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¡Si yo tuviera un bidé!

Los libros nunca fueron objetos raros en el baño

Jorge Ángel Pérez, en Cubanet

LA HABANA, Cuba.- Alguna vez hice, en la ficción, que un hombre se sentara en un inodoro. El infeliz sufría por los retortijones y por las infinitas y pestilentes inmundicias que escapaban de su cuerpo. Sentado y evacuando sufría, pero también pensaba. Comparaba sus deposiciones con las de grandes personajes de la historia en extraordinarias circunstancias. Por su cabeza pasaban el general Kutúsov y Napoleón Bonaparte, y Martín Lutero, quien deponía, en mi quimera, pensando en grandes templos góticos y renacentistas.

Mi protagonista, después de tanto especular sobre historia y excremento, se decidió por la lectura de un tomito que, suponía, iba a aliviarlo de sus males, y que además tenía a la mano. De la consolación por la filosofía era el libro que sujetaba el angustiado. Boecio le pareció más que bien para entender el mal que lo aquejaba, para aplacarlo. Leía y pujaba. Leía y pensaba. Y cuando llegó al punto final de la consolación…, arrancó esa última página para limpiar la suciedad que había quedado en su “puerta angosta”.

En ocasiones me pregunto por qué decidí tal cosa, por qué aquel personaje tuvo qué arrancar una página de un libro magnífico para limpiar sus restos excrementicios, por qué lo permití. Un psicólogo diría que eso estaba en mi subconsciente, que lo más probable era que antes pasé por situaciones semejantes, que había convertido en ficción mi realidad. Quizá tuviera razón el perspicaz especialista. En ocasiones he tenido que recurrir a alguna página escrita para levantarme en paz y seguir andando; pero juro que hasta hoy no dañé un libro para tales menesteres, aunque algunos lo merezcan.

Y no será ahora que niegue esa necesidad que tuve algunas veces, la misma que supongo tuvieron muchos de mis coterráneos… Me gustaría imaginar una voz saliendo de un altoparlante, haciendo una pregunta a un conglomerado de cubanos. Imagino esa pregunta en medio de una gran concentración, digamos que en la Plaza de la revolución. “¿Quién en este país ha tenido que limpiarse con la página de un libro?” ¿Cuál sería la respuesta? “¡Nadie, nadie, nadie!” ¿Cuántas manos se levantarían tras la pregunta que indaga en el número de cubanos que sustituyeron alguna vez el papel sanitario por las páginas de un libro o de un diario?

¿Y podrá tenerse como sincera esa respuesta? No. La pregunta justa sería: quién no tuvo que hacerlo alguna vez. Tras esa interrogación y, pensando en una contestación sincera, se levantaría una mano por aquí, otra por acá, una por acullá, y otra muy allende…, pero quizá las únicas manos levantadas que aseguren que no se vieron precisadas a arrancar la página de un periódico estén muy concentradas en la tribuna de esa plaza.

La verdad más verdadera es que muchos de nosotros ya se vieron obligados a tal cosa. Y no volvamos con el cuento de que es culpa del bloqueo, que es culpa de las malas condiciones técnicas de las maquinarias o de la escasez de materias primas. Es cierto que muchas veces es difícil hallarlo, que no se encuentra ni en “los centros espirituales”, pero también es verdad que cuando las tiendas están abarrotadas son pocos los que pueden llevarlo a casa porque no les juega el bolsillo con el rollo de papel higiénico.

¿Y qué sucede entonces? Sucede que la gente se ve obligada a buscar soluciones; y la más socorrida es llegarse al estanquillo para comprar un periódico. El periódico tiene entonces en este país una doble función, quizá muchas más, pero la verdad es que las tiradas no alcanzan, y no son muchos los que pueden conseguirlo a diario, y esas necesidades no son esporádicas, son diarias como las salidas de los diarios.

¿Y entonces cómo se procuran los cubanos esa limpieza? Hace unos meses me comentó un amigo que una librera le había contado de la condición de destacada que había recibido su librería por el grandísimo aumento en la venta de ejemplares. Durante varios meses fueron más allá del plan de ventas y recibieron felicitaciones…, y hasta un diploma.

