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Todo se vende

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba, octubre, www.cubanet.org -¿Adónde fueron a parar aquellos tiempos en los que Fidel Castro, con sus kilométricos discursos, le metió en la cabeza a los cubanos que las sociedades de consumo estaban enfermas de egoísmo, despiadadas, enloquecidas, víctimas de absurdas leyes capitalistas en proceso de extinción, junto con el Imperialismo?

Ahora resulta que padecemos esa enfermedad, muy difícil de controlar, según la prensa oficialista. Todos quieren vender, ganar dinero, fuera de los salarios miserables que ofrece el gobierno. “Es que estuvimos muchos años sin poder hacerlo”, me dice un viejo vecino, que trata de encontrar la causa de la enfermedad.

 “Lo mejor es vivir con poco y con dignidad, vivir con patriotismo”, repetía Fidel, año tras año. Entonces, de una patada, hizo desaparecer aquel comercio floreciente que había surgido desde la colonia: “Vender es más fácil que trabajar”, dice ahora un joven vendedor de tamales callejero.

Hoy, gracias a cierto pitazo “reformista” que dio su hermano, hace menos de tres años, con su llamado “nuevo modelo económico”, los cubanos se han despojado de la vieja y tradicional inercia vivida durante casi medio siglo y, primeramente consternados, luego desconfiados, y por último, aguerridamente dispuestos a lanzarse al ruedo, se dedican a vender. Como si una olla de grillos se hubiera destapado de pronto, andan como locos de aquí para allá, negociando todo lo vendible, bajo las miradas acusatorias de inspectores, policías y cederistas.

No importa si son militares de altos grados, o militantes jubilados del partido comunista. Ha surgido de forma espontánea un cambio de mentalidad: están puestos para el negocio privado, legal o no legal. El objetivo es vender, poner más frijoles a la mesa, y sobre todo, transformar el entorno social y económico, devastado por más de cinco décadas de dictadura fidelista.

¿Qué se vende? Cacharros viejos de cocina, cajas de muerto… De todo. Lo propio y lo ajeno. Lo que aparezca. Mis vecinos venden a escondidas todo lo que traen del extranjero. Los carpinteros, en vez de producir muebles, venden los que les dan a vender. Los plomeros, en vez de reparar salideros, tupiciones, etc., ofrecen en sus casas cuanta cosa hace falta para que otros arreglen salideros, tupiciones…

Los coroneles de mi cuadra, ya retirados, que botean en sus viejos autos norteamericanos y soviéticos, en vez de dar al día diez viajes, desde el paradero de Playa hasta el reparto de Santa Fe, dan veinte viajes, porque quieren que la familia se alimente un poco mejor. Y los panaderos hacen su pan no tan a escondidas, mientras la panadería está rota.

Este es el panorama ahora. No importa que el transporte no mejore, que los edificios se desplomen, que las calles sigan rotas y sucias. Tampoco importa que la “cartilla individual del consumidor”, como la llamó Lenin al ponerla en vigor, en Moscú, en 1918, apenas ofrezca alimentos en las tiendas vacías del castrismo. No importa que los eventos políticos internacionales se den a dos por medio y empeoren el presupuesto estatal, ni que ahora Fidel esté en contra de la guerra, que crea haber hecho dos, tres Viet Nam en América Latina, que tengamos tantos médicos como mosquitos.

A fin de cuentas, en pleno socialismo del siglo XXI, en Cuba, en proporción, hay más vendedores que en Hong Kong y Miami. Lo malo es que no hay compradores.

 

 

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