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Un salto atrás

Luis Cino Álvarez

LA HABANA, Cuba, enero, www.cubanet.org -Durante casi 40 años, de diciembre de 1958 a junio de 1998, viví  en una vieja casa en altos en la esquina de la calle San Francisco y la calzada de Diez de Octubre, en La Víbora.  En mi infancia, aquel barrio era muy animado, alumbrado y comercialmente activo. Pero de eso me di cuenta después.  Entonces no reparaba en ello: en muchas partes de la ciudad era igual.

En los casi 200 metros del tramo de la calzada de Diez de Octubre comprendido entre las calles Milagros y Luis Estévez (o Concepción, como se llama cuando toma hacia Lawton) había un cine (el Tosca), tres bares, cinco tiendas, tres fondas, tres cafeterías, dos panaderías, una guarapera, una mueblería, dos estudios fotográficos, una dulcería, una peluquería, dos barberías, tres bodegas, una carnicería, una farmacia, una quincalla, una vidriera de apuntaciones y una casa de empeños. Lo más probable es que hubiese algún otro establecimiento que ahora no recuerde. Eso, sin contar varios puestos de fritas, donde por sólo centavos te podías comer también un pan con bistec empanizado, una frita, una papa rellena  o una minuta de pescado.

Aún recuerdo a los dueños de varios de esos establecimientos. El gallego Paco, el del bar de la esquina de Estrada Palma, con la urna de Santa Bárbara, las balas de ametralladora, las rojas manzanas  californianas y los boleros en la victrola; el chino León, Jonás el bodeguero que nunca se negaba si le pedían fiado…Todos tipos trabajadores, decentes, amables, que no encajaban en la descripción del capitalista explotador y despiadado que nos inculcaban en la escuela.

Se echaron mucho de menos cuando en 1968 los interventores de la ofensiva revolucionaria acabaron con todos aquellos comercios. Unos pocos pasaron a ser mugrientos tugurios, malamente atendidos por el estado. Los demás se convirtieron en covachas  o simplemente en un montón de escombros, poblados por moscas, ratones y cucarachas.

Cuando me mudé, porque mi casa, que se estremecía con el estruendo de las guaguas y los camiones que pasaban por la calzada, estaba a punto de derrumbarse, mi barrio era oscuro, sucio, maloliente. Por las calles llenas de baches, corrían las aguas albañales, sorteando los escombros y la basura acumulada. La gente peleaba por cualquier cosa, a gritos o con lo que tuviera a mano, como si se odiaran a muerte por verse obligados a compartir tanta miseria y  desesperanza.

Recuerdo que una vez, poco faltó -solo esquivarlo, agarrar un palo, hacerle frente y que nos separaran otros vecinos- para que el vecino que vivía en los bajos me diera una puñalada porque llovió a cantaros, las goteras inundaron mi  casa y el agua  se filtró por el piso -que era su techo- hacia su casa.

Suelo pasar por mi viejo barrio. Muy poco ha cambiado en estos 15 años. Si acaso, las calles y las casas están más sucias y deterioradas y los vecinos son más groseros e irascibles.

Ahora,  en el mismo tramo de la calzada al que antes me refería, hay  tres tiendas, una dulcería y una cafetería, todas en cuc, con precios bastante altos. Y últimamente, gracias a los Lineamientos del Sexto Congreso del Partido Comunista, hay timbiriches, muchos timbiriches y vendutas de baratijas. Con las mismas ofertas y los mismos precios. Todo igual, aburrido, de poca calidad. Sus dueños, con más recelos que esperanzas, viven pendientes de los chivatos (que casi siempre chivatean por envidia), los inspectores chantajistas y de los humores casi siempre malos del Estado. Nunca fían dinero ni se confían del cliente, no vaya a ser un ladrón o un timador.

Vaya salto atrás, luego de tantos años, para caer, en peores condiciones, bastante más atrás del  punto en el que estábamos en marzo de 1968, cuando al Máximo Líder se le ocurrió lanzar la ofensiva revolucionaria y jugar al comunismo de guerra.

 

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