Cubanálisis - El Think-Tank

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Sugerencias para después

Rogelio Fabio Hurtado, en Primavera Digital

Marianao, La Habana.- El totalitarismo no tiene cura. Implantarlo es mucho más sencillo, porque a primera vista parece el método más racional para superar todas las contradicciones que obstaculizan el desarrollo de “una nueva sociedad”, basada en la justa equidad.

El totalitarismo es como la tembladera: a medida que entramos en ella, ya no nos deja volver atrás.

Los gobernantes se habitúan a dictar órdenes tajantes. Los gobernados no tardan en experimentar la opresión: primero la soportan con la esperanza y luego se resignan por la inercia. A los inconformes, se les castiga sin miramientos, en nombre del futuro luminoso.

No es preciso abundar en detalles: los cubanos los conocemos muy bien y muy mal.

La supresión del derecho a participar en la vida política, como no sea de extra bullanguero o indignado, ha suprimido de la conciencia de las nuevas generaciones el concepto de responsabilidad cívica compartida. El joven de hoy piensa ante todo en sí mismo. Aquel Hombre Nuevo, que se concibió altruista, generoso y solidario, ha resultado egoísta, consumista y mezquino. Nada dispuesto a asumir sacrificios en nombre de utopías que no le dicen nada. Los recuerdos heroicos son para él, cosas de viejos.

Entonces, con ese elemento humano disponible, hay que encarar la compleja reconstrucción. Antes de adelantar ideas concretas, es necesario deshacernos de algunos mitos.

El primero de todos es el culto idolátrico al estado, visto como garante y como proveedor absoluto para satisfacer las necesidades de la población. Detrás de esta entelequia, se parapetan las burocracias civiles y militares para disponer a su antojo de la economía nacional, asegurándose siempre la parte del león para sí mismas, sin asumir en caso de fracaso, las consecuencias. Cuando algo sale bien, ganan ellos; cuando sale mal, perdemos todos.

Mientras sigan con el fortalecimiento de las anémicas empresas estatales socialistas, no haremos más que perder cada día más.

Si cualquier área cuentapropista sale adelante, allá va sin falta la banda de inspectores vampiros a chuparles la sangre.

¿Han oído de alguna rebaja de impuestos? ¿Para cuándo se establecerán los mercados mayoristas?

Con el establecimiento de relaciones diplomáticas entre Cuba y los Estados Unidos, desaparece la condición de plaza sitiada por el enemigo imperialista.

¿Cuándo serán racionalizadas las plantillas militares para, por ejemplo, incrementar las pensiones de los trabajadores jubilados?

Con el combustible que se ahorraría al suprimir las grandes maniobras militares anuales también podrá mejorarse el transporte urbano.

Se supone que ya cesarán las restricciones al espacio digital, aunque todavía las PC no estén al alcance de todos los bolsillos.

Entre tanto, ¿por qué el ICRT no cede alguno de sus canales a empresarios particulares, dispuestos a correr todos los riesgos económicos para satisfacer la evidente demanda insatisfecha? Así, se quitaría espacio a los informales repartidores del paquete semanal a domicilio.

Bastaría que el Ministerio de Cultura se esmerara en poner en vigor un código de ética, acorde con los parámetros internacionales.

¿Se imaginan la transmisión diaria de una Mesa Triangular? Randy Alonso, Taladrid y la guantanamera Arleen Rodríguez entonces sí tendrían que pulirla.

Por supuesto, la propaganda partidista dejaría de ser costeada por los fondos públicos.

Es bueno soñar, pero no podemos quedarnos dormidos. La élite gobernante intentará por todos los medios hacernos creer que nada va a cambiar, para que consintamos en dejarlo todo en sus viejas manos, como si los intereses cubanos fuesen solo suyos.

La aparente desaparición del Gran Hermano no es más que un compás de espera: como jugador de dominó, está agachado, a la espera de que sus antagonistas se lancen al ataque, para entonces, cuando lo den por liquidado, volver a contragolpear por sorpresa. Pura estratagema de viejo guerrillero, que ojalá a estas alturas del siglo XXI no le dé resultado.