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Un crimen que pocos quieren recordar

Juan González Febles, Primavera Digital

Lawton, La Habana.- El 13 de julio de 1994, hace ya veintidós años, personas que no consintieron permitirse pensar, cumplieron la orden criminal impartida desde el nivel en que se decide la vida y la muerte en Cuba desde 1959. Quizás algunos entre ellos, pensaron que con esto, conseguirían hacer pasar por alto alguna que otra irregularidad. Esas que califican como malversaciones o que suelen englobarse como corrupción y que no son más que azares de la supervivencia. Que así suelen sobrevivir los revolucionarios.

Estos peones subieron a tres remolcadores Polargo. Las unidades dos, tres y cinco, salieron a cumplir las órdenes recibidas que para la ocasión se fueron más allá de delatar, arrinconar o golpear. Les tocó impedir la salida de un remolcador con sesenta o casi setenta personas a bordo. Fue entonces que actuaron como revolucionarios y la orden fue cumplida.

Usaron cañones de agua con alta presión y con ellos barrieron la cubierta del remolcador 13 de marzo. No se detuvieron ante la presencia de mujeres y niños en la cubierta sobre la que dirigieron las mangueras. Uno de los remolcadores impactó a la embarcación fugitiva para intentar hundirla y tales impactos se repitieron. El último logró el objetivo propuesto y la orden fue cumplida. El remolcador 13 de marzo se hundió y arrastró a la muerte a niños, mujeres, hombres y ancianos.

Vale destacar que todo se desarrolló a la salida del puerto de La Habana, ante la presencia cómplice de las autoridades a cargo de la capitanía del puerto, que es decir, ante miembros del Ministerio del Interior (Minint) que conforman las llamadas Tropas Guardafronteras, subordinadas a la Dirección Nacional de Tropas Guardafronteras.

El régimen militar que condicionó la ocurrencia de este crimen, hasta hoy no ha hecho el menor esfuerzo para rescatar a sus víctimas de las aguas y así, darles al menos una sepultura decente.

Este crimen sin nombre se integra orgánicamente con el amplio catálogo de horrores con que aún se convive. En la actualidad, personas que no se permiten pensar, también cumplen órdenes. Estas personas están dispuestas a hacer lo que se les ordene. Se articulan en las llamadas Brigadas de Respuesta Rápida y afirman su ardor revolucionario en delatar, arrinconar o golpear.

Desde estas brigadas y consagrados a la misión revolucionaria a que se consagran, les quedaría poco trecho por recorrer para matar. Dentro de lo que parece ser otra acendrada tradición, cada domingo en La Habana les llevan en ómnibus, -en algunos casos recibidos como donaciones- para que realicen aquello para lo que están programados y entonces, golpean, acosan, insultan y maltratan, mujeres y hombres pacíficos prudentemente desarmados.

El domingo 12 de julio, las Damas de Blanco que marchan por 5ta Avenida unieron a su clamor por la libertad de los presos políticos, el homenaje a las víctimas del remolcador 13 de marzo. La cita ciudadana concluyó con el acoso y la violencia desplegada contra ellas de forma regular por personas con la misma catadura moral que las que en su momento impartieron y cumplieron las órdenes criminales, que consumaron uno de los hechos más horribles de la historia política cubana más reciente.

Entonces, en este tiempo de reconciliaciones, reformas y negocios, crucemos los dedos, para que alguna justicia ponga las cosas en su lugar con las víctimas de este crimen perfumado con aroma de orines y cerveza. Abanicado con aires y brisas de carnaval en Malecón habanero.

Ojala nunca nos dejemos abatir por aquella “banalidad del mal”, sobre la que alertó Hannah Harendt, cuando analizó con la profundidad con que lo hizo, el totalitarismo a cuyo estudio se consagró. Totalitarismo que no cambia su esencia, tanto si se desplaza y mueve al compás de los violines de la culta Europa, como de la trepidante percusión de los sones y la rumba de estas latitudes.