medicaid.

Esa señora, cuyo caso no es excepcional sino la media dentro de miles de ancianas y ancianos cubanos que han emigrado últimamente hacia el norte, y que continúan emigrando, ha venido ya dos veces de vacaciones a la Isla, en menos de tres años, y ahora mismo espera que le asignen allá una vivienda de bajo costo. Es decir que en rigor vive mejor en Norteamérica que cientos de miles de jubilados norteamericanos que, por devengar salarios modestos, no pudieron contribuir con grandes sumas al Seguro Social, así que, por ejemplo, hoy sólo tienen acceso al Medicare, con menos beneficios gratuitos que el Medicaid.

Y encima, para colmo, hay que oír cómo se manifiesta esa señora en sus visitas a Cuba, mostrando una actitud crítica y arrogante contra el sistema capitalista, lo que sospecho tampoco debe ser excepcional entre casos como el suyo.

¿Será cierto eso de que la vejez (o al menos la de los fidelistas cubanos) es una enfermedad incurable para el alma? ¿Será que, como reza la canción, los viejos tienden a la más dura de las dictaduras? ¿O es que no hay razón para esperar que aquellos que no tuvieron vergüenza de jóvenes, la adquieran ya ancianos?

 

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