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Tres caravaneros fuera de serie

Odelín Alfonso Torna, Primavera Digital

Para Aladino del Toro, Antonio Blanco y Adolfo, resolver el sorbo de café en la mañana tiene más sentido que rememorar su entrada triunfal a La Habana con Fidel Castro, el 8 de enero de 1959. Hoy Fidel agoniza en Punto Cero y ellos viven sus últimos años de vida en cero y olvidados, pero leales, a su manera.

Cada 8 de enero, pioneros rememoran la entrada de "La Caravana de la Victoria" a la "capital de todos los cubanos", por el municipio Cotorro, al sur de La Habana. El ritual, necesario y subsidiado por sus iniciadores, no sólo magnifica la entrada de Fidel Castro a La Habana en1959, sino marca la decadencia ideológica de generación en generación.

Estos caravaneros in vitro, olvidan que el trayecto más largo vino después, cuando abruptamente los rebeldes se asentaron en La Habana y dispusieron de todo y de todos. Y fue en este largo bregar sin escaramuzas bélicas ni barbudos sobre las esteras de un tanque, que viajar en primera clase representaba lealtad incondicional a Fidel Castro.

Tanto así, que para Aladino, Blanco y Adolfo, "lealtad" significó ocupar, violentamente y a espaldas del Estado, viviendas que no fueron entregadas por la policía del antiguo régimen. Hoy son propietarios de estas casas, ubicadas en Pasaje 7, entre 7ma y 9na, en el reparto Parcelación Moderna, en el municipio capitalino Arroyo Naranjo.

Con el tiempo, estos "leales" se convirtieron en desleales para la vecindad.

Aladino del Toro es hoy un anciano enfermo, de 76 años. Espera ser procesado por supuesto abuso sexual contra sus tres nietas y una vecina, todas menores de edad. Según el análisis psicológico de Medicina Legal realizado a dos de las niñas, todo indica su culpabilidad.

Con la revolución, Antonio Blanco se convirtió en un estafador de animales de cría y su deuda moral con la vecindad lo mantiene en la clandestinidad. Sólo se le puede ver el pelo bien entrada la noche. Blanco salió con los caravaneros desde Santiago de Cuba el primero de enero de 1959. La misión de trasladar un prisionero retrasó su entrada a la capital el 8 de enero. Nunca llegó con el prisionero. Dicen que le dio muerte para robarle sus pertenencias.

El más honesto y servicial es Adolfo, pero no es de fiar por su férreo combate contra las ilegalidades en el barrio.

De aquella caravana, llamada de la Victoria no queda más que la idiotez de cautivar a unos y enrumbar a otros hacia la deslealtad política.

¿Cuántos rebeldes bajo el mando del Fidel Castro quedaron en el camino después de aquella madrugada triunfal de 1959? A lo sumo, si la cuenta no me falla, una decena de sobrevivientes conserva su linaje y autoritarismo vede olivo.

Para la mayoría de los rebeldes, a la postre, el viaje fue corto. Terminó en el mismo andén donde prisioneros políticos, exiliados y destronados del régimen, tomaron el camino de vuelta. Para quienes continúan sobre este simulador llamado "revolución cubana" y que hoy dice "actualizar su modelo económico", mantener los espacios requiere iguales requisitos.

Hoy, aún consumados moral e ideológicamente, cada enero los antiguos rebeldes consiguen rememorar aquel trayecto de 1959, desde la provincia Santiago de Cuba hasta la más occidental, Pinar del Río.

Un viejo vecino del barrio dice que el que no llegó con los caravaneros a La Habana, el 8 de enero de 1959, se quedó con "ganas de aquello y esperanzas de lo otro".

De aquella gesta, protagonizada generalmente por hombres honrados y dignos merecedores de respeto, me circundan tres caravaneros fuera de serie. Y no precisamente desganados o con las esperanzas al servicio del desorden y la chivatería. Todo lo contrario: bien leales a Fidel Castro.