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Roma desprecia a los traidores

Oscar Sánchez Madan, Primavera Digital

Cidra, Matanzas.- El desprecio que sienten los comandantes castristas por las personas que utiliza como testaferros para reprimir a la población y sobre todo a la oposición interna, es más que evidente. La triste situación de muchos de éstos antisociales, incluidos miembros del Partido Comunista, es visiblemente notoria.

Se les puede ver en un barrio de Pedro Betancourt, Matanzas, de Palmarito de Cauto, Santiago de Cuba, de Centro Habana o de cualquiera otra localidad del país, reunidos en un Puesto de Mando, montado para vigilar, ofender, detener y golpear a quienes acuden a una iglesia a orar por los presos políticos y a los que trabajan, muchas veces de manera informal, para buscar el sustento diario.

Algunos reciben su paga gubernamental como empleados de hoteles que prestan servicio al turismo internacional, donde obtienen dividendos, en moneda del patio, o en divisas libremente convertibles, fruto de su sacrificada labor. Otros, dirigentes gubernamentales, funcionarios y administradores de base y de nivel medio, almaceneros, etc., se benefician de un mísero salario y de lo que le roban al pueblo.

Las dávidas procedentes de la remuneración legal, o de la corrupción tolerada por el oficialismo, es lo único que incentiva a estos desagradables personajes, incluidos los agentes de la policía -quienes saquean los almacenes de la industria alimenticia-, a defender las "conquistas de la revolución y del socialismo".

Pero además de estos cobardes individuos, hay una especie mucho más despreciable que las anteriores en la vergonzosa fauna castrista: son los chivatientes, es decir, los soplones, incluidos delincuentes comunes, integrantes permanentes de las denominadas brigadas de respuesta rápida, quienes trabajan a tiempo completo para cumplir su deshonrosa misión.

A todos, dirigidos por la policía Seguridad del Estado, el régimen les impone tareas que la inmensa mayoría de la sociedad, sobre todo los jóvenes y las mujeres, rechazan. No es fácil traicionar a un amigo, un vecino, un esposo o un hermano, en un país en el que el pueblo, a pesar de la escandalosa pérdida de valores de muchos de sus ciudadanos y ciudadanas, no ha olvidado completamente el significativo valor de la lealtad.

Mal anda un sistema que utiliza a personas inescrupulosas para que delaten ante la policía a un ancianito que vende jabitas de nylon o cajas de cigarrillos para ganarse el pan de cada día porque la miserable pensión que le proporciona el Estado no le alcanza.

Son inhumanas unas autoridades que pagan a sus testaferros para que agredan a quienes se atreven a decir la verdad, o lo que es lo mismo, a denunciar las injusticias.

Resulta una ironía el hecho de que a un gran número de estos desclasados personajes se les escuche quejarse de sus jefes, los comandantes, cuando un amplio sector de ellos, sobre todo los chivatientes, arrastran zapatos rotos y visten ropas raídas. Sí, porque hasta entre estos connotados miserables de corto calibre intelectual, que golpean a mujeres indefensas -como las Damas de Blanco-, hay diferencias de clases.

Sabe muy bien la población que las lujosas residencias de los otrora funcionarios de la dictadura de Fulgencio Batista, ubicadas en Miramar, La Habana y en otras regiones de la capital, son propiedad exclusiva de los responsables del desastre nacional.

Los comandantes, desde que asumieron el poder, por medio de las armas, en 1959, llenaron las prisiones de negros pobres, anegaron en sangre la nación y no han dejado de gozar de escandalosos privilegios.

El ciudadano común sufre, desde hace más de dos décadas, las nefastas consecuencias de una interminable crisis económica, denominada eufemísticamente por el oficialismo, "Período Especial". Evidencia de ello es el asombroso déficit de viviendas, que asciende a más de medio millón de unidades, los graves problemas con el transporte público y la carencia de medicamentos, entre otras dificultades.

Muy a pesar de la fidelidad mostrada por los pocos defensores que hoy tiene el castrismo en Cuba, el régimen se vendrá abajo. Sus partidarios son defenestrados cuando se atreven a cruzar la barrera que los separa de la población. Muchos de ellos se sienten cansados del cúmulo de reuniones y misiones deplorables que les imponen, a cambio de risibles dádivas, como un plato de comida en una estación de policía.

Sucumbió, hace varios siglos, el Imperio Romano, a causa de similares actos de corrupción y despotismo. Julio César, el dictador que defenestró la república para dar paso al imperio, fue traicionado por los mismos cancerberos que un día respaldaron sus crímenes.

Precisamente en aquellos tiempos, en aquel imperio, se acuñó la frase: "Roma paga a los traidores, pero los desprecia".

Ante la incapacidad de un número cada vez más creciente de testaferros del régimen castrista de prestar sus ignominiosos servicios -es decir, de vigilar, golpear, chivatear y matar, como se lo ordenan sus mandamases-, el gobierno los desprecia. No confía en ellos porque son sólo eso, unos hipócritas y traidores, que van donde los lleva el viento. Y hoy, afortunadamente, en la isla, soplan vientos de cambio.

 

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