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Transmitíamos desde un teléfono fijo

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba, febrero, www.cubanet.org -En las cercanías de otro aniversario de la Primavera Negra, de 2003, no puedo soslayar otro acontecimiento que también marca mi existencia, pues nací el 8 de septiembre de 1961, aproximadamente dos años y 7 meses después del período estalinista que surgió tras el derrocamiento del dictador Fulgencio Batista, en enero de 1959.

También en marzo se cumplen 20 años desde que decidí pasarme a las filas del movimiento contestatario. Recuerdo mis primeros trabajos en la Confederación de Trabajadores Democráticos de Cuba (CTDC), dirigida por Juan Guarino Martínez Guillén, un tenaz luchador por los derechos sindicales, que murió en el exilio, tras sufrir una implacable persecución que incluyó decenas de detenciones, golpizas y encarcelamiento.

De servir como editor de la televisión nacional durante una década, me situaba en un terreno desconocido con una mezcla de ingenuidad e incertidumbre. No tenía las claves para comprender, en profundidad, las consecuencias de mi decisión. Era como un niño que aprendía a caminar sin preocuparme mucho por los tropezones y las caídas.

Poco a poco, en el fragor de las nuevas responsabilidades, llegó la madurez y la consolidación de los principios que me llevaron a soltar las máscaras y los disfraces que la mayoría de los cubanos usan para no buscarse problemas con el poder.

Después de un arduo trabajo en la referida entidad sindical, decidí pasarme a las filas del periodismo independiente, desde 1995. Ser parte de la agencia de prensa Habana Press, encabezada por Rafael Solano Morales, resultó otra prueba de fuego. En aquella época no había internet, ni teléfonos celulares. Las noticias las transmitíamos a través de un teléfono fijo, a merced del boicot de la policía política. Suspensión del servicio por varios días, cortes imprevistos que dejaban inconclusa la nota informativa, se sucedían de manera cotidiana.

Una vez fuimos torturados por espacio de varios días, con el incesante timbrar del teléfono. Era imposible distinguir entre las llamadas verdaderas y las falsas. Solano y su familia apenas podían conciliar el sueño en las noches, por causa de la letanía monocorde.

En 1999, asumí la dirección de la agencia, hasta el 2003, año en que se desató la ira gubernamental contra 75 líderes opositores e integrantes de la sociedad civil alternativa. Me apresaron el 18 de marzo, y el 5 de abril fui sancionado, junto a tres colegas, en un juicio amañado, con la presencia de numerosos agentes y al que solo pudieron asistir dos familiares por cada uno de nosotros.

Recibí una condena a 18 años de cárcel. Como “regalo” adicional, me enviaron a la prisión de Guantánamo, situada a más de 900 kilómetros de mi lugar de residencia. Estuve cerca de un año en una celda de aislamiento, en condiciones deplorables. Posteriormente, me trasladaron a un cubículo ocupado por delincuentes comunes de alta peligrosidad.

Más adelante, me convertí en un huésped de la prisión de Agüica, ubicada en el municipio de Colón, de la provincia de Matanzas, a 100 kilómetros al este de La Habana. Un centro penitenciario también de mayor rigor y famoso por la brutalidad de los carceleros.

El 6 de diciembre de 2004, me fue concedida una Licencia Extrapenal por motivos de salud. Es decir, que aunque no continúe tras las rejas, técnicamente sigo formando parte de la población penitenciaria. Puedo ser devuelto a prisión sin necesidad de un nuevo juicio.

Me place recordar esta coincidencia donde se une la tragedia y el regocijo. En marzo de 1993 inicié está carrera hacia adelante, y sin pausas, por la libertad de Cuba, postura que me hubiese gustado tomar mucho antes. En marzo de 2003, por voluntad de Fidel Castro, inicié mi recorrido por el siniestro mundo carcelario.

En marzo de 2013 sigo en Cuba, sin ocultar mis discrepancias con el régimen de partido único, saltando las barreras de los miedos y decidido a no declinar en mis esfuerzos por refundar una república sin las taras de las unanimidades y las intolerancias.

 

 

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