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Siete preguntas a Julio Cesar

Tania Díaz Castro, Cubanet

Siete preguntas con sus respuestas bastan para presentar a Julio César Álvarez López , un joven que en 1991, al año de graduarse en la Escuela Superior de Contrainteligencia “Hermanos Martínez Tamayo”, de La Habana, decidió colaborar con el Movimiento de Derechos Humanos (MDHC) de Cuba, antes que continuar con un trabajo que según él, no respondía a su verdadera vocación.

Es por eso que fue detenido en 1992 y condenado por un tribunal Militar a 19 años de prisión, por el supuesto delito de Revelación de Secretos. De esta condena cumplió siete años en celdas de máxima seguridad, en Camagüey. Luego, al salir en libertad, en abril de 2008, se incorporó al MDHC, y en la actualidad escribe crónicas para la página digital de Cubanet.

Tania Díaz Castro – ¿Por qué hiciste un salto tan drástico, desde los órganos de la Seguridad del Estado, a la oposición pacífica contra el régimen?

Julio César Álvarez -En realidad, la primera vez que yo me insubordiné no fue para ayudar a la oposición pacífica, sino a un amigo. El germen del cambio de mi forma de pensar no fue la política, sino la amistad. Yo me vi ante el dilema de detener a un amigo de la infancia, a quien quiero como a un hermano (él planeaba una salida ilegal del país), o de romper el juramento de lealtad que hice al gobierno. Opté por lo segundo. Ese fue el inicio de mi toma de conciencia. Analicé aquel papel triste de vigilar y perseguir a tu prójimo sólo por razón de sus ideas políticas. Y como en todo, donde primero te choca es con las personas que quieres. Después vino mi encuentro con el doctor Omar del Pozo, a través de otro de mis amigos, que era opositor y yo no lo sabía. Esto me dio risa, porque en el círculo de mis amistades el único comunista que seguía a Fidel era yo. En realidad no entiendo cómo entonces me había convertido en oficial operativo del G-2, en vez de opositor.

TDC. ¿Esos 16 años en prisión, en plena juventud, no hicieron mella en tu espíritu, en tu carácter, en tu personalidad aparentemente alegre y dinámica?

JCA-   Decididamente nadie pudo matar mi alegría. A golpe de voluntad uno puede hacer que la prisión, aún en sus momentos más difíciles, no te venza, ni te marchite, ni te amargue. Mi receta fueron los libros, y no mirar nunca hacia atrás. Y te digo que en  la Prisión Especial de Camagüey, en la que pasé siete años de mi condena, al principio tenía que leer con la luz que entraba de los pasillos porque prohibían los bombillos en la celda. Y tenía, además, que vigilar al carcelero, porque si me sorprendía fuera de la cama después del toque de silencio, una buena entrada de palos se encargaría de hacerme dormir. Claro, esto lo hacían los carceleros  sicópatas, que se divertían mucho con nuestro sufrimiento. Pero también te digo que había carceleros buenos y humanos, que me ayudaron mucho y a los cuales recuerdo con respeto.

TDC -¿En tus largos años prisión pensaste alguna vez en arrepentirte del paso dado en 1991, cuando ofreciste una valiosa información a grupos de Derechos Humanos?

JCA-No lo niego. Lamento mucho haber pasado mi juventud en celdas, haber oído el chirriar de las rejas por tantos años en lugar de música, o la voz de la mujer amada, la de mis padres y de mi hermanita. Pero no me arrepiento, aunque en un principio, presionado y temeroso, le haya dicho que sí al juez militar.

TDC. Te has sumado al periodismo independiente, algo perseguido y reprimido por la dictadura castrista. ¿Empezaste en forma casual o desde antes habías pensado escribir, sobre todo con libertad?

JCA- Fue de forma casual. Un expreso político y amigo, Francisco Chaviano, sabía que me gustaba escribir y en varias ocasiones me preguntó por qué no me dedicaba al periodismo. Yo había comprado en la prisión libros para aprender periodismo, y, junto con el inglés, estudié de forma autodidacta. Ese fue mi primer encuentro con el periodismo. Pero de ahí a querer ser periodista independiente había un gran trecho, hasta que tú y el escritor Frank Correa me alentaron y me dijeron que yo escribía bien.

TDC -Si tu vida hubiera sido diferente y estuvieras todavía trabajando para la Seguridad del Estado, ¿cómo crees que te sentirías?

JCA –No creo que eso pudiera haber pasado, no lo permitiría. Nada ni nadie podría lograr que yo volviera a vigilar, a perseguir a personas inocentes que lo único que buscan es salir de una dictadura, lograr la libertad para nuestro país.

TSC- Y tú, ¿te sientes libre?

JCA-Creo que ningún cubano podrá sentirse verdaderamente libre hasta que no termine esta pesadilla. Ni siquiera los del exilio, que aunque lejos, viven bajo el peso espiritual de una dictadura. Eso sí, yo escribo con libertad, porque no me han cortado las manos. Igual que ustedes.

TDC-¿Te gustaría enviarles un mensaje a tus viejos compañeros de la Contrainteligencia?

JCA- Sí, que reflexionen, que cambien, que se arrepientan a tiempo.