.

Cubanálisis - El Think-Tank abre un espacio más a los heroicos y decididos profesionales que desde dentro del monstruo enfrentan innumerables y continuas presiones para ejercer cada día su derecho a expresar sus opiniones. No se publicarán materiales donde los autores no se identifican con sus nombres reales o no residan en Cuba. El único criterio restrictivo es la calidad: materiales escritos con rigor profesional se publican, aunque Cubanálisis - El Think-Tank no comparta necesariamente opiniones vertidas en dichos artículos.

 

Un techo en la azotea

Julio César Álvarez, Primavera Digital

Santos Suárez, La Habana.- Los "sin techo" de nuestro país, o los inmigrantes de otras provincias en busca de mejores oportunidades en la capital, quizás también culpen al embargo norteamericano por no poder tener sus barrios de infraviviendas a la imagen y semejanza de sus pares en otras latitudes, como las favelas de Río, o los tugurios de Bombay.

Lo cierto es que por deseos o condiciones objetivas no ha sido, porque muchos son los que no tienen sitio propio para guarecerse del diluvio, o protegerse de la inclemencia de nuestro sol. También son más las viviendas que se derrumban en La Habana que las que se construyen, según vox pópuli. Y como reza la sentencia: "vox pópuli, vox Dei". Nuestra infraestructura habitacional está en franco envejecimiento, como su población.

Pero lo que verdaderamente ha frenado la proliferación de los tugurios en La Habana no es el embargo estadounidense, ni la falta de materia prima improvisada para hacerlos, sino la política de mano de hierro que el Gobierno ha empleado, en primer lugar contra el flujo constante de inmigrantes de otras provincias, y en segundo lugar contra los intentos de construcción de estos singulares barrios.

Ya están algo lejanos los días en que los inmigrantes de otras provincias eran usados en labores como la construcción, y albergados en barracas. Estos grupos adquirieron notoriedad en la isla. Fueron llamados Contingentes, y vivieron un largo romance con nuestros dirigentes, quienes los emplearon en ocasiones como tropa de choque contra los inconformes.

La policía también aceptó en sus filas a estos inmigrantes sin techo, que pasaron a formar parte de una fuerza disponible las 24 horas del día en los cuarteles, que se convirtieron casi en sus hogares.

Pero a pesar de todo ese férreo control del Gobierno, los sin techo siempre han tratado de encontrar la forma de hacerse con uno. Al ver la tierra tan vigilada, parece que han dirigido sus miradas al cielo, menos vigilado, y algunos han acertado.

Se ven en algunas azoteas casuchas improvisadas hechas de madera vieja, ladrillo reciclado o de bloque, con techos de tejas, construcciones que en la mayoría de los casos no resisten ninguna prueba de arquitectura.

Estas construcciones se asemejan más a los palomares que proliferan en los techos de los aficionados a la colombofilia. De esta tendencia no escapa ni la céntrica calle 23 en El Vedado, y aunque no es muy probable que se llenen las azoteas de la ciudad con semejante paisaje, todavía más de un sin techo intentará hacerse de un pedazo de azotea.

 

Cubanálisis - El Think-Tank

    LA PRENSA INDEPENDIENTE CUBANA

 DESDE EL CAIMÁN