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Su fantasma…

El viernes, exactamente a las diez y media de la noche, sentí que alguien abría la verja de hierro del patio de mi casa

Tania Díaz Castro, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- El viernes, exactamente a las diez y media de la noche, sentí que alguien abría la verja de hierro del patio de mi casa, sin llamar antes. Linterna en mano, revisé rápidamente todo, temerosa de que alguien hubiera entrado y estuviera escondido. Cuando me di cuenta de que había sido un ruido sin importancia, volví a mi cama.

Al amanecer, veo en mi celular un mensaje de mi hija, desde España, informándome de la muerte de Fidel, ocurrida exactamente a las diez y media de la noche.

Entonces me pregunté muy en serio: ¿Sería su fantasma quien trató de entrar anoche a mi casa? ¿Y por qué no? ¿Acaso no había entrado muchas veces en mi celda tapiada de la Seguridad del Estado, allá por el año 1990, cuando quiso y no pudo fusilarme?

¿Acaso quería decirme antes de morir que yo le había ganado el juego, pues el que ríe último, es el que ríe mejor?

Incrédula hasta la médula, pensé que todo había sido producto de la casualidad, que el Comandante Invicto, mientras zarpaba hecho polvo hacia el más allá, no iba a cometer la tontería de asustar a esta vieja que gasta sus centavos en alimentar a sus perros y gatos, que apenas puede caminar y que encima de todo carece de poder alguno.

Fiel alumno de Stalin, Lenin, Carlos Marx y Engels, Fidel Castro comenzó una Revolución en la que una parte de la población impuso su voluntad a la otra por medio de fusiles y cañones, y fundó un partido de alabarderos para mantener su dominio por medio del terror y la sangre.

Dicen un pescador de Baracoa, un veterinario de Caimanera y un amigo de Jaimanitas, que en esos mismos momentos, mientras el Máximo Líder transitaba hacia la muerte, el cielo se puso de un color poco usual: una mezcla extraña de un rojo con negro, como si alguien en lo más alto del Infierno le abriera paso, ayudándolo a llegar.

La carga que lleva sobre sus hombros es demasiado pesada, pensé. No es como otra cualquiera.

Entre tantas, la carga de los sueños fracasados, esas muchas revoluciones que dirigió desde su mesa, para poner de rodillas a los Estados Unidos.

Cuba celebra en secreto, tranquila y satisfecha, libre ya del hombre que tanto mal ha hecho a tantos.

El tiempo le rindió cuentas y vivió lo suficiente como para comprender cuánto daño hizo a su pueblo, ver los graves daños que provocó al país, el único país del mundo donde no se trabaja, sin industria y sobre todo, con historias tan mal contadas.

Tendremos tiempo de ver lo que viene después.