La librera, muy suspicaz, había notado que muchos compradores no eran asiduos a la librería. “¡Yo conozco a todos los lectores de este pueblo!”, le dijo, y también que le resultó rarísimo que ni siquiera miraban la cubierta de esos ejemplares que sostenían solo unos segundos. Estos “lectores” no ponían sus ojos en las notas de las contracubiertas y tampoco se interesaban en el nombre del autor ni en su biografía; su interés real estaba asociado a la consistencia del papel. En eso si se detenían, y bien que lo hurgaban, y ponían entre los dedos el pliego de papel tratando de probar su suavidad, luego indagaban en los precios.

En unos meses se vendieron libros que llevaban muchos años recibiendo polvo en los anaqueles de la librería. Según ella eran títulos publicados hacía años. Un interesado compró alguna vez ocho ejemplares de un mismo título: Historia general de Asia y Medio Oriente. ¿Para qué ocho? Ella creyó que la única razón que los llevó a tomar tal decisión era el hecho de que esos textos se imprimieron en papel gaceta, que es más suave y además costaban solo un peso en moneda nacional. Sin dudas ocho pesos era mucho menos de lo que tendría que pagar por un paquete de papel sanitario. Así fue que desaparecieron de los libreros muchos títulos.

Entonces la vendedora hizo una prueba para estar segura. En una situación semejante a la anterior mostró a los compradores un tomo enorme, de casi mil páginas: Gargantúa y Pantagruel, de François Rabelais. Comprobó el brillo en los ojos del “lector” que, de inmediato, acarició las páginas y preguntó el precio; “No, que va, es muy caro”. La librera, que había leído el prólogo, le habló de las bondades del libro, pero el otro dejó escapar un “no” rotundo…, entonces ella insistió mostrando El siglo de las luces de Alejo Carpentier, también en papel gaceta. “No”, esa fue la respuesta después de conocer el precio.

Aquellos libros, hechos con papel gaceta y con precio mínimo, ya se habían acabado, al menos en aquella librería, pero el hombre, desesperado, se llevó uno con un gramaje mayor pero barato. Él se decidió por el Órganon de Aristóteles publicado en los años setenta; a fin de cuentas tenía más de quinientas páginas y suponía que después de arrugarlo mucho, de mojarlo levemente, serviría… Puedo suponer a ese Aristóteles que escribía sobre las cosas que se llaman equívocas porque tienen un mismo nombre mientras la definición de sus esencias es diferente. Por supuesto que papel sanitario y libro no son lo mismo, pero para aquel comprador ambas cosas tenían la misma esencia, las dos podían hacer el aseo anal. Por desgracia ya no existen en nuestras vidas aquellos cartuchos de papel kraft que en su momento también fueron usados para esos menesteres. Ojalá que no se hubiera perdido, porque un libro es demasiado.

Los libros nunca fueron objetos raros en el baño; son muchos los que gustan leer sentados en el inodoro, pero arrancar una página para asearse me parece un sacrilegio. Será muy triste reconocer que El siglo de las luces, de Alejo Carpentier, sea mutilado en medio del desespero porque se imprimiera en papel gaceta, que suceda otro tanto con Dante o con Balzac, pero sucede que cuatro rollos de papel sanitario son más caros que un libro. ¿Cuántos libros irán entonces a parar al cesto de papeles sucios? ¿Cuántos serán los autores embarrados? ¿Qué pensarían Rabelais y Boecio?

Recuerdo un viaje al campo donde encontré hojas de plátano en el escusado. ¿No resultaría mejor esa idea? En el bidé no pienso, si no hay para pagar esos cuatro rollos de papel cómo podíamos pensar en ese aparato. Tampoco estoy pensando en la seda y los encajes que usaba la monarquía francesa, solo en ese rollito de papel…, no en un rollo colosal, solo en un rollito que sirva pa’ limpiarse. Tanto tiempo ha pasado desde que los chinos lo inventaran y aquí se convierte hoy en objeto de lujo. Triste el país en el que sus hijos se ven obligados a destrozar un diario y también un libro. Triste el país que no garantiza a sus hijos el papel sanitario, y los obliga a ensuciar la cultura literaria.