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Rock & Roll y Beisbol ¿vale todo?

Juan González Febles, Primavera Digital

Lawton, La Habana.- Hace algunos años no me explicaba la razón de la sinrazón de esta gente y de su proscripción del rock & roll. Lo vi como un error y más allá, como el error excepcional de una época excepcional. Debo reconocer que estaba equivocado. Lo que consideré un error, nunca lo fue. Se trataba de una política concebida en esos términos. Se trató de cortar las amarras o simplemente, quemar las naves con el –para ellos- abominado enemigo del Norte. La petición hecha por Fidel Castro al felizmente rebasado imperio soviético de dar el primer golpe atómico a los Estados Unidos, no fue la perreta de un asustado exaltado. Era odio irracional a un sistema y a unas instituciones representativas de la democracia liberal. Era la aspiración por destruirlas sin reparar en el costo de vidas o medios para ello y por último, la frustración de no haberlo conseguido.

En el encuentro de beisbol celebrado el pasado 6 de julio entre una selección de jóvenes universitarios estadounidenses y el seleccionado -profesional de hecho- promovido por el régimen militar y que a su vez, promueve al régimen militar, se produjo el incidente que no puede dejarse pasar por alto. Los aficionados abuchearon a la novena dirigida por Antonio Castro y animaron a los yanquis. Muchos llevaron banderas norteamericanas que agitaron con entusiasmo cuando ganaron los yanquis.

No se trata de que los habaneros rechazaron lo suyo, para apoyar a los yanquis. Fue mucho mejor, repudiaron al régimen militar de la familia Castro y a un equipo que es propiedad y heredad de tan execrada familia. Entonces fue que mis bravos y queridos habaneros del cinco de agosto o de la embajada del Perú, rechazaron en bloque al equipo de Antonio Castro que es, repito el equipo de Fidel y Raúl Castro. Antonio Castro no ganó su puesto en el beisbol oficial cubano por su destacada labor como atleta, se trató de algo impuesto por puro y rampante nepotismo.

El estadio del Cerro o Latinoamericano vibró con gritos de "¡IUESEI!" (USA) y sucedió algo inusitado se agitaron banderas norteamericanas y los atletas de ese país disfrutaron de lo impensable para ellos en América Latina: Amplia y generalizada simpatía popular hacia el vecino país del norte y su equipo representativo.

La respuesta represiva del régimen militar totalitario, no se hizo esperar. Policías de uniforme y de civil arrestaron a cuanto aficionado vieron con banderas norteamericanas o distinguieron como abucheantes del equipo de los Castro. Decenas de aficionados continúan bajo arresto y según la opinión de juristas independientes como es el caso del abogado Hildebrando Chaviano, -entre otros- podrían ser enjuiciados por múltiples delitos. Desde "desorden público" hasta "traición".

Recién ahora cierro el circuito entre el rock & roll de mi adolescencia y el beisbol de la madurez. Se trata de odio y nada más. Han invertido más de cincuenta años en promover el odio contra los Estados Unidos y simplemente fracasaron. En Cuba se admira y se quiere a los yanquis o a los "yumas" y cuando aparece la oportunidad, la gente expresa sus simpatías y sus antipatías. Así de fácil.

El incidente del 6 de julio de 2012, podría haberse producido con un concierto en el mismo estadio de Chicago, los Beatles o los Rolling Stones. La horda verde olivo, verde odio o verde crueldad hubiera actuado con la misma irracional brutalidad. Quizás lo único que podría servirnos de alivio o precario consuelo, no es tal. No me conforta saber que aún más que a los yanquis, odian al pueblo cubano.

 

